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el sueño roto

Y era de noche, y las estrellas parecían vagar en un cielo vestido de terciopelo.

Tres notas en mi guitarra, tres cuerdas desafinadas, las llamas juegan a buscarse en una orgía de colores que rivalizan a alcanzar la luna…

He descubierto despacio que la soledad es la aliada de mi mal genio, solo no puedo echarle la culpa a nadie de mis fracasos, no puedo dejar de invitarme ni de fregar los platos…y mientras tanto sigo mirando las llamas, bailan y deambulan de un fragmento a otro de mi existencia…como si yo fuera el culpable de que no tengan a otro sitio donde ir…

Lugares…

Y tú, no gruñas, te empeñas en ser el portavoz de mi cuerpo y nadie te ha dado velo en este entierro, o más bien destierro, que no es mal lugar para dejar pasar el tiempo…

¿Quién me mandaría leer Las Voces del Desierto…?, bonito, sí era.. pero vamos…que me podría haber quedado en casita tranquilito y no coger la mochila y empeñarme en perseguir una utopía.

Y ahora qué…

Llevo una semana caminando por una tierra inhóspita, llenándome hasta la rabadilla de polvo, sudando como si estuviera todo el día metido en un hamman…y encima me he dejado la toalla en casa, y por si fuera poco el mosquito…

¿Alguien podría explicarme como en medio de este infernal lupanar día tras día o más bien, noche tras noche, el maldito bicho me persigue y me atormenta?

Parezco un higo chumbo lleno de verrugas, las bambollas son lacasitos adheridos a mi piel, me rasco, me rasco y me rasco y de lo que era un puntito sangrante ahora tengo el Teide saliendo de mi brazo…

No tiene sentido, lo sé, millones de metros cuadrados de polvo y arena y un miserable bicho chupa sangre persiguiéndome cual Terminador detrás de Jhon Connor …

Y yo ni tan siquiera llevo repelente, al menos no soy alérgico por lo que además tengo que dar gracias…

Pero, y he ahí the cuestion….¿donde se esconde por el día el ángel de la oscuridad?

He llegado a desnudarme enterito, no hay nadie que me pueda ver precisamente en este bonito escenario, abandonar la ropa junto a una roca y alejarme cien metros durante un par de horas en plena noche, pero da igual, ahí sigue el Barón Rojo tras su presa… hincando el diente en mi pobre y embrutecido esqueleto… y apuntando otra muesca en su culata…

Cuando consigo dormirme acurrucado entre guijarros y bañado de oscuridad mi mente se desplaza en busca de algún vengador justiciero con el que acabar con mi pesadilla.

Una noche soy Clint Eastwood en Por un puñado de dólares, enfrentándome al Maligno con mi enorme Colt 45 y una chapa de hierro debajo del poncho…, otra noche me convierto en un moderno Harry Potter que enarbola su varita mágica para derrocar a las fuerzas de la oscuridad…

Pero al final me despierto igual, tiritando de frío, magullado, herido en mi amor propio, aunque de eso poco me queda y con un esquizofrénico y repelente vampiro observándome con su barriga llena desde su seguro refugio en espera del próximo festín…

El Sol nace en el horizonte, mi ropa está tan tiesa que al ponérmela se desgarra y va siendo jirones del que fui…, un nuevo día, un destino que no alcanzo…hoy tal vez sea diferente…

Tal vez…



© J Marzo

Deseo


Suena el despertador

Como cada día a la misma hora de lunes a viernes nos avisa que el día empieza de nuevo... pero no me apetece levantarme... estoy tan bien aquí tumbada en la cama, calentita... mi amor se despereza a mi lado... se levanta despacio y descorre ligeramente las cortinas dejando entrar una tenue luz del sol que amanece junto con nuestros sueños cada mañana...

Otro día más de nuevos y consabidos quehaceres, alguna que otra sorpresa y el cúmulo de retos que constituye llevar adelante una vida en pareja...

Escucho el murmullo del agua correr bajo la ducha y me imagino su cuerpo desnudo empapado y resbalando gotas de agua sobre su piel... un estremecimiento me recorre... pero ahora no es el momento... o llegaremos tarde a trabajar... mmmm, me encanta hacerme la remolona bajo las sábanas y a mi cielo no le importa ... ya se ha acostumbrado.

Ahora que lo pienso, creo que dentro de nada es nuestro aniversario, ¿cuánto tiempo ya?...¿ocho años viviendo en pareja ...?cómo pasa el tiempo.

Al principio no fue sencillo, la convivencia siempre es difícil, que si me dejaba la ropa interior por el suelo, que si no cerraba el tubo del dentífrico, la tapa del water, los pelos en la ducha... pero bueno, todo se va solucionando y las asperezas se van limando hasta convertirlo en el cotidiano día a día.

También hemos tenido problemas más serios, las relaciones tienen que avanzar con el tiempo y en la nuestra llegó un momento que necesitábamos formar una familia, tener un hijo... y parece que es algo sencillo ¿verdad?, pues resultó que no... prácticamente imposible. ¿qué hacer entonces?, ¿lo adoptamos?... en qué dilemas te pone la vida...no es que no quisiéramos adoptarlo pero por el momento lo hemos dejado en punto muerto, es un tema que tendremos que volver a planteárnoslo muy seriamente... yo si quiero...

Escucho el secador en el baño, me imagino su melena rubia llevada por el viento, como aquella vez en la playa de Matalascasñas, el sol refulgía con fuerza arrancando destellos plateados de las olas que se estrellaban contra las rocas, yo estaba tumbada en la arena, entre mis manos languidecía el último éxito de Matilde Asensi en versión bolsillo y mis párpados luchaban contra el sopor que la playa y la tranquilidad ejercen sobre mí, alcé la vista hacia el agua y emergiendo de la espuma estaba su figura, esbelta y dorada por el sol, con el pelo mojado acurrucado por la brisa que jugaba con sus caprichosos mechones... creí que me deshacía en ese momento...

En ocasiones no me hace falta más que cerrar los ojos unos instantes y rememorar un fugaz momento de nuestra vida para darme cuenta de lo que siento, por eso, esta noche he decidido hacer algo especial.

Todas las noches suele llegar sobre las ocho y media de su jornada laboral, yo siempre llego antes, afortunadamente para mí tengo un horario más relajado que el suyo, así que preparé una cena especial, no sé, algo exótico y sensual, aderezado por una buena botella de vino fresquito, colocaré unas velas por el comedor y apagaré las luces, encenderé una ramita de incienso y pondré música suave, creo que será una bonita sorpresa pero eso no es todo, lo más importante lo he dejado para el final ya que algo me dice que ahora es el momento, y como no se decide ha dar el paso lo haré yo, digan lo que digan y piensen lo que piensen el resto del mundo, lo importante es nuestra vida, esta noche le pediré que se case conmigo...estoy temblando de solo pensarlo...

Se abre la puerta del baño y su figura se recorta sobre la luz de la mañana, me está sonriendo, yo le sonrío... me dice te quiero Alicia... tiemblo y fijo mis ojos en los suyos y mis labios susurran, yo también te quiero Laura.

© J Marzo

El condenado, por José Amado Carbonell


La multitud acudió a la hora prevista. La ejecución era inminente. Los verdugos estaban preparados y recibían el fervor del bullicioso gentío que se agolpaba en torno al centro neurálgico del acto, ansioso por que comenzara.

A golpes y empujones, el condenado es sacado al recinto, donde goza de una mínima y entrecomillada libertad. Asustado, nervioso y huidizo, corretea intentando encontrar una salida, una escapatoria de su destino. Es fuerte y musculoso, de gran carácter y orgullo, pero tiene miedo. Sus verdugos le han cerrado todos los pasos posibles. No queda opción.

El verdugo comienza su labor. El condenado no podía esperar morir sin más, pues la gente, con sus ensordecedores gritos, no ha venido a ver una simple muerte. Al condenado le van a exigir que luche, por que a los que son como él, es lo que se les exige. Pero tiene miedo.

Y es quizá ese miedo lo que le hace reaccionar, el instinto a sobrevivir lo que hace que en un último intento por escapar, plante cara a su verdugo, que ya ha comenzado la tortura. Le duele, pero resiste. Sufre, pero se defiende. ¿Por qué tiene que estar pasando por este calvario? ¿Qué ha hecho para merecer este castigo? Su único delito ha sido vivir, nacer. Es su destino. ¿Por qué no puede simplemente matarle? Algo rápido, ya está. Pero no. En su sentencia a muerte iba incluida una cláusula de mofa, tortura y humillación pública.

Lucha. En el fondo sabe que su lucha es inútil, pero mantiene la esperanza de que así, todo termine antes. Lucha como antes lo hizo su padre. Y el padre de su padre. Y otras muchas generaciones. Aún tiene tiempo para recordar, vagamente, esas historias de su niñez, cuando oía como a sus antepasados, también les tocó pasar por donde él mismo pasaba en esos instantes.

Está agotado, rendido, exhausto. Su pesadilla parece no tener fin. El verdugo le desafía frente a él. El condenado tiene los ojos medio apagados, siente que la vida le abandona. Llora. Le flaquean las fuerzas. Sabe que el fin está cerca, no puede evitar sentirse de algún modo aliviado. Pero tiene miedo.

Su verdugo se prepara para darle el golpe definitivo. Un último momento de fuerza, lo suficiente para un malogrado intento por sobrevivir. Un último recuerdo, cuando acuden a su mente de historias de antepasados que lograron, en ese último momento, cambiar por un instante el guión, y matar al verdugo, su instante de gloria. Pero un instante tan sólo. Otro verdugo acabaría su labor. Es en ese último momento cuando sueña con pasar a la historia, como lo hicieron aquellos antepasados que por un instante, cambiaron el guión. Aunque sólo sea un instante. Aunque otro termine el trabajo.

Cae al suelo, pero aún no ha muerto. Un mínimo hilo de aire le mantiene todavía en el mundo de los vivos. Sus ojos, apagados, siguen abiertos, pero vacíos. Es la hora. Su verdugo le atesta, ahora sí, el golpe mortal. Afortunadamente, no ha llegado a escuchar como la multitud mostraba su satisfacción. Todo terminó al fin. Tras la cara de sufrimiento, se adivina una sonrisa. El condenado se encuentra con su padre, que lo recibe orgulloso.

El condenado era negro. Zaino. Pesaba quinientos veinte kilos. Y tan sólo era el primero de una lista de seis condenados que esa tarde se ejecutarían.

Suenan las trompetas। Sale el segundo condenado, Esta nervioso, asustado….



© José Amado Carbonell

Edimburgo

El día es frío y gris, como una antigua moneda guardada en el fondo del bolsillo, la niebla nos envuelve con su manto húmedo, enmarcando en penumbras el escenario que nos rodea

.



En el silencio de la madrugada el férreo chirrido de los frenos del autobús de dos plantas me devuelve a la realidad, es mi parada, me deslizo entre los somnolientos pasajeros del piso superior, bajo las empinadas escalerillas y al atravesar las puertas entreabiertas de mi carroza metálica el frío me acoge burlón y lastimero, la temperatura media de estos lares no está hecha para una valencianito de a pie, acostumbrado a 15/20 grados el bofetón de 0 grados impacta en mi cara como un frío fantasmal.



Princess Street está desierto, el autobús reanuda la marcha y me deja huérfano y naufrago en la soledad de la mañana, mientras la niebla se va disipando a mi alrededor, elevo la mirada y un gigante de hierro me cierra el paso, en la entrada de escalones que se adentra a los jardines de Princess Street hace guardia un imponente Guardia escocés a caballo, con su esqueleto de hierro negro.




Flanqueo la protegida entrada y me adentro entre la bruma por las sendas del jardín, mientras la niebla se va despejando dejando que las fantasmales siluetas de los árboles se conviertan en simples ramas con sus desnudos esqueletos, a mis pies el barro juguetea con mis zapatos. Atravieso un puente de madera y la senda se bifurca en dos direcciones, a mi derecha la silueta de un enorme castillo empieza a abrirse paso entre la bruma. A mi izquierda las luces me indican el camino hacia la civilización en medio de este inhóspito paraje.



Doblo mis pasos hacia la seguridad de la luz, un banco de madera con una inscripción me saluda y sorprende, “a mi madre, de su hijo”, los nombres se pierden en mi memoria. Avanzo entre verde césped y flores de colores, los tímidos rayos del sol se adentran y se abren paso para arrancar un toque de color a este día gris.
El final de la senda, una cancela me separa del asfalto, miro hacia atrás y el jardín me saluda, ahora verde y marrón, amarillo y lila, hacia delante Dickens esbozó el contorno de la ciudad. Edificios de negra piedra, cancelas de hierro, verde moho deslizándose de las esquinas de los edificios, como sangre supurando de una herida abierta.
Atravieso la calle desierta, el eco de mis pisadas retumban en el silencio de nuevo, la encrucijada, dos caminos a elegir, izquierda o derecha, me dejo llevar, doblo a la izquierda, la boca del callejón me observa y me llama, la débil y amarilla luz de una farola tililea en un rincón…



Mis pies se deslizan por los húmedos escalones, atravieso la cancela de hierro, y sorteo el esqueleto de un inquietante árbol, gotas de humedad repiquetean en el suelo, el maullido de un gato, el silencio, la humedad que se desliza por cada resquicio de mi piel, frías gotas de miedo…



Alguien se mueve en la oscuridad, Robert Louis Stevenson eleva su pluma hacia mí, sonríe y desaparece dejando una estela de humo y olor a especias lejanas. Tras la esquina Sherlock Holmes discute con su creador mientras emergen volutas de su pipa , mi imaginación me está jugando una mala pasada. Deslizo mis pasos furtivos, el callejón se ensancha, escucho los cascos de un caballo golpear la piedra, Ivanhoe charla con Rob Roy mientras Robert Burns compone Auld Lang Syne sentado en el quicio de una ventana… y a sus pies el profesor Challenger estudia como llegar al Mundo Perdido. Atravieso una pequeña plaza atestada de fantasmas, cada uno de ellos me mira y me sonríe, la dama del lago me ofrece una sonrisa y alarga su mano, yo cierro los ojos, y atravesando el arco de piedra dejo atrás el callejón de los escritores, donde el tiempo se ha detenido. En su suelo de piedra podemos encontrar la historia grabada y en su museo toda la leyenda y veracidad de las palabras escritas…



The Royal Mille me acoge tranquila, los comercios empiezan abrir sus puertas, el aroma del café inunda mis fosas nasales, de las paredes de los edificios empiezan a florecer faldas escocesas, bufandas, telas a cuadros, camisetas de equipos de fútbol. Doblo esta vez a la derecha, por más que me cueste admitirlo, y avanzo mis pasos dirección al castillo, imponente.



La calle se acaba abruptamente en una gran explanada, atrás he dejado las tiendas de souvenirs, las cafeterías y los pubs, ante mí se eleva majestuoso el Castillo de Edimburgo, dominando la ciudad…



Atravieso el foso y la puerta de piedra, la historia se posa en mi espalda, escucho llantos y risas, entrechocar de espadas, cascos de caballos al galope, voces incomprensibles. Los pendones se mecen con el viento y el olor a pólvora me hiere la nariz, mi vívida imaginación me lleva de la mano y yo, fiel alumno me dejo llevar.



Tras las almenas a mi izquierda se vislumbra la nieve de las High Lands, a mi derecha el mar, sobre mí, la piedra de la historia….



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