Os hago llegar mis letras desde mi humilde alcoba, en la que el recado de escribir mengua a cada línea y sólo espero que tenga lo suficiente como para que os pueda relatar lo en mi humilde villa de Xàtiva, hoy ha acontecido.
Pues, el relato comienza esta misma mañana, en la que salí a que el aire acariciara mis enjutas carnes y mientras mis pasos me llevaban hacia el mentidero de San Franseç, topeme con que el Tercio Viejo de Nápoles, al que con tanto empeño dejé yo mi salud hace la friolera de veinte años, había anidado en mi fiel villa. Grande fue mi sorpresa ver de nuevo caras conocidas, hablar con amigos nuevos y viejos, enterarme de cómo Pedro Botero se ha empeñado en jugar a los naipes con antiguos camaradas…
Historias que hacen que pese más la edad, ahora que mi brazo es frágil y ya no puede sostener una espada, y se conforme con alzar la pluma que, Y a pesar de su apariencia, también hiere, si quien la esgrime posee la palabra afilada.
Después de mucha parla, aun pareciome más de alabar, que ya los reclutas que se aproximan a serles fiel a nuestras Españas, cada día sean más jóvenes, y sino lo creen vuestras mercedes, véanlo con sus propios ojos, que no le miento yo ni al diablo y, si así fuere, caiga muerto ahora mismo.
Y no sólo eso, sino que he tenido la gran alegría de encontrarme con antiguos conocidos, gentes de guerra con las que he combatido antes de que perdiera mi pierna derecha en esa desdichada batalla, de la que no quiero recordar el nombre, y en la que muchos bravos dieron su último aliento por esta patria que ni nos ama, ni nos alimenta, pero de la que no podemos renunciar, por tanta sangre derramada por ella.
Y fíjese, mi querido amigo, que las buenas costumbres no se pierden, y la tropa, cómo no, y siendo que ahora reacae en tierras donde el puerco sí se le da buen uso, que el olor de las parrillas llegaba a mis narices como el aroma de una mujer hermosa, de las que claro, tampoco faltaban…
Así que, me decían los tercios, entre muchas aspavimientos, vuacés e invitaciones a besar el caño, que había una rabiza, de pelo negro, como los más oscuros pensamientos, ojos profundos en los que uno se hundía si se atreviera a navegar por ellos y piel tan blanca, que la misma luna le tenía envidia por descarada, que nadaba por el campamento haciendo perder la cabeza de los hombres, y que ya habían tenido varias riñas de sangre, cuando alguno que le flojeaba la bolsa ha querido besar su carne de balde, y los dos rufos que la protegen han salido con la misericordia en la mano para dejarle claro que por muy valentón que sea si no va el oro mediante no hay goce, por muy chulesco que el otro se plante.
Aunque eso no es todo, y cambiando el tema para no aburrirle a vuestra merced, pues que hay en el campamento hasta aves de presa amaestradas, para dar caza a las palomas de los franceses, artesanos que fabrican los vasos de barro que luego escurren los guiñaroles en la taberna. Pero, lo que más me ha dejado asombrado ahora se lo contaré a vuencia, pues yo al turco, y que me aspen pues todavía no lo entiendo, ya que yo sólo le he visto el blanco de los ojos cuando le he atravesado la garganta con la vizcaína…
Pues lo dicho, que hay un harén de doncellas que bailan y divierten a una embajada de infieles, que separada por una simple cadena que nadie osa traspasar, conviven con los que, hasta ayer, les daban muerte.Hay que decir… que yo no me quejo de ello, pues sólo hay que verlas cómo danzan para que el ánima se quiera volver infiel sin arrepentimiento ninguno…
Tengo miedo a vivir.
Sin ella, ¿por qué debo hacerlo?
Me acusaron de su asesinato, pero yo no fui. Jamás le haría daño. Fijaos en mi reflejo en el cristal, me he convertido en una sombra de mí mismo. Sonrío, me descojono de mi caricatura. Yo soy el único culpable de mi situación.
¿Acaso no es cierto?
No soy más que un comicastro de tres al cuarto que se sube a un escenario para proclamar al mundo entero que me cago en ellos. Así de claro.
¿Debo medir mis palabras?
Venga ya. Los hippies han muerto sepultados por sus propias flores, y su único legado es el ácido que corre por mis venas. El pasado ha quedado en el olvido, y ahora mi música es la única verdadera, la que se atreve a desafiar al poder establecido.
¿Lo dudas?
Me importa un huevo.
Puedes quedarte ahí, con la vista fija en el póster de la pared, ese que ha colgado tu hijo para demostrarte que es diferente, que quiere convertirse en un ácrata, como sus ídolos, con la chupa de cuero y la cresta en la cabeza. O también sentarte a su lado y preguntarle el por qué.
Eso es lo más difícil, ¿verdad?
Tú también fuiste un rebelde, a tu modo. Pero ahora no eres más que un patético híbrido de lo que fue tu padre, y el legado que ha dejado en tus genes, en tu mente.
Das pena.
Yo hace tiempo que decidí no acabar como tú.
Mi vieja lo sabe bien, aunque todavía no se ha dado cuenta. Por ese mismo motivo me ha pasado una sobredosis de coca. No quiere que sufra más. La vida no tiene sentido sin mi chica. Lo único que deseo es estar a tres metros bajo tierra, a su lado. Reposar por toda la eternidad en la quietud del silencio, donde nadie nos vuelva a hacer daño. Lo único que pido es que cuando me metan en esa caja, lo hagan con mi chupa de cuero, mis vaqueros y mis botas. Es lo único que necesito para correr a su lado.
Y aunque yo no lo sepa, mi legado me sobrevivirá, y estará presente para siempre. Cuando escuchéis mi voz gritando a través de los altavoces nadie se acordará de que no sabía tocar el bajo, sólo recordaran al tipo. Con su frágil esqueleto.
Nancy, espérame.
Firmado: Sid Vicius.
Me acerco a tod@s vosotr@s para comunicaros que he sido uno de los 327 autores seleccionados para formar parte del libro: "Cuentos Alígeros".
Esta publicación se realiza después de la convocatoria de los III Premio Algazara de Microrrelatos
Os dejo con el microrelato, para que lo disfrutéis:
El olor a serrín recrea la vívida imagen de mi padre: el sonido de las gubias labrando la madera, mientras perfilaban bellas flores de caoba que más tarde, engarzaría con el resto de costados, hasta que ante mis ojos de niña, tomara forma el cabezal que tendría en mi primera cama. Aquel día me sentí mayor. El mundo se abrió ante mí, aquella obra de arte creada por sus manos sería la puerta a mi primera aventura. Recuerdo el olor del barniz, cuando el conjunto quedó ensamblado y juntos, le dimos varias capas del transparente líquido. Yo sonreía, aunque me mareé por el fuerte olor, pero estaba junto a él, con su sonrisa que iluminaba mi mundo y esa barba rasposa que pinchaba cuando besaba mi mejilla. Lo dejamos un día entero al aire libre, para que secara. Después lo lijó con una tela áspera. Yo tenía miedo, por si se rayaba. Él se reía de mí. Han pasado muchos años. Ese cabezal que un día fue mío pasará a mi hija. Está a mi lado, anhelante, abro la puerta. Hoy comienza su aventura.
A mis queridos lectores:
Hace tiempo, demasiado, que no publico nada en este, mi querido blog, razones han habido para estar alejado de él y de vosotros. Espero poder seguir en él, aunque sea esporádicamente.
Os dejo un pequeño relato que me han regalado las musas esta mañana. Espero que os guste.
La guitarra descansa, como una grácil paloma que se hubiera posado sobre su muslo. Su mano izquierda es sostenida por la de él, que la guía a través del cuerpo de madera, para que note su tacto a través de sus dedos. Así, cada traste es un nuevo territorio explorado, cada cuerda, una hebra que se abre a sus anhelos y, cuando presiona con delicadeza las yemas sobre ellas, siente que comienza a descubrir los secretos que encierra.
- El acorde de Do – tras ella, la voz de él la acaricia, como una pluma que se deslizara sobre su espalda, y nota como cada vello de su piel se eriza a su contacto – lo haremos presionando con nuestro dedo pulgar por detrás del mástil, de forma que nos apoyemos en él, y no con la mano desnuda.
Con una leve presión, acompaña sus palabras sobre su mano. Su cálido aliento le hace temblar, pero intenta que no perciba su turbación.
- A continuación, el índice lo presionaremos sobre la quinta cuerda, en el primer traste. Siempre hemos de acordarnos, que las cuerdas se enumeran de arriba hacia abajo.
Un diminuto asentimiento con la cabeza, un breve titubeo con la mirada clavada en los fuertes dedos que sostienen los suyos.
- Después, continuaremos con el dedo corazón, que presionará la tercera cuerda en el segundo traste.
Ella cierra los ojos, para sentir el calor de su mano en sus dedos.
- Y, por último, acabaremos de formar el acorde con el dedo anular, que presionará la segunda cuerda en el tercer traste.
Como en un sueño del que no quisiera despertar, siente cada uno de sus dedos, envueltos por los de él, formando a su imagen y semejanza el primer acorde de la escala musical.
- Cuando ya lo hayamos creado, rasgaremos las cuerdas, desde la quinta hasta la primera, con la mano derecha.
El pulso se le alborota y una quemazón nace de su vientre cuando su mano derecha es tomada por la de él. Se deja llevar, con los párpados cerrados, en un intento por no dejar pasar ni un sólo detalle. El olor de su colonia, tan conocido, el calor de su voz, la calidez de su respiración, el contacto de sus manos sobre las suyas.
La estancia es inundada por las notas musicales, que surgen de ese primer rasgueo, cuando la púa acaricia las cuerdas y estas, al vibrar, emiten la dulce melodía.
El tañido de las campanas rompe el cálido instante. La hora ha llegado y la clase termina. Ella se levanta, turbada, cuando las manos de él se separan de las suyas. Con ternura, deja el instrumento en su atril, se despide del profesor y sale despacio de la estancia, con la mirada baja y la esperanza de que llegue el día siguiente, para asistir a la próxima lección.
Unas manos velludas se apoyan en el cristal de la ventana. En las yemas de los dedos se adivinan unas callosidades, producidas por las cuerdas que tanto ama y, que sin embargo, no han sido obstáculo para acariciar el cuerpo de su mujer, a la que adora. Tiembla al recordarla, se parecen tanto… Respira hondo, se acaricia el mentón, rasposo por la incipiente barba e intenta no pensar en ella.
Al otro lado de la puerta escucha unas voces, timbres de mujer que discuten sin motivo alguno. Tan parecidas y tan distintas, una, el amor de su vida, la otra, su hijastra.
Su alumna.
Ernest Bonafont, valenciano de pura cepa, desde que su madre lo pariera en el Hospital de la Fe no ha hecho nada de provecho en la vida. Y de eso, a día de hoy, podríamos sumar casi veinticinco primaveras. ¿Qué cómo pasa sus días? Depende del humor con el despierte, ya que, aún no habiendo cumplido la mayoría de edad, le diagnosticaron un grado de personalidad psicópata, que el mismo se esfuerza en criar, como si de una hija inválida se tratara.
Así lo vemos hoy, dando vueltas por las vías del tranvía en la vieja estación del “trenet”, más conocida como la del Pont de Fusta, con un manojo de ruibardos en una mano y gritando a voz en cuello que vende laxante natural, mientras con la otra fuma un canuto de marihuana, que cría en el balcón de su propia casa.
De vez en cuando, algún pobre incauto se acerca a preguntar el precio, y el muy borde le suelta que lo que vende es resina pa´fumá a buen precio. Si al comprador le interesa el trato Ernest lo aferra por el brazo, y entre gritos y aspavimientos lo arrastra al interior de un descampado vallado, donde algún día erigirán un edificio de oficinas de lujo, pero que ahora es un nido de ratas y malajes. Y así, sin que el pobre desgraciado tenga tiempo de decir ni mu, es rajado desde el vientre hasta el gaznate. ¿Por qué? Todavía no ha encontrado un razonamiento lógico para sus actos, pero, ¿acaso lo necesita gracias a su problema mental?
Tras cada captura, escribe con sangre de la víctima un último epitafio en la pared. En su paranoia, se cree un poeta de la muerte, capaz de encontrar sentido a los gritos de dolor que emergen de la garganta de los condenados.
Al morir el día, vuelve a su casa, entra en el hogar y saluda a su madre, que duerme en el sofá, eternamente. Le da un dulce beso en la frente y se sienta a su lado, para contarle cómo ha ido el día en la Universidad. Después se asoma por la ventana de su habitación. Siempre ,a la misma hora, la vecina de enfrente llega de la escuela, se desnuda para ir a la ducha y deja su virginal cuerpo a merced de los ávidos ojos de Ernest, que la viola con dulzura.
Mañana será otro día.
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