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Arrebato


Crepitar de gotas de lluvia, luces de neón. En un callejón dos gatos se enfrentan en un salvaje conciertos de maullidos y bolsas de basura desgarradas. El taxi se detiene en la puerta del local, el nº 3 de la Plaza Manises. En un susurro, la ocupante ofrece al conductor un billete de veinte, obviando el cambio. El taxista, sorprendido y halagado, ya que la carrera cuesta algo más de la mitad, baja del automóvil, un elegante Mercedes Clase S color blanco recién estrenado, y abre la portezuela de su pasajera, a la par que sostiene con su mano derecha un pequeño paraguas negro, que estrena por primera vez. La dama, pues así le parece que debe llamarla por su porte señorial, luce un elegante vestido de seda blanco, con un escote delicado que deja entrever un voluptuoso pecho, arropado por el abrigo de visón, y esa cadena de oro con una delicada muñequita besando su blanca piel. En un rápido vaivén de tacones cruza velozmente los tres metros escasos que la separan de la puerta de madera y se pierde tras el vaho de los cristales.
En la calle, los neumáticos se alejan dejando una estela de duda a su paso. En el interior del local, Noelia, la dama, se entretiene cautelosamente en el vestíbulo, antes de cruzar la segunda puerta que le dará acceso al interior del Café.
Apoya sus manos en el cristal de la ventana interior e intenta vislumbrar en dentro de su vientre. Una sucesión de pequeñas mesas de madera, se apiñan en una sala no demasiado grande. A la derecha de la misma, varios asientos corridos se separan entre sí con una celosía, como si fueran camarotes de un antiguo tren de vapor. En las paredes, cuadros de escenas irlandesas, pinturas típicas y tapas de toneles con varias marcas de cerveza completan el cuadro. Abre la puerta, el típico olor de alcohol derramado, absorbido por el suelo de madera unido al humo del tabaco inunda sus sentidos. En la barra de roble, una atractiva camarera se afana secando pintas de cerveza con un paño. De algún lugar, ocultos entre la decoración, unos altavoces le hacen llegar los acordes de “Old Man”, Neil Young rompe el silencio con su voz.
Sus ojos recorren cada centímetro de la estancia, hasta encontrarlo. Está sentado en la barra, enfrascado en la lectura de un libro de tapas negras, con el lacio pelo negro ocultándole el rostro y una pinta de Guinness al alcance de su mano derecha.
El temblor de sus labios la delata, se gira violentamente para evitar su posible mirada, el estómago, como un tren desbocado se agita violentamente. Es la primera vez que lo ve, jamás había hecho algo semejante, y no sabe si debe seguir adelante. Hace dos meses que lo conoce, a través de una de esas páginas de contactos tan habituales en la red. Lo más extraño, es que jamás se han visto, ni siquiera en foto. A ella le daba mucho reparo el colgar una instantánea suya y que algún conocido pudiera descubrirla. Y él, también es una persona muy reservada, que deseaba encontrar a alguien ya no por su físico, sino conociéndola interiormente, para descubrir qué había más allá de una sonrisa bonita. Intercambiaron infinidad de correos, se desnudaron interiormente, llegaron a conocer las miserias, pasiones y cotidianeidades de cada uno, hasta que se hizo insoportable el intercambiar sólo palabras, y el deseo pidió ocupar su lugar.
Noelia jamás había hecho algo parecido, siempre se había comportado como una persona educada, que sabía mantener a raya sus instintos, por muy necesitada que pudiera llegar a estar. La cita de esta noche, iba más allá de cualquier aventura que hubiera podido imaginar. Allí estaba ella, con el vestido de seda que usó en la boda su hermana. Debía admitir que para la edad que tenía, ya entrada en la cuarentena, se conservaba excepcionalmente bien. No eran pocas las miradas que arrebataba a su paso en la oficina e incluso en la calle, pero siempre fue una “frígida mental”, no podía pensar en relacionarse con nadie por el simple hecho de tener una aventura. Los pocos novios que había tenido le habían durado un par de meses a lo sumo, hartos de su naturaleza arisca y defensiva. Ahora, estaba dispuesta a cambiar, necesitaba hacerlo. Y esta cita, era el primer paso. Había imaginado cientos de veces cómo podría ser…
Acercarse tímidamente y esbozar una sonrisa a la par que intentaría pronunciar un tímido hola. O tal vez sentarse a su lado y tocar su hombro, esperando la cara de sorpresa cuando la mirase. O quizás…

En todo caso ahí está él, como quedaron, sentado en la barra con un libro entre las manos.


Vuelve la mirada de nuevo hacia su posición, el local está prácticamente vacío. La camarera ha desaparecido de la barra y su ocupante, ajeno a su presencia, sigue con la mirada fija en las páginas que tienen robada su atención. En el cenicero, un cigarrillo abandonado a su suerte, eleva hacia el techo volutas de humo que danzan en sincrónica candencia. No recuerda si le había dicho que fumaba o no, pero no iba a ser un detalle importante en un instante como este. Toma aire y exhala despacio, en varias ocasiones, para contener el miedo al rechazo que se está adueñando de ella. Debe de tomar el control, ser autoritaria y determinada, coger las riendas del asunto e ir directa al grano, sin eufemismos. Se arregla el pronunciado escote, fija sus ojos un instante en el reflejo de su imagen, que le brinda un pequeño espejo colgado de la pared y sin más preámbulos, avanza hacia él.
En los altavoces, Neilg Young da paso a Oasis, con su “Hey Hey My My”, animando a Noelia a avanzar en cada paso. Sus tacones se detienen tras su espalda, una camisa negra con finas rayas blancas. Con un último arrebato de valor, se deja caer sobre ella y le tapa los ojos con las manos, mientras una sugerente risa cabalga desde su garganta. Él, cogido por sorpresa, tan sólo atina a elevar las manos sin fuerza hacia las de su captora.
- ¿Pero…?- consigue pronunciar antes de que las mismas manos le inviten a darse la vuelta cogiéndole por los hombros.
Noelia, dejando abandonados sus prejuicios en el baúl del olvido, se queda mirándole un instante, perdiéndose en sus ojos verdes, antes de acariciar su rostro con ambas manos y estrellar sus labios con los suyos. Él, acoge entre sus brazos el cuerpo menudo que se le brinda, y la tibia piel de su espalda desnuda se derrite a su contacto. Ella, pegando su cuerpo sobre el suyo, se deja llevar por el deseo contenido, notando como es acogida entre sus piernas abiertas y la dureza de su entrepierna, que crece a cada beso. Su lengua, cálida y urgente, busca la de él, sus manos, enredadas en su pelo, prosiguen su descenso por su cuello, la curva de sus hombros, sus pectorales…
En los altavoces, Guns N´Roses le piden que no llore…
De pronto, él se levanta y la acuna entre sus brazos, mientras su lengua recorre su cuello. Noelia cierra los ojos, se deja llevar por el mar de sensaciones que la cubren por completo, los escalofríos que recorren su columna hasta derretir su vientre, ansioso. De nuevo los labios que besan su piel hacen el recorrido inverso, hasta lamer la comisura de su boca, que le espera entreabierta. Las manos de él, se deslizan por sus caderas, acariciándola a través del fino vestido, elevando con dedos ágiles la falda por encima de sus rodillas. Sin pensarlo, desliza una pierna por encima de las suyas, hundiendo sus dientes en sus labios. Las manos de él buscan su piel debajo del vestido, sus jadeos se vuelven violentos, sus manos expertas, acarician su sexo por encima de la ropa interior de satén rosa. Ella, dejándose llevar, apoya su cabeza sobre su hombro, mientras besa su cuello y sus manos, bajan hacia el bulto de su pantalón, queriendo sentir su calidez entre sus manos. La cremallera, baja con un suave tirón, desliza las manos en el interior de su pantalón y el miembro erguido de él la saluda complaciente. Se acarician mutuamente, mirándose a los ojos, él, deja caer sus braguitas por sus piernas y sus dedos, serpentean por la tibia piel de su entrepierna, hundiéndose en la calidez de su interior, mientras siente los dientes de ella hundirse en su cuello. Arrebatado de lucidez, la coge por la cintura y entra con pleno derecho en la abierta hendidura de su amante, notando el abrasador calor que emana de su interior. Caen de espaldas sobre la pared, ella, con las piernas alrededor de su cintura, él, instándola a recibirlo con cada sacudida de pasión. El orgasmo les llega casi por sorpresa, con una agitación desmesurada que invade sus sentidos, dejándolos postrados el uno sobre el otro, con la respiración agitada, el pulso marcando final de trayecto y la sonrisa meciendo sus labios.
En los altavoces, Sting canta “Every breath you take”, el ventilador del techo sigue dando incesantes y lentas vueltas, mientras tan sólo al fondo del local un murmullo de voces les hace compañía, tras las celosías de cristal. En el interior de la barra, la soledad es la nota discordante.
Con una sonrisa tímida, Noelia se sube las sugerentes braguitas, esboza una sonrisa, y tras un beso rápido se excusa y busca los baños, que se encuentran al final de la barra a la derecha, tras un pequeño pasillo.
Apoyado en la barra, atusándose la camisa, la ve alejarse con el contoneo de sus caderas.
Noelia no se lo puede creer, acaba de tirarse en medio de un local al hombre que lleva arrebatándole el sueño estas semanas, y además de que ha sido algo excepcionalmente morboso, el sólo pensarlo hace que le tiemblen las piernas. Todavía tiene el sabor de sus labios en su boca, el ácido contacto de su lengua manchada de fresca Guinness, el contorno de sus manos recorriéndola. Se mira al espejo y no se reconoce, ve a una mujer sensual y atractiva que acaba de cometer una arrebatadora locura, y que no se arrepiente. Respira hondo, se arregla el vestido, deja el bolso en un lado del lavabo mientras se refresca la cara. De repente, un zumbido proveniente del bolso le recuerda que lleva el móvil en silencio, pero, debe de haberle llegado un mensaje. Abre la cremallera y coge el Nokia último modelo que le ha regalado su Compañía. En la pantalla, el típico icono de nuevo mensaje se ilumina al apretar el teclado.
- Disculpa cariño, soy Tomás, me ha surgido un problema en el trabajo y no he podido acudir a la cita. Hablamos esta noche y lo dejamos para mañana. Te quiero, un beso.
Noelia pierde el color mientras sus ojos recorren las letras, ¿entonces….?

Ojos Verdes




“Cae la tarde, muere el día,

y una guitarra llora, en las calles de Triana.



Ojos verdes, piel morena,

velo tus sueños, mi niña mora.”



Así suena la canción que entre arpegios, ayes y quejíos, canta la historia de Violeta. Cuentan, que en el camino de El Rocío, iba a grupas de su yegua blanca, sonriéndole al sol, que tenía envidia del brillo de sus ojos. A su derecha, montado en un alazán negro, el patriarca de la familia lucía a su hija, orgulloso y radiante. Tras ellos, sentadas en la pequeña calesa, la madre y dos hermanas menores de edad, ataviadas de luces y oro, escoltadas por el resto de hermanos y primos, que cabalgaban erguidos, mentón alto, espaldas enhiestas, sonrisas presas bajo la sombra del sombrero de fieltro.



Tuvo la suerte que un mozo, de nombre Ernesto, de apellido Heredia, pasease la mirada entre los componentes de la cabalgata que entraba en la aldea por la calle principal, en dirección a la plaza de la Ermita, y que Violeta se viera reflejados en ellos, pardas retinas que echaban brasas, y quemaban como puñales.



No hicieron falta palabras, ni dichos ni diretes. Se buscaron entre el gentío, atrapándose las manos en la huída, y corrieron tras las cañas, ocultos a las miradas, cubiertos de piel, de sol, de besos y rimas.



Mas tuvo la fortuna que enviar a un potro desbocado, hacia el lugar donde retozaban los amantes, y fue el hermano, José de Henares, quien encontró el cuadro, y dio las voces. Se llenó el lugar de machos con la sangre caliente, verbo fácil, odio en las sienes. Y se manchó la tierra de orgullo herido, fue el honor con sangre limpiado, y mientras el hierro volvía a su cárcel, morían dos almas. Una, en tierra yacía, la otra, apagada, con las monjas de clausura su suerte correría.



“Cae la tarde, muere el día,

Y una guitarra llora, en las calles de Triana.



Ojos verdes, piel morena,

Velo tus sueños, mi niña mora…”

Canela



La habitación huele a canela, es su aroma preferido. Sobre la pequeña mesita de noche se elevan las volutas de humo que desprende una ramita de incienso, en cada esquina de la habitación, una vela de distinto color se mece al compás de una música que nace de los diminutos altavoces, escondidos tras las cortinas. El ambiente creado es, sencillamente, perfecto.


Ella está mirando la luna a través de la inmensa ventana, el pelo lacio, rubio, cae sobre su espalda desnuda hasta encontrar su cintura. Se da la vuelta con el brillo de la noche perenne en sus ojos, avanza sigilosa, paso a paso, hasta el lecho, donde él la espera. Sonríe, pícara, se retira un rebelde mechón de pelo del ojo derecho y lo desplaza por detrás de su delicada oreja.


Apoya una rodilla sobre el borde del colchón de látex, donde duermen los pies de él, los sensuales labios se entrelazan en un pequeño mordisco, dejando a la vista sus dientes blancos. Sobre sus pechos, dos líneas paralelas de su cabellera ocultan las aureolas de sus rosados pezones, en su ombligo, una joya incrustada brilla con el reflejo de las pequeñas llamas. Bajo él, su pubis, inmaculadamente rasurado.


Acerca sus labios al pie derecho de él y besa sus dedos, con delicadeza, paseando su lengua voluptuosamente, entrelazándolos con sus labios, mientras acaricia su tobillo, subiendo las manos por su pierna. Flexiona sus rodillas y separa sus piernas, caminando por su piel, atravesando la montaña de sus rodillas, lo mira a los ojos y sonríe mientras sus manos acarician su vientre, liso.


Prosigue su ascenso, incansable, centímetro a centímetro ganando terreno de piel arrebatada al deseo. Atraviesa el ecuador de su cintura hasta detenerse en sus pectorales, mordiendo suavemente sus diminutos pezones, para descender de nuevo, buscando golosamente el objeto de su anhelo.


El miembro de él la espera, erguido, caliente, vibrante y lo acoge entre sus labios mientras su mano juega a acariciar sus testículos. Suspiros, temblores a cada caricia mientras ella se acaricia su húmedo sexo, bañado de deseo. Sus dedos juegan dentro de su vagina mientras su boca se llena ansiosa. El deseo es irrefrenable, se sube horcajadas sobre él, sintiendo como el fornido miembro la penetra, y cae rendida sobre su pecho, moviéndose al ritmo que le dicta su ansia. Apoya las manos sobre su pecho, el se mece a cada sacudida hasta que el orgasmo la inunda, invadiéndola de plenitud, recorriéndola desde la punta de los dedos hasta la cabeza, dejándola exhausta sobre su cuerpo.


El momento de pasión termina, se deja caer a su lado y sonríe, satisfecha.


En la mesilla de noche, un reloj marca tímidamente el transcurso del tiempo acompasándose con su respiración. Al cabo de unos minutos, cuando sus pulsaciones recobran la normalidad, se levanta, recoge a su amante de plástico y lo guarda celosamente en el armario, no sin antes un beso de buenas noches. La cama, vacía, la espera.

Tu aroma.



Mientras la lluvia repiquetea contra el cristal de mi ventana, me pregunto si existirá alguna sensación de soledad más inmensa que la de una habitación de hotel vacía.


Amanece,las montañas nevadas reflejan el pálido crepúsculo, y el calor de las sábanas se evapora mientras mi mejilla se apoya sobre el frío cristal. Las aceras están detenidas, esperando algún transeúnte adormecido que se aventure por sus adoquines, los charcos añoran las gotas de lluvia que, en despaciosa cadencia, se adentran en sus brazos. Y tú, te fuiste con la noche, olvidando los besos dados, las caricias robadas, los trémulos murmullos al oído. Desperté sin tí, en un lecho extraño y frío, con el tímido calor de tu recuerdo en mi piel. No hay excusas para las huidas, cuando se dejan corazones caducos de esperanza, sin una palabra. La puerta se cerró tras las suelas de tus tacones y yo, no pude decirte quédate.



Ayer tarde, bajo el gigante de piedra que domina la ciudad, te esperé envuelto en mis temores, el paraguas luchaba contra un viento juguetón que intentaba robármelo, mientras los turistas orientales danzaban a mi alrededor con el flash de sus cámaras cegándome y creando sombras chinescas en las que creía reconocerte. Sobre mí, el acueducto me brindaba su antiquísimo apoyo, diciéndome sin palabras que, como él, yo podría aguantar mil batallas. La tarde se fue muriendo y con ella mis esperanzas, hasta que una voz se aproximó a mis espaldas, y el calor de tu mano se apoyó en mi hombro. Tímida, coqueta, hermosa, te mostraste como un enigma encerrado en la piel de una mujer, y yo, me deje arrastrar...


Paseamos por las callejuelas mojadas, mientras la ciudad nos acogía cálidamente en sus laberintos, haciéndonos vagar sin rumbo, rozando nuestros dedos, acariciados por las palabras. Yo iba dejando atrás mis temores mientras mis defensas se erosionaban a cada pestañeo de tus ojos, y la electricidad se impulsaba por mis venas. Nuestro vagabundeo nos llevó a un pequeño restaurante, donde nos recibieron con el dulce aroma de los fogones, tan sólo tú y yo, en una diminuta mesa al fondo del local, tras una esquina de piedra que nos dejaba ocultos de las miradas ajenas. La música nos envolvía y la llama de la vela bailaba en el iris de tus ojos. Quise coger tus manos entre las mías, y fueron como flores que se abrieran ante el sol, ofreciéndome las líneas donde se esconden nuestros destinos. Recuerdo el vino, oscuro, suave, aterciopelado, bajando por mi garganta, envolviendo mi boca, antes de compartir mi lengua con la tuya. Ya no hicieron falta palabras, tu boca fue mía, y mi deseo me lo robaste.


Salimos engarzados en un cálido abrazo, buscando los portales donde comernos a besos, mientras la luna se reflejaba en cada charco, hasta llegar a la habitación del hotel, donde tu esencia se fundió con la mía. Tengo en mis labios el sabor de cada veta de tu piel, mi lengua te exploró sin prisas, mientras las sábanas se hacían cuna en nuestro delirio. Besé tus párpados cerrados, tu nariz, tu mentón. Recorrí con mi lengua tu cuello, tus hombros, el pliegue de tus senos, donde se juntan para nacer de nuevo, ofreciéndome el sabor de tus pezones, duros, cálidos. No quise detenerme y mis labios insaciables fueron caminando por tu vientre, sobrepasando el ombligo, hundiéndose en la hendidura de mi deseo, mientras tu calidez me envolvía, y tus gemidos eran música para mis oídos. Te miré un instante, tus manos en mi pelo, tus ojos en los míos, tus labios entre tus dientes, tu pecho bailando al son de tu respiración, ansiosa, anhelante. Me deslicé de nuevo sobre tu piel hasta caer rendido en tus labios, y me deslizaste a un lado, para presentar batalla, y fueron tus labios los que me hicieron caminar por el deseo. Sentí la lengua en mi cuello, flotando sobre mi pecho, mientras tus manos me recorrían, acariciando mi miembro erecto, llegaste hasta él ansiosa de pasión y tu boca se inundó de mi sabor, haciéndome volar en cada caricia. Cerré los ojos para sentirte intensamente, como me recorría tu lengua , como tu boca se llenaba de mí, hasta que te deslizaste sobre mi cuerpo y recorrimos juntos el camino de tu sexo, la calidez de tu interior, el ansia de amarnos. Podría relatar cada segundo, cada beso, cada caricia que siguió, hasta que caímos derrotados, en un íntimo abrazo.


Soñé viéndote partir, cerrando con suavidad la puerta detrás tuyo, el último suspiro de una noche que parecía interminable. No tuve valor para correr tras de tí, ¿cómo hacerlo, desnudo por el pasillo? Desperté de la pesadilla y la realidad me golpeó, la soledad se adueñó de la estancia y de mi ser, dejándome caído, marchito, como la caduca hoja que mece el viento en su descenso hacia los infiernos.


Bajo la escalera cabizbajo y taciturno, el pequeño macuto con mis mudas rebota en mi espalda, en recepción confirman tu desaparición y la cuenta pagada. Ando por las calles medio vacías, dejándome llevar por un destino indeterminado, hasta que llego al jardín que linda junto al Alcázar. Me siento en un banco, la brisa, fría como el hielo corta mi cara, las montañas nevadas siguen inmóviles en la distancia. La soledad es tan inmensa, el vacío tan hondo, una lágrima se desliza por mi mejilla cuando un olor inunda mis fosas nasales, tal vez, ¿tu aroma?

Amistad


Me gusta sentarme a su lado, cada tarde, cuando el crepúsculo tiñe el cielo de añil y el día muere, quedo de inquietudes pasajeras. El banco de madera, en el pequeño parque donde desemboca la Calle Cihelnà a orillas del Moldava, nos regala la visión del Karlúv Most en todo se esplendor, con las imponentes Torres de Guardia en cada uno de sus extremos, su negra piedra se yerge majestuosa coloreada en ese oscuro tono tras siglos de sufrir el embite de los elementos.



Desde aquí, también podemos ver las cúpulas de la Univezita Karlova, donde durante cinco largas décadas Gustáv fue profesor de Leyes, a pesar de las persecuciones sufridas durante la Primavera de Praga, cuando fue derrocado su antiguo compañero de estudios Alexander Dubcek. Juntos, pasaron su época estudiantil en las frías calles de Bratislava, luchando con los inciertos decálogos del Derecho Romano.

Allí fue donde, en los cafés de la ciudad, arropados por el vitalismo de la juventud, plantaron los cánones de lo que más tarde se denominaría Socialismo de rostro humano, el cual llegó a intentar implantar Dubcek cuando fue nombrado años más tarde Presidente del Partido Comunista Chocoslovaco. Por aquel entonces cada uno había tomado rumbos diferentes, Gustáv, más ajeno a la vida pública y política, dedicó sus esfuerzos a la enseñanza y la escritura, su segunda pasión, por debajo de Katerina, su mujer.Esa preciosa rubia eslovaca, con los más sensuales labios y profundos lagos azules en los ojos que ninguno de ellos hubiera visto jamás.

Trabajaba en el Kaffé Mayer, en la Hlavné nam, donde cada noche, los amigos dirigían sus pasos para ir afinando sus ideas, cada vez más controvertidas. Alexander fue el primero en fijarse en ella, le embaucó con su parloteo y sus ideas políticas, mientras que sin embargo, la camarera sentía más curiosidad por su callado compañero de mesa. Gustáv, más ducho en la composición de poemas amorosos, que la práctica de los mismos, no se percató en un primer momento del juego de miradas que le prodigaba cada vez que se deslizaba a su lado, hasta que su compañero, harto de una pesca imposible, le despertó los sentidos.

Tal vez fue el azar, o el caprichoso destino, pero después de un café vienes derramado sobre el delantal de la delicada rubia, su sonrisa se quedó grabada en las pupilas de Gustáv, que le devolvió la misma sonrisa que enamoró las de ella.

Tras la graduación, en verano de 1954, Gustáv y Katerina se casaron en una improvisada y pequeña ceremonia, sin más asistencia que los testigos. Alexander le regaló a su amigo el pisacorbatas de oro que le había acompañado desde que entró en la Universidad, con el logotipo del PCCh. Desde entonces, el camino de los amigos se había bifurcado en senderos bien diferentes.

Ahora, hace ya 12 años que Katerina se marchó, se la llevó el frío de una noche de Enero, envuelta en las mismas mantas que habían compartido los sueños de los amantes durante tantos años. Una mañana fría, que la calefacción se obstruyó, a causa de la vetustez de sus cañerías, Gustáv se despertó abrazando el cuerpo frío e inerte, de la ya sin vida amada. Durante, tres días, no salió de casa, ni encendió la calefacción, ni quiso hacerse a la dolorosa idea de que ella ya no se iba a levantar, que su cuerpo, helado y rígido, tan sólo pertenecía a la carcasa del alma que había acunado en vida. Lloró, como tal vez sólo puedo hacerlo quien se le rompe el alma, lloró, y dejó que cada lágrima le trajera el recuerdo de cada segundo que compartió con ella. Lloró, y un día, los ojos se negaron a ofrecerle más dolor, más lágrimas que alimentaran su tristeza.

Ese día me llamó, y corrí a cu casa, como el hijo que nunca tuvo, y en el que yo me convertí.

La enterramos bajo una incipiente nevada, el helado suelo de tierra recibió sus restos en un cálido abrazo. Aún recuerdo el sordo sonido de la tierra al caer sobre el ataúd, la última rosa blanca que sus manos depositaron con delicadeza sobre la tapa de abedul, el dolor de su mirada, el silencio, la soledad.

Desde entonces, cada día, nos encontramos en este banco de madera. Hablamos de infinidad de cosas, damos de comer a los cisnes el pan duro que recojo cada día en los restaurantes por donde paso, camino de mi cita vespertina. Y allí, él, me enseña a vivir, y yo le doy ánimos para seguir viviendo. Yo le hablo de mis sueños, de mis inquietudes, de la niña morena que es la dueña de mis anhelos. De cómo la conocí en el Puente de San Carlos, hace ahora algo más de dos meses, tras volver de mi tierra natal, donde de vez en cuando acudo en busca de una brizna de sol que arrebole las mejillas.El sonríe, y se deja llevar por mis palabras, vive por ellas y las extiende por el manto de sus esperanzas.

Juntos, escribimos el diario de a bordo de un viaje imaginario, que nos traslade a través del atlántico, a descubrir tierras lejanas. Luchamos con piratas, salvamos damiselas en peligro de de los brazos de feroces corsarios ingleses. Somos dos aventureros en un mundo paralítico de esperanza.

Cada año, en su cumpleaños, yo le regalo lo mismo, una corbata de colores, y no es por tacañería ni falta de imaginación, sino todo lo contrario. Esa es una de sus pequeñas extravagancias. Desde que lo conozco, cada día lleva una corbata completamente diferente, siempre con el mismo enganche de oro, eso sí. Ora la lleva azul, con rayas verdes o rojas, mañana amarilla, lisa. Al otro negra, elegante, o color esmeralda, como sus apagados ojos. La última, un estúpido capricho de mi último viaje, me hizo traerle una corbata con un toro estampado en ella, color rojo sangre y, surgiendo del fondo, la espléndida y mítica figura de un toro de Osborne.

Todos los días hago el mismo camino, salgo de mi trabajo en la Embajada Española, cojo el tranvía de madera, depende del día, elijo un número u otro, ya que a pesar de llegar a mi destino dan más o menos vuelta. Bajo en Malostranskà, recorro los escasos quinientos metros que me separan del restaurante donde el cocinero, gran amigo mío, me suministra del preciado pan duro, y de allí hasta el parque no tengo más de doscientos metros.

Hoy, al llegar al restaurante, Miroslav, mi calvo y querido amigo, al que hace varios días que no veo tras unos días de vacaciones, se fue a La Costa Azul, por indicación mía, me recibe serio y compungido. “Lo siento amigo, la vida es dura, era un buen hombre y sé que lo apreciabas mucho”. Yo, me quedo de piedra ante sus palabras y no sé bien que contestar, ya que realmente no puedo saber a qué se refiere.

Un grito acompañado de su nombre me lo arrebata antes de poder pedirle explicaciones sobre ese pésame, completamente irreconocible para mí.

Reanudo mi paseo, enfilo la senda que me llevará hasta el conocido banco de madera. Sentado en él, enfrascado en la lectura de Guerra y Paz, me espera un conocido amigo. Le saludo cordialmente, como cada día, después de más de una década. Una sonrisa transparente me devuelve el saludo, me fijo en su corbata, ahora qué pienso, diría que esa corbata con el toro de Osborne la lleva puesta desde hace más de un par de días.

Crueldad





Te veo postrada en el sofá, con tu dorada piel de caoba brillando bajo los rayos de sol que te acarician.

Te deseo y te necesito, te anhelo y sin embargo, el destino es un cabrón con sotana de enterrador. Mis dedos duermen el sueño de los necios, las uñas, muertas y ennegrecidas en esa estúpida curva que me dejó agónico cuando, de sopetón, una placa de hielo creada al amparo de la sombra de la montaña, deshizo mi vida. Quedé inerme entre las brasas de un retorcido conjunto de hierros que iban churruscando mi piel, con la irrefrenable furia del fuego.

Desperté entre un coro de serafines vestidos de blanco, armados de mascarillas y escalpelos, afanándose como hormigas en el trabajoso dilema de qué parte de mi cuerpo serviría para injertar un trozo de piel.. En mi inconsciencia, pude sentir y escuchar como alguien elegía, para mi bochorno y mientras me acariciaba suavemente y con manos expertas, el lado derecho de mi impúdico trasero. Entre idas y venidas del país de Morpheo, desperté a las dos semanas embutido en una camilla, con tubos injertados en cada cavidad de mi cuerpo.

Tras nueve meses de hospitalización, privado de mis movimientos y alejado del mundo como un ermitaño, ya que en la unidad de quemados no podía recibir visitas, por miedo a los posibles contagios, ya que mis defensas eran más bien nulas o inexistentes, volví a casa.

Allí me esperabas tú, en el mismo sofá rojo donde me despedí de ti, jurándote que no volvería y sin embargo, aquí muero de nuevo, a tus pies, queriendo sentir el contacto de tu piel, acariciar tu estilizado cuerpo, resbalar por la sinuosidad de tus formas. Crear en cada caricia una nueva melodía que acune tu belleza.

Caes en mi regazo, rendida a mis súplicas, deseando el contacto de mis dedos, que se niegan a posarse sobre ti, mientras una lágrima se desliza por mi mejilla con la lasitud de un eterno moribundo.

Hoy, quisiera poder formar con mis manos el acorde que te hiciera vibrar sólo para mí.

Perfilo con mis dedos el bemol de mis sueños, imagino el enarmónico Do sostenido y vuelvo a dejarte en tu pedestal, mientras el río de mi tristeza se desborda.

Te observo, brillante y hermosa, tal vez algún día pueda volver a acariciarte, mi Gibson Les Paul.

Palabras mudas





Soy un alma soñadora que deambula vagabunda, de amores y lugares.

De corazones rotos, de cansancio en las alforjas repletas de desengaños.

Esparzo las cenizas al viento de cada locura pasajera, dejando que las brasas ardan en mi interior.

Y cada anochecer, en mi saco de sueños encuentro nuevos amaneceres por descubrir.

Mi cama, está vacía, al igual que mis pasiones, mi bicicleta caduca debajo de mi ventana, hoy triste, porque te fuiste. Tal vez mañana vuelva a pedalear buscando tu mirada entre la multitud.

Las notas de mi guitarra, arrancan lamentos al viento, jirones de mis pensamientos amontonados en precario equilibrio, haciendo sucumbir mis fantasmas.

Una pluma, un papel, una estancia vacía de tu presencia, una foto en la estantería donde muere el olvido.

Una vela que titila, reflejando mis pupilas, tres notas que caen desnudas entre mis dedos, buscando tus caricias.

El teléfono, mudo, completa el marco de mi cuadro, donde el protagonista, cae rendido en un sofá que calla secretos, caricias y besos olvidados.

Un timbre que suena, despierto de mi letargo, me asomo a la ventana y tan solo, el cartero. ¿Traerá misivas de ti?, pero la esperanza se desvanece y quedo huérfano con mi soledad

Lleno de desengaños un folio en blanco, donde caen dormidas mis palabras y, en cada frase, una pequeña isla de mi corazón naúfrago queda suspendida, pendiente de que tus ojos se dignen a posarse en mis letras.

Marioneta con los hilos rotos, gota de rocío mecida por el viento, vacía caja de caudales donde guardaste mi corazón. Te añoro, te anhelo, te mezo en mis sueños quedando mi alma muda de ilusiones.

Tu foto se pierde en el mausoleo de mi escritorio donde, en otro tiempo, compartimos deseos y sueños. Hoy, te veo mirando al vacío de un mar desierto de futuro, vestido de la tristeza que mis lágrimas derraman.

Aquí te dejo, como mi última promesa, un grito desesperado, un anhelo enfermizo de tu amor, aún sabiendo que es efímero, que se fue con el viento.

Y sin embargo... aún te amo.



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