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Un día, como otro cualquiera



Ernest Bonafont, valenciano de pura cepa, desde que su madre lo pariera en el Hospital de la Fe no ha hecho nada de provecho en la vida. Y de eso, a día de hoy, podríamos sumar casi veinticinco primaveras. ¿Qué cómo pasa sus días? Depende del humor con el despierte, ya que, aún no habiendo cumplido la mayoría de edad, le diagnosticaron un grado de personalidad psicópata, que el mismo se esfuerza en criar, como si de una hija inválida se tratara.

Así lo vemos hoy, dando vueltas por las vías del tranvía en la vieja estación del “trenet”, más conocida como la del Pont de Fusta, con un manojo de ruibardos en una mano y gritando a voz en cuello que vende laxante natural, mientras con la otra fuma un canuto de marihuana, que cría en el balcón de su propia casa.

De vez en cuando, algún pobre incauto se acerca a preguntar el precio, y el muy borde le suelta que lo que vende es resina pa´fumá a buen precio. Si al comprador le interesa el trato Ernest lo aferra por el brazo, y entre gritos y aspavimientos lo arrastra al interior de un descampado vallado, donde algún día erigirán un edificio de oficinas de lujo, pero que ahora es un nido de ratas y malajes. Y así, sin que el pobre desgraciado tenga tiempo de decir ni mu, es rajado desde el vientre hasta el gaznate. ¿Por qué? Todavía no ha encontrado un razonamiento lógico para sus actos, pero, ¿acaso lo necesita gracias a su problema mental?

Tras cada captura, escribe con sangre de la víctima un último epitafio en la pared. En su paranoia, se cree un poeta de la muerte, capaz de encontrar sentido a los gritos de dolor que emergen de la garganta de los condenados.

Al morir el día, vuelve a su casa, entra en el hogar y saluda a su madre, que duerme en el sofá, eternamente. Le da un dulce beso en la frente y se sienta a su lado, para contarle cómo ha ido el día en la Universidad. Después se asoma por la ventana de su habitación. Siempre ,a la misma hora, la vecina de enfrente llega de la escuela, se desnuda para ir a la ducha y deja su virginal cuerpo a merced de los ávidos ojos de Ernest, que la viola con dulzura.

Mañana será otro día.

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