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Caricias

Cuando la acaricié, un escalofrío recorrió mi espalda. Su tacto me sedujo, como la primera vez cuando no siendo más que un niño, la tuve entre mis brazos y mis dedos se enredaron en las hebras de su crin. Sofoqué una lágrima que desde algún rincón olvidado de mi corazón, pugnaba por abrirse paso hasta mis ojos, para desbordarse como un torrente de lava ardiendo por mis mejillas. Qué necio había sido, pensar que podría tenerla de nuevo sin ningún sacrificio por mi parte. Qué infantil mi ardor, que me inclinaba a perseguirla, aun a sabiendas del resultado final. ¿Qué pensaba yo? ¿Qué todo era tan fácil como acunarla entre mis brazos para poseerla? No, no podía ser tan sencillo. Y no lo fue.

Aquel día, cuando se apagaron las luces y me sentí inválido de ánimos, en el instante mismo que supe que me esperaba, un nudo se aferró a mi estómago, precipitándome al vacío.

Una mano en mi espalda bastó para que volviera a la realidad. Un susurro al oído, una palabra de consuelo. Alcé el mentón, decidido. Entreabrí los ojos y me dirigí con paso vacilante hacia mi destino. Subí despacio los cuatro escalones que me separaban del miedo, de mi inseguridad. Atravesé el velo protector que encierra, al su otro lado, la magia. En silencio, recorrí los escasos metros que me separaban de ella.

Me senté a su lado, mi mano la acarició de nuevo, como en aquella ocasión. Su tacto me reconfortó. La sostuve entre mis brazos, la mecí con mi cuerpo mientras mis dedos la recorrían, ávidos.

El telón se descorrió silencioso y un pequeño fragor inundó el teatro cuando una tenue iluminó al cantautor que, sentado en un taburete, con una sonrisa torcida en su rostro, miraba a su público con las manos temblando imperceptiblemente sobre el diapasón de su guitarra.

Formé con mis dedos el acorde de Do, cogí la púa con mi mano derecha y la deslicé por las cuerdas, como tantas otras veces. Sin embargo, siempre, cuando llega este momento, siento que vuelvo de nuevo a ese pequeño local con manchas de humedad en el techo, olor a sudor y tabaco, entrechocar de vasos de cristal y risas ajenas a mi presencia y yo, subido a un pequeño escenario, con mi música, con mis canciones, luchando porque mi música llegara a algún lugar lejano. Tal vez, ¿hasta ti?



Mi deseo


Lunes de nuevo, avanzo despaciosamente por la larga avenida que me lleva hasta su entrada, el Upper Beldevere se desdibuja acariciado por el sol de invierno, que le arranca suaves destellos en su piedra de mármol blanco.

Hoy hace tres semanas que llegué a Viena, recién Licenciada en Historia del Arte por la Universidad de Salamanca. A pesar de todas las dificultades y contratiempos me gané el respeto de mis tutores y mis compañeros, demostrándoles mi valía y el afán de superación que me mueve a luchar por lo que deseo. Y lo que anhelo lo tengo delante de mí, oculto entre las paredes del inmenso palacio. Desde niña me enamoré de él, de su obra, de sus trazos. Cada lienzo suyo que descubría me dejaba hambrienta de su perfecta policromía, jamás podría saciarme. Y ahora, aquí estoy, sucumbiendo día tras día a mi dulce pasión.

Ensimismada en mis sueños me siento aturdida cuando unas manos se posan en mi carroza metálica para, con un leve envite, ayudarme a elevarme sobre los peldaños que dan acceso, por la empinada rampa, al hall del Palacio del Príncipe Eugene de Saboya.

Con solemne delicadeza mi pequeño ascenso se detiene, giro la mirada para dedicar una tímida sonrisa al solidario guarda que, cada día, antes incluso de que llegue a pisar la moqueta de goma negra que reviste la subida, baja auxiliador en mi ayuda. Tiene unos hermosos ojos azul cielo que medio oculta un rebelde flequillo rubio. Sus delicadas manos blancas son fuertes argollas que me elevan y me hacen sentir segura. Su pequeña nariz juguetona se eleva por encima de una sonrisa que despierta enjambres de mariposas en mi estómago.

Pero hoy, esas manos no corresponden a mi pequeño príncipe, si no a la fornida compañera con la que comparte la custodia del acceso, esa morenaza rumana tosca pero con semblante amable. Me devuelve la sonrisa y yo, de nuevo con el pensamiento en mi objetivo primordial, reanudo la marcha.

Un largo pasillo vestido de maderas nobles me acoge, sobre mi cabeza, enormes arañas de cristal se balancean suavemente al ritmo de mi paso, una vuelta más a las ruedas de mi carroza metálica y habré llegado a mi objetivo.

Doblo a la derecha, cierro los ojos y respiro hondo, aguantando durante unos segundos el aire en mis pulmones, el ritual se repite todos los días, es mi pequeño auto regalo diario.

Al abrir los ojos de nuevo, cautelosamente, nada se ha movido, todo sigue en su lugar, incluso los visitantes parecen los mismos, detenidos en el tiempo. A cada lado de la Galeria Österreichische duerme, una a una, toda su obra. Paso por delante de cada uno de los lienzos, disfrutándolos, saboreándolos como si de un banquete se tratara y yo, fuera el gourmet principal .Me voy acercando hasta él, lo rozo con la intensidad de mi mirada, ante mí, como un regalo, el postre de este banquete deslumbrante se brinda: “El Beso” de Klimt.

Adoro el cuadro, es como un poema, delicado, tierno, sugerente.

Tantas y tantas veces lo he visto en los libros, en las fotografías, en Internet y ahora, aquí está, presente absoluto de mis inquietudes. Al finalizar la carrera opté por una beca en Viena para el estudio de la obra de Klimt, era todo un reto, un sueño que se abría ante mí como la mejor y única oportunidad de poder admirar y estudiar a la vez la quimera de mis pasiones. Y aquí estoy, cada día, de lunes a viernes. Entro a las diez de la mañana puntual hasta las seis de la tarde que cierra el museo, realizo mis pruebas, mis apuntes, mis estudios preliminares y sobre todo, mi absoluta fascinación por el cuadro. Después, salgo colmada, plena de objetivos cumplidos, dejo que mi guapo y dulce guarda me ayude a bajar hasta la acera que me separa de mis deseos ocultos y voy a un pequeño café donde se reúnen varios conservadores para divagar sobre arte, tendencias y locuras diversas.

Más de una vez he pensado ser atrevida, mirar fijamente a mi escurridizo Romeo y pedirle que venga conmigo a tomar ese café, pero sinceramente no me atrevo, es demasiado difícil, el idioma, mi timidez, el miedo. Pero algún día tal vez, sólo tal vez, lo haga.

El tiempo pasa rápido cuando disfrutas de tu trabajo y el tic tac de mi reloj de pulsera me indica que las agujas acaban de sobrepasar mi hora de salida. Recojo disciplinadamente mi pequeño cubículo, dejo a un lado los apuntes, guardo los archivos del PC y apago el monitor. Una última mirada hacia el motivo de mi estancia tan lejos de mi hogar, doy media vuelta, como una velocista experimentada y, sonriendo, me encamino hacia la puerta de salida. El hall está desierto, atravieso las puertas de cristal que se abren a mi paso automáticamente y me detengo ante la rampa de bajada, aún les tengo mucho respeto, sobre todo desde mi última caída, calculé mal la inclinación y además, la superficie no era la conveniente, así que me quedé tumbada y magullada, más en mi amor propio que en mi persona, en el fondo de aquella estúpida bajada.

Dejo pasar unos segundos, respiro profundamente y me doy ánimos. ¡Tú puedes!, me digo a mi misma, apoyo una mano en cada rueda y libero el freno.

Una mano, tibia y suave se apoya en mi hombro mientras una aterciopelada voz en un tosco y esforzado castellano me pregunta “¿Puedo ayudarle señorita?”

Sonrío, mi caballero ha vuelto, ¿me atreveré hoy por fin a invitarle a un café?

Una noche cualquiera

Huele a limón recién cortado. Elisa, con un ágil movimiento de su mano derecha, esconde dentro de su gorro blanco de plástico un mechón rebelde que se ha escapado de su efímero cautiverio; el tiempo que dura su jornada laboral, de siete a doce de la noche, de martes a domingo. El cuchillo de cocina se balancea con precisa eficacia sobre la tabla de corte. Las verduras, cortadas en juliana, se acumulan en un perfecto orden de colores en un plato de porcelana blanca a su derecha. Sonríe, le gusta su trabajo, nunca se ha considerado una mujer que destaque en su oficio, sino simplemente, una más, pero eficiente como ninguna. Frente a ella, Davinia, una albanesa rubia de metro ochenta, lava las hojas de lechuga mientras canturrea una canción lejana, que la transporta a su tierra , a sus verdes prados, al recuerdo de su gente, la sonrisa de la abuela Brelina, con sus boca huérfana de dientes y el tío Arber, inseparablemente unido a su pipa de caña.

La puerta de vaivén se abre con violencia, y el maître entra con su sempiterna sonrisa grabada en su gélido rostro, ya que sus ojos grises, como dos cubos de hielo bañados de acero fundido, nunca sonríen.

- La mesa dos está mal atendida, falta el enfriador de botellas y nadie les ha encendido las velas, - espeta a bocajarro, con la seguridad de que sus palabras son escuchadas por la persona adecuada para solucionar el problema.

Elisa lo mira de reojo, sabe que es un estúpido y un estirado, pero eficaz, de eso no hay duda, y lo ha demostrado con creces. Vuelve sus ojos hacia la tabla de corte, vacía. Coge el plato de porcelana con su contenido y se le lleva al ayudante de cocina, que se encuentra justo detrás de ella. El joven la sonríe, con esa enigmática magia que emana de su rostro. Ella se estremece, como cada vez que sus ojos se encuentran. De nuevo, la estridente voz del maître la despierta de su dulce ensoñación.

- ¿Alfredo? ¿Dónde está ese hombre cuando se le necesita?

- Está en la bodega – contesta la tímida voz de Elisa, sin atreverse a levantar la mirada.

El maître, da dos rápidas zancadas y abre la puerta de madera que conduce a los sótanos. En ese preciso momento , Alfredo, el chef de la cocina, hace su aparición en el último peldaño de la escalera, con una botella de vino blanco Marina Alta, de Bodegas Bocopa.

- ¿Se puede saber dónde te metes cuando tengo una crisis? Le espeta el maître a bocajarro.

- Tranquilo Sebastián, que te va a subir la tensión. Sólo estaba buscando una buen vino para la salsa.

- De eso te quería hablar. Me han protestado de la mesa siete, dicen que la coca de carpaccio de buey con setas de primavera y parmesano está incomible.

- ¡Eso es imposible!, - protesta indignado el chef.

- Pues aquí la tienes, - el maître eleva una mano en la sostiene un hermoso plato con la indigna delicia -. ¡Pruébalo!

- Yo no tengo el por qué hacer tal cosa. – La voz del chef, ofendida, se eleva por encima del ruido de trasiego de cacerolas.

El maître, sorprendido y alarmado, toma del brazo a Elisa que pasaba en ese preciso momento por su lado.

- ¡Tíralo a la basura!, - le dicta sin mirarla siquiera, con los ojos clavados como puñales en el chef -. Y el plato también, añade. ¡YA!

Elisa, toma el plato con sus manos temblorosas y ante las miradas sorprendidas de sus compañeros, sale de la cocina por la puerta de servicio. La parte de atrás del restaurante da a un sucio y maloliente callejón. Elisa recibe el impacto del frío nocturno en plena cara cuando sale del calor de la cocina, cruza indecisa los escasos metros que la separan del contenedor de basura y abre la tapa. Un ruido en el otro extremo, donde las luces de las farolas se niegan a alumbrar la oscuridad alerta a Elisa, que se queda parada, con los ojos fijos en la oscuridad. De nuevo, se repite el ruido, acompañado de una respiración tosca. Elisa, da un respingo, el plato se le cae de la mano por el susto y se da la vuelta sin mirar para alcanzar la seguridad de la cocina, de donde no debería haber salido. Al llegar a la puerta, el pomo gira en su mano, si que la cerradura funcione. Sus ojos se abren como platos, y la respiración se le acelera. Golpea la puerta con su puño, una, dos veces. Al fondo del callejón, dos ojos la observan, en sus pupilas, se refleja el débil brillo de la luna.

Elisa golpea de nuevo la puerta, con los dos puños, histérica. En el interior de la cocina, sus compañeros trabajan al ritmo acostumbrado, ajenos al drama que se desarrolla al otro lado de la puerta.

La garganta de Elisa profiere un grito aterrador cuando la sombra se mueve. De la oscuridad, un zapato sucio, con ronchas de grasa y sustancias sin identificar da un paso hacia delante. Elisa tiembla, mira al otro extremo del callejón, a unos doscientos metros, donde la avenida le ofrece el amparo de la luz, los viandantes, tal vez la policía. Sopesa la posibilidad de salir corriendo, pero las piernas le tiemblan demasiado. El hombre debe estar a menos de veinte metros, y si ella echase a correr, seguro que la alcanzaba antes de que llegase a la salida del callejón. Un nuevo pie se suma al anterior, igual de sucio, con la misma desagradable impresión de dejadez absoluta. Elisa da una patada a la puerta, dos, la golpea con los puños desnudos mientras sus ojos se convierten en dos cascadas de rabia e impotencia.

Una mano se perfila fuera de la oscuridad. Sostiene un instrumento en su puño cerrado. Elisa, se queda muda al observarlo, cae al suelo, sollozante, con la espalda pegada a la puerta metálica. Una mano presiona la palanca de seguridad desde el interior de la cocina, y la puerta se abre hacia dentro, empujada por el peso del cuerpo de Elisa. La bolsa de basura negra con los desperdicios del día, cae desparramada encima de ella.

- ¡No salgáis! ¡No salgáis! – grita histérica. Allí fuera, hay alguien, un asesino.

Media docena de manos ayudan a Elisa ponerse en pie mientras le quitan los desperdicios de encima.

- Tranquila, no pasa nada, tranquila… - escucha a su alrededor.

La puerta del callejón se cierra, con un ruido sordo.

En la oscuridad, la boca de un anciano mastica silenciosamente el carpaccio de buey con setas de primavera y helado de parmesano. Desde una ventana iluminada, el potente altavoz del televisor de pantalla plana informa a una pareja de novios que disfrutan de una cena romántica a la luz de las velas, que según un informe de la FAO, seis millones de niños mueren al año a causa del hambre en los países pobres.

La puerta del callejón se vuelve a abrir. Una silueta se recorta en el alféizar, cortando el haz de luz de su interior. Atraviesa la distancia que le separa del contenedor, y deja caer en su interior una bolsa negra de basura industrial, cargada de las sobras del día.

Ojos verdes




“Cae la tarde, muere el día,

y una guitarra llora, en las calles de Triana.


Ojos verdes, piel morena,

velo tus sueños, mi niña mora.”


Así suena la canción que entre arpegios, ayes y quejíos, canta la historia de Violeta. Cuentan, que en el camino de El Rocío, iba a grupas de su yegua blanca, sonriéndole al sol, que tenía envidia del brillo de sus ojos. A su derecha, montado en un alazán negro, el patriarca de la familia lucía a su hija, orgulloso y radiante. Tras ellos, sentadas en la pequeña calesa, la madre y dos hermanas menores de edad, ataviadas de luces y oro, escoltadas por el resto de hermanos y primos, que cabalgaban erguidos, mentón alto, espaldas enhiestas, sonrisas presas bajo la sombra del sombrero de fieltro.

Tuvo la suerte que un mozo, de nombre Ernesto, de apellido Heredia, pasease la mirada entre los componentes de la cabalgata que entraba en la aldea por la calle principal, en dirección a la plaza de la Ermita, y que Violeta se viera reflejados en ellos, pardas retinas que echaban brasas, y quemaban como puñales.

No hicieron falta palabras, ni dichos ni diretes. Se buscaron entre el gentío, atrapándose las manos en la huída, y corrieron tras las cañas, ocultos a las miradas, cubiertos de piel, de sol, de besos y rimas.

Mas tuvo la fortuna que enviar a un potro desbocado, hacia el lugar donde retozaban los amantes, y fue el hermano, José de Henares, quien encontró el cuadro, y dio las voces. Se llenó el lugar de machos con la sangre caliente, verbo fácil, odio en las sienes. Y se manchó la tierra de orgullo herido, fue el honor con sangre limpiado, y mientras el hierro volvía a su cárcel, morían dos almas. Una, en tierra yacía, la otra, apagada, con las monjas de clausura su suerte correría.


“Cae la tarde, muere el día,

Y una guitarra llora, en las calles de Triana.


Ojos verdes, piel morena,

Velo tus sueños, mi niña mora…”

Los muertos no lloran



Los muertos no lloran.

Al menos es lo que nos han hecho creer, para nuestra tranquilidad.

Los muertos no lloran, y sin embargo, una insolente lágrima se desliza por mi mejilla, camino del vacío.

Hoy, hace un año que morí. El mar me engulló entre sus brazos, jugaron las olas con mi cuerpo y fui mecido a su antojo, hasta que mi respiración se detuvo, mis ojos abiertos buscaron el infinito azul de un límpido cielo y la brisa acunó mi tristeza.

De mí tan sólo quedaron los restos de una mochila en el borde del acantilado, un sobre cerrado, que contenía los jirones de mi alma herida, y una despedida. Días más tarde, encontrarían restos de mis ropas y mi documentación en el bolsillo interior de una chaqueta que la resaca habría liberado a los pies de la playa, envuelta en las redes de un pescador en la playa de Gudamía, junto a los Acantilados del Infierno. Quien sepa de este lugar, puede reconocer la belleza que encierra la salvaje brutalidad de un mar rencoroso, el dominio de la naturaleza sobre la efímera carcasa de un simple humano, el principio y el fin encerrados en un mismo paisaje. Recuerdo ese último día, cómo bajé los interminables escalones de piedra tras dejar la mochila en algún lugar visible, el sabor salado del mar que impregnaba mi paladar, y la fuerza de la naturaleza al sentirme arrastrado por el quejumbroso viento. Las lágrimas de rocío caían sobre mi rostro, y el sonido de las olas, rompían una y otra vez en los guijarros de la orilla. Me descalcé, para notar el frío lametón del agua en mis pies, cerré los ojos y pude escuchar el graznar de alguna gaviota lejana que me invitaba a proseguir mi viaje. Dí un paso, la cristalina superficie dejaba traslucir un pétreo fondo de redondeadas formas, donde pequeñas algas verdes bailaban un interminable tango, diminutos cangrejos anaranjados correteaban entre el laberinto de huecos, y la espuma, se arremolinaba a mis pies, protectora. Avancé de nuevo, y esta vez con los ojos abiertos fijé mi mirada en el horizonte, dispuesto a tocarlo con mis manos. Sentí cómo las olas chocaban con mi cuerpo, una y otra vez, salpicando mis brazos, mi torso, mojando mi cara. Me dejé caer en el hambriento mar con los brazos abiertos, las palmas de las manos ofrecidas a un cielo azul, los ojos abiertos, para ver cómo mi cuerpo se hundía, tragado por las fauces de un océano que dictaba su sacrificio, en cada ola que lamía la arena. Poco más recuerdo. Quise respirar y mis pulmones se llenaron de agua, chapoteé, intenté salir del abrazo mortal en el que me había sumergido, pero ya era tarde, Neptuno ganó la partida.

Desperté en algún lugar de mi inconsciente, barrido por la marea. Mi desmadejado cuerpo incrustado entre los escollos de la “Isla da las Lastras” se retorcía dolorido, mientras a cada envite del mar las agudas estrías de las rocas fragmentaban mi piel. En algún momento, noté cómo unos brazos me elevaban del cautiverio de las olas, para caer de nuevo en la inconsciencia.

Cuando los volví abrir, me encontré con sus ojos azules. Se llamaba Luther, que en alemán podría significar “guerrero”, era oriundo de Hamburgo, tendría alrededor de los setenta años, y la poblada barba blanquecina le cubría el aguileño rostro, donde una prominente nariz plagada de pecas marrones dominaba toda su tez. La frente, surcada de un mar de arrugas, delataba su dura vida, y su sonrisa, huérfana de dientes, le mostraba como el afable aventurero que era. Pasaron los días, la fiebre fue disminuyendo gracias a los cuidados de mi salvador y pude abrir los ojos, para darme cuenta de dónde me encontraba. La estancia era diminuta, toda acristalada, con móviles de caña colgados del techo, esteras de junco creaban cortinas que protegían el interior del débil sol, una pequeña mesa repleta de folios emborronados ocupaba casi toda la estancia, y junto a ella hacía equilibrios una estantería abarrotada de libros y discos. No pude leer los títulos ya que estaban en alemán, pero sí reconocí los autores: Shakespeare, Poe, Nietzsche, Gorki, Homero, Carroll o Goethe, entre otros muchos, se daban la mano en un crisol de lomos de distintos tamaños y colores. Sumido como estaba en mis divagaciones no escuché cómo se abría una puerta detrás de mí. Con su eterna sonrisa en los labios Luther me dio los buenos días a la par que me traía un caldo de gallina caliente, para seguir luchando contra la fiebre. Le agradecí su atención, y se sentó a mi lado. Sus ojos, de un increíble azul cielo, resaltaban en su cara, amable. Tomé el cuenco con mis débiles manos, y sorbí poco a poco el reconfortante líquido. Él, fiel a su costumbre, se acercó a la estantería y eligió un vinilo, lo sacó de su funda polvorienta y lo depositó con delicadeza sobre el plato de un viejo Audinac de los años setenta, que como supe más tarde, era un regalo de un amigo argentino, amante igual que él de la música. De los altavoces del equipo emergieron las primeras notas de los Allman Brothers, con su eterna In Memory of Elizabeth Reed. La sugerente música inundó el pequeño espacio, y Luther siguió cada acorde con la punta de sus dedos. Yo sonreía. En aquel instante, me sentía feliz.

Tuvieron que transcurrir diez largos días hasta que me sentí con fuerzas suficientes para salir de aquella vieja caravana. Cuando lo hice por fin pude ver el mar que, en mis sueños, escuchaba batirse contra las rocas. A mis pies la costa cántabra cobraba forma con sus escarpados cortados. El monte, con su perenne manto verde cubría todo lo que mis ojos abarcaban. Me sentí inundado de belleza y paz. Solo, como si no existiera nadie más en nuestro universo. Mi corazón latió con fuerza, como cuando fui un niño., antes de que me arrebataran mis sueños. Una solitaria gaviota volaba acariciada por el viento. Sonreí.

A partir de aquel día, la relación con mi salvador cobró otro significado. Él nunca me preguntó de dónde venía ni qué me había pasado. Tal vez para él fuera natural el que hubiera intentado suicidarme. Para mí, el simple hecho de seguir vivo, y a la vez, de saberme muerto para el mundo, era suficiente. Creé un nuevo ser a partir de las cenizas de mi anterior existencia. Dejé de lado todas mis antiguas costumbres, ideas, y recuerdos. Me desembaracé sin ningún reparo de todo lo que me unía a mi pasado, y volví a la vida. Con otro nombre, en otro lugar, con toda la vida por delante y sin nadie que me dictase el cómo vivirla. De repente me vi libre para poder hacer lo que siempre había soñado. Luther me proporcionó lo poco que necesitaba, una libreta en blanco, un bolígrafo y una guitarra. La misma que él tocaba cuando el crepúsculo cubría el cielo y se sentaba en las rocas, con un cigarro prendido de sus labios y un halo de tristeza en sus ojos. Escuchándole aprendí el amargo significado del blues, y de las notas que arrancaba a su guitarra, una Contessa acústica americana, de finales de los setenta, con el golpeador rayado de los lamentos que la púa traducía de cada acorde. Yo, insensato de mí, pensaba que sabía tocar cuando lo conocí, no podía estar más equivocado. Así fue como me contó su historia, el por qué vivía en la más absoluta soledad, sin más compañía que su música, sus recuerdos, y sus esculturas.

Pero hasta ese momento, todavía faltaba mucho. Primero aprendí su forma de vida. A un lado de la destartalada Volkswagen T2, tenía instalado un pequeño cobertizo de chapa. En verano tan sólo lo usaba como almacén, pues el calor en su interior era asfixiante, y en invierno le daba la utilidad de taller. Distribuidas en varias estanterías, estaban dispuestas las diversas materias primas que necesitaba. Alambres, latas de refrescos, chapas de botellas de vidrio, etc. Con todo ese material, Luther creaba esculturas de no más de medio metro de altura, soldadas o atornilladas y que, una vez terminadas, daban la completa impresión de tener vida propia. E incluso movimiento. Tal era su arte, que en cada una de las esculturas veía nuevo desafío para los sentidos, de manera que debía superarse al anterior producto de su inagotable imaginación. Podría parecer absurdo este tipo de arte, podría incluso verse obsceno, pero cuando aprendías a valorarlo, era más que hermoso. De sus manos nacían, porque así lo sentía yo, que les daba vida, perros corriendo en pos de una invisible pelota. Hombres luchando con un paraguas que un endiablado viento quisiera arrebatárselo de las manos. Leones rugiendo en medio de una imaginaria y fantasmal estepa… Su creatividad no conocía límites.

La época de las lluvias quedó atrás, y los turistas llegaron en manadas a los pequeños pueblos que salpican la costa cántabra. Luther, con su sempiterna sonrisa, me anunció que nos movíamos. Yo, completamente sorprendido, vi cómo la vieja Volkswagen que había sido mi hogar durante las últimas semanas se ponía en marcha entre toses y crujidos. Cargamos nuestros pertrechos y la producción de esculturas de todo el invierno y nos dedicamos a recorrer uno por uno los pueblos de veraneantes. El primer choque fue brutal, volver a ver seres humanos desde que decidí renegar del mundo. Nuestra primera parada sería Pechón, un pequeño pueblo de pescadores a unos pocos kilómetros de donde estábamos acampados. Para mi asombro, Luther fue recibido entre afectuosos saludos y sonrisas por parte de los foráneos del lugar, y con miradas suspicaces por parte de los turistas. Yo, en un amable segundo plano, lo observaba todo con mirada crítica, entre asustado y encantado de haber vuelto a la vida. Montamos nuestro pequeño tenderete y una multitud de curiosos se arracimó a nuestro alrededor. De repente me vi invadido de personas de toda edad y condición, ruidosas, gritonas, escandalosas. En un momento dado me escondí dentro de la Volkswagen, me tapé los oídos con las manos y odié el momento en que Luther había decidido que bajáramos al pueblo. Los ojos de una niña me devolvieron a la realidad. Estaba mirando el interior de la furgoneta, con la curiosidad pintada en su rostro. En una mano sostenía un enorme cucurucho de chocolate, y en su boca se dibujaba una hermosa sonrisa. No podía seguir escondiéndome, pensé. Le devolví el gesto, saqué un vinilo de la “Creedence Clearwater Revival” de la estantería y lo puse en el reproductor. Tras el característico crujido de la aguja deslizándose por el surco, los primeros acordes de “I Put a Spell on You" me envolvieron. Al mirar a través del cristal Luther me sonreía, silencioso conocedor de mis miedos.

Nuestra pequeña caravana de Arte y Rock fue deambulando por las sinuosas carreteras de aquella salvaje costa. Así atravesamos emblemáticos escenarios, como la medieval Santillana del Mar, o la carismática Comillas. Plantamos nuestro tenderete junto la ría de San Vicente de la Barquera, viendo cómo el mar desaparecía para dejar varadas las embarcaciones en el fango, y el aroma de sardinas a la plancha emergía de las cocinas de los innumerables restaurantes. Proseguimos nuestra andadura, y llegamos a Llanes en Asturias, nos internamos en los caminos de la montaña, hasta llegar a Arenas de Cabrales, donde comienzan las más destacadas rutas de los Picos de Europa. Doblamos después a la derecha, hacia Cangas de Onís, bajamos hacia la costa, nos detuvimos en la bella Ribadesella, después vino Lastres, y un sin fin de pequeños pueblos hasta llegar a Cudillero. En ese último pueblo de pescadores, en la hermosa plaza que se abre como centro de la vida vendimos nuestra última escultura. Creí adivinar un halo de tristeza en su rostro cuando depositó la pieza de arte en manos de la compradora, una inglesa entrada en años con los mofletes sonrojados y el pelo blanco.

Aquella noche cenamos en una de las terrazas que salpican la plaza. Un lujo que no nos habíamos permitido durante todo nuestro periplo. Esa noche, pensé, sería la última que pasaríamos de viaje, y al día siguiente volveríamos a nuestro comodo refugio. Qué equivocado estaba. Aquella misma noche, cuando acabamos de cenar y los noctámbulos paseantes salían a admirar las estrellas fugaces, Luther sacó su vieja guitarra acústica y una preciosa Oscar Smith completamente nueva que no supe jamás cómo la había comprado, y me la regaló. Yo, con las lágrimas a punto de desbordarse en mi rostro no supe qué decir. Luther me dio una sonora palmada en el hombro, se sentó en un banco con la funda de la guitarra abierta delante de él y me instó a sentarme a su lado. Los largos dedos del anciano alemán recorrieron el mástil, como si acariciaran el suave cuerpo de una mujer, y de su garganta surgió una melodiosa voz que todavía no había tenido la suerte de escuchar. En ese momento comprendí que la vuelta a ese acantilado que había adoptado como mi hogar, iba a ser más larga de lo que suponía. Cerré los ojos, acaricié las cuerdas de acero y me uní a la melodía que me regalaba Luther.

To be continued…

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