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Tu aroma.



Mientras la lluvia repiquetea contra el cristal de mi ventana, me pregunto si existirá alguna sensación de soledad más inmensa que la de una habitación de hotel vacía.


Amanece,las montañas nevadas reflejan el pálido crepúsculo, y el calor de las sábanas se evapora mientras mi mejilla se apoya sobre el frío cristal. Las aceras están detenidas, esperando algún transeúnte adormecido que se aventure por sus adoquines, los charcos añoran las gotas de lluvia que, en despaciosa cadencia, se adentran en sus brazos. Y tú, te fuiste con la noche, olvidando los besos dados, las caricias robadas, los trémulos murmullos al oído. Desperté sin tí, en un lecho extraño y frío, con el tímido calor de tu recuerdo en mi piel. No hay excusas para las huidas, cuando se dejan corazones caducos de esperanza, sin una palabra. La puerta se cerró tras las suelas de tus tacones y yo, no pude decirte quédate.



Ayer tarde, bajo el gigante de piedra que domina la ciudad, te esperé envuelto en mis temores, el paraguas luchaba contra un viento juguetón que intentaba robármelo, mientras los turistas orientales danzaban a mi alrededor con el flash de sus cámaras cegándome y creando sombras chinescas en las que creía reconocerte. Sobre mí, el acueducto me brindaba su antiquísimo apoyo, diciéndome sin palabras que, como él, yo podría aguantar mil batallas. La tarde se fue muriendo y con ella mis esperanzas, hasta que una voz se aproximó a mis espaldas, y el calor de tu mano se apoyó en mi hombro. Tímida, coqueta, hermosa, te mostraste como un enigma encerrado en la piel de una mujer, y yo, me deje arrastrar...


Paseamos por las callejuelas mojadas, mientras la ciudad nos acogía cálidamente en sus laberintos, haciéndonos vagar sin rumbo, rozando nuestros dedos, acariciados por las palabras. Yo iba dejando atrás mis temores mientras mis defensas se erosionaban a cada pestañeo de tus ojos, y la electricidad se impulsaba por mis venas. Nuestro vagabundeo nos llevó a un pequeño restaurante, donde nos recibieron con el dulce aroma de los fogones, tan sólo tú y yo, en una diminuta mesa al fondo del local, tras una esquina de piedra que nos dejaba ocultos de las miradas ajenas. La música nos envolvía y la llama de la vela bailaba en el iris de tus ojos. Quise coger tus manos entre las mías, y fueron como flores que se abrieran ante el sol, ofreciéndome las líneas donde se esconden nuestros destinos. Recuerdo el vino, oscuro, suave, aterciopelado, bajando por mi garganta, envolviendo mi boca, antes de compartir mi lengua con la tuya. Ya no hicieron falta palabras, tu boca fue mía, y mi deseo me lo robaste.


Salimos engarzados en un cálido abrazo, buscando los portales donde comernos a besos, mientras la luna se reflejaba en cada charco, hasta llegar a la habitación del hotel, donde tu esencia se fundió con la mía. Tengo en mis labios el sabor de cada veta de tu piel, mi lengua te exploró sin prisas, mientras las sábanas se hacían cuna en nuestro delirio. Besé tus párpados cerrados, tu nariz, tu mentón. Recorrí con mi lengua tu cuello, tus hombros, el pliegue de tus senos, donde se juntan para nacer de nuevo, ofreciéndome el sabor de tus pezones, duros, cálidos. No quise detenerme y mis labios insaciables fueron caminando por tu vientre, sobrepasando el ombligo, hundiéndose en la hendidura de mi deseo, mientras tu calidez me envolvía, y tus gemidos eran música para mis oídos. Te miré un instante, tus manos en mi pelo, tus ojos en los míos, tus labios entre tus dientes, tu pecho bailando al son de tu respiración, ansiosa, anhelante. Me deslicé de nuevo sobre tu piel hasta caer rendido en tus labios, y me deslizaste a un lado, para presentar batalla, y fueron tus labios los que me hicieron caminar por el deseo. Sentí la lengua en mi cuello, flotando sobre mi pecho, mientras tus manos me recorrían, acariciando mi miembro erecto, llegaste hasta él ansiosa de pasión y tu boca se inundó de mi sabor, haciéndome volar en cada caricia. Cerré los ojos para sentirte intensamente, como me recorría tu lengua , como tu boca se llenaba de mí, hasta que te deslizaste sobre mi cuerpo y recorrimos juntos el camino de tu sexo, la calidez de tu interior, el ansia de amarnos. Podría relatar cada segundo, cada beso, cada caricia que siguió, hasta que caímos derrotados, en un íntimo abrazo.


Soñé viéndote partir, cerrando con suavidad la puerta detrás tuyo, el último suspiro de una noche que parecía interminable. No tuve valor para correr tras de tí, ¿cómo hacerlo, desnudo por el pasillo? Desperté de la pesadilla y la realidad me golpeó, la soledad se adueñó de la estancia y de mi ser, dejándome caído, marchito, como la caduca hoja que mece el viento en su descenso hacia los infiernos.


Bajo la escalera cabizbajo y taciturno, el pequeño macuto con mis mudas rebota en mi espalda, en recepción confirman tu desaparición y la cuenta pagada. Ando por las calles medio vacías, dejándome llevar por un destino indeterminado, hasta que llego al jardín que linda junto al Alcázar. Me siento en un banco, la brisa, fría como el hielo corta mi cara, las montañas nevadas siguen inmóviles en la distancia. La soledad es tan inmensa, el vacío tan hondo, una lágrima se desliza por mi mejilla cuando un olor inunda mis fosas nasales, tal vez, ¿tu aroma?

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