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Una noche cualquiera

Huele a limón recién cortado. Elisa, con un ágil movimiento de su mano derecha, esconde dentro de su gorro blanco de plástico un mechón rebelde que se ha escapado de su efímero cautiverio; el tiempo que dura su jornada laboral, de siete a doce de la noche, de martes a domingo. El cuchillo de cocina se balancea con precisa eficacia sobre la tabla de corte. Las verduras, cortadas en juliana, se acumulan en un perfecto orden de colores en un plato de porcelana blanca a su derecha. Sonríe, le gusta su trabajo, nunca se ha considerado una mujer que destaque en su oficio, sino simplemente, una más, pero eficiente como ninguna. Frente a ella, Davinia, una albanesa rubia de metro ochenta, lava las hojas de lechuga mientras canturrea una canción lejana, que la transporta a su tierra , a sus verdes prados, al recuerdo de su gente, la sonrisa de la abuela Brelina, con sus boca huérfana de dientes y el tío Arber, inseparablemente unido a su pipa de caña.

La puerta de vaivén se abre con violencia, y el maître entra con su sempiterna sonrisa grabada en su gélido rostro, ya que sus ojos grises, como dos cubos de hielo bañados de acero fundido, nunca sonríen.

- La mesa dos está mal atendida, falta el enfriador de botellas y nadie les ha encendido las velas, - espeta a bocajarro, con la seguridad de que sus palabras son escuchadas por la persona adecuada para solucionar el problema.

Elisa lo mira de reojo, sabe que es un estúpido y un estirado, pero eficaz, de eso no hay duda, y lo ha demostrado con creces. Vuelve sus ojos hacia la tabla de corte, vacía. Coge el plato de porcelana con su contenido y se le lleva al ayudante de cocina, que se encuentra justo detrás de ella. El joven la sonríe, con esa enigmática magia que emana de su rostro. Ella se estremece, como cada vez que sus ojos se encuentran. De nuevo, la estridente voz del maître la despierta de su dulce ensoñación.

- ¿Alfredo? ¿Dónde está ese hombre cuando se le necesita?

- Está en la bodega – contesta la tímida voz de Elisa, sin atreverse a levantar la mirada.

El maître, da dos rápidas zancadas y abre la puerta de madera que conduce a los sótanos. En ese preciso momento , Alfredo, el chef de la cocina, hace su aparición en el último peldaño de la escalera, con una botella de vino blanco Marina Alta, de Bodegas Bocopa.

- ¿Se puede saber dónde te metes cuando tengo una crisis? Le espeta el maître a bocajarro.

- Tranquilo Sebastián, que te va a subir la tensión. Sólo estaba buscando una buen vino para la salsa.

- De eso te quería hablar. Me han protestado de la mesa siete, dicen que la coca de carpaccio de buey con setas de primavera y parmesano está incomible.

- ¡Eso es imposible!, - protesta indignado el chef.

- Pues aquí la tienes, - el maître eleva una mano en la sostiene un hermoso plato con la indigna delicia -. ¡Pruébalo!

- Yo no tengo el por qué hacer tal cosa. – La voz del chef, ofendida, se eleva por encima del ruido de trasiego de cacerolas.

El maître, sorprendido y alarmado, toma del brazo a Elisa que pasaba en ese preciso momento por su lado.

- ¡Tíralo a la basura!, - le dicta sin mirarla siquiera, con los ojos clavados como puñales en el chef -. Y el plato también, añade. ¡YA!

Elisa, toma el plato con sus manos temblorosas y ante las miradas sorprendidas de sus compañeros, sale de la cocina por la puerta de servicio. La parte de atrás del restaurante da a un sucio y maloliente callejón. Elisa recibe el impacto del frío nocturno en plena cara cuando sale del calor de la cocina, cruza indecisa los escasos metros que la separan del contenedor de basura y abre la tapa. Un ruido en el otro extremo, donde las luces de las farolas se niegan a alumbrar la oscuridad alerta a Elisa, que se queda parada, con los ojos fijos en la oscuridad. De nuevo, se repite el ruido, acompañado de una respiración tosca. Elisa, da un respingo, el plato se le cae de la mano por el susto y se da la vuelta sin mirar para alcanzar la seguridad de la cocina, de donde no debería haber salido. Al llegar a la puerta, el pomo gira en su mano, si que la cerradura funcione. Sus ojos se abren como platos, y la respiración se le acelera. Golpea la puerta con su puño, una, dos veces. Al fondo del callejón, dos ojos la observan, en sus pupilas, se refleja el débil brillo de la luna.

Elisa golpea de nuevo la puerta, con los dos puños, histérica. En el interior de la cocina, sus compañeros trabajan al ritmo acostumbrado, ajenos al drama que se desarrolla al otro lado de la puerta.

La garganta de Elisa profiere un grito aterrador cuando la sombra se mueve. De la oscuridad, un zapato sucio, con ronchas de grasa y sustancias sin identificar da un paso hacia delante. Elisa tiembla, mira al otro extremo del callejón, a unos doscientos metros, donde la avenida le ofrece el amparo de la luz, los viandantes, tal vez la policía. Sopesa la posibilidad de salir corriendo, pero las piernas le tiemblan demasiado. El hombre debe estar a menos de veinte metros, y si ella echase a correr, seguro que la alcanzaba antes de que llegase a la salida del callejón. Un nuevo pie se suma al anterior, igual de sucio, con la misma desagradable impresión de dejadez absoluta. Elisa da una patada a la puerta, dos, la golpea con los puños desnudos mientras sus ojos se convierten en dos cascadas de rabia e impotencia.

Una mano se perfila fuera de la oscuridad. Sostiene un instrumento en su puño cerrado. Elisa, se queda muda al observarlo, cae al suelo, sollozante, con la espalda pegada a la puerta metálica. Una mano presiona la palanca de seguridad desde el interior de la cocina, y la puerta se abre hacia dentro, empujada por el peso del cuerpo de Elisa. La bolsa de basura negra con los desperdicios del día, cae desparramada encima de ella.

- ¡No salgáis! ¡No salgáis! – grita histérica. Allí fuera, hay alguien, un asesino.

Media docena de manos ayudan a Elisa ponerse en pie mientras le quitan los desperdicios de encima.

- Tranquila, no pasa nada, tranquila… - escucha a su alrededor.

La puerta del callejón se cierra, con un ruido sordo.

En la oscuridad, la boca de un anciano mastica silenciosamente el carpaccio de buey con setas de primavera y helado de parmesano. Desde una ventana iluminada, el potente altavoz del televisor de pantalla plana informa a una pareja de novios que disfrutan de una cena romántica a la luz de las velas, que según un informe de la FAO, seis millones de niños mueren al año a causa del hambre en los países pobres.

La puerta del callejón se vuelve a abrir. Una silueta se recorta en el alféizar, cortando el haz de luz de su interior. Atraviesa la distancia que le separa del contenedor, y deja caer en su interior una bolsa negra de basura industrial, cargada de las sobras del día.

5 Comments:

  1. Neogeminis said...
    Y ese pobre ser se puede considerar privilegiado...tiene restos de manjares a su disposición, no como la mayor parte de la población del planeta que no muere de hambre o sobrevive malcomido.


    Un texto sobrecogedor y muy bien escrito.

    Saludos.
    tag said...
    Has retratado muy bien las diferencias de clases que hay en esta sociedad, donde unos se permiten rechazar un plato suculentamente preparado por manos expertas y materias primas de alta calidad, que naturalmente se reflejan en su precio, y los pobres mendigos que tienen que ir escarbando en los basureros, para alimentarse con los restos que otros desprecian.

    Como siempre, redactado impecablemente por ti.

    P.D. Conozco el vino de Bocopa, Marina Alta. Muy frio está...mmmmm
    mar said...
    Así es la vida, lo que unos no saben valorar, otros lo necesitan desesperadamente.
    Como siempre un magnífico relato y unas descripciones que nos situan como espectadores privilegiados de los hechos
    Un saludo de Mar
    Natàlia Senmartí Tarragó said...
    Siempre encuentro relatos magníficos en tú blog, y éste es otra muestra.
    Hay dos mundos, en la cocina uno, lleno de personas trabajando duro, otro fuera, en el callejón, más duro todavía. Los del comedor ni enterarse, es lo que hay, pero tú nos has mostrado esa otra realidad oculta y humana, gracias. Te sigo, natalí
    Mimí said...
    Yo alucino lo bien que cuentas las cosas, pero este me ha gustado especialmente por la denuncia implícita y luego evidente.

    Un abrazo desde los mares de encinas extremeños.

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