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Edimburgo

El día es frío y gris, como una antigua moneda guardada en el fondo del bolsillo, la niebla nos envuelve con su manto húmedo, enmarcando en penumbras el escenario que nos rodea

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En el silencio de la madrugada el férreo chirrido de los frenos del autobús de dos plantas me devuelve a la realidad, es mi parada, me deslizo entre los somnolientos pasajeros del piso superior, bajo las empinadas escalerillas y al atravesar las puertas entreabiertas de mi carroza metálica el frío me acoge burlón y lastimero, la temperatura media de estos lares no está hecha para una valencianito de a pie, acostumbrado a 15/20 grados el bofetón de 0 grados impacta en mi cara como un frío fantasmal.



Princess Street está desierto, el autobús reanuda la marcha y me deja huérfano y naufrago en la soledad de la mañana, mientras la niebla se va disipando a mi alrededor, elevo la mirada y un gigante de hierro me cierra el paso, en la entrada de escalones que se adentra a los jardines de Princess Street hace guardia un imponente Guardia escocés a caballo, con su esqueleto de hierro negro.




Flanqueo la protegida entrada y me adentro entre la bruma por las sendas del jardín, mientras la niebla se va despejando dejando que las fantasmales siluetas de los árboles se conviertan en simples ramas con sus desnudos esqueletos, a mis pies el barro juguetea con mis zapatos. Atravieso un puente de madera y la senda se bifurca en dos direcciones, a mi derecha la silueta de un enorme castillo empieza a abrirse paso entre la bruma. A mi izquierda las luces me indican el camino hacia la civilización en medio de este inhóspito paraje.



Doblo mis pasos hacia la seguridad de la luz, un banco de madera con una inscripción me saluda y sorprende, “a mi madre, de su hijo”, los nombres se pierden en mi memoria. Avanzo entre verde césped y flores de colores, los tímidos rayos del sol se adentran y se abren paso para arrancar un toque de color a este día gris.
El final de la senda, una cancela me separa del asfalto, miro hacia atrás y el jardín me saluda, ahora verde y marrón, amarillo y lila, hacia delante Dickens esbozó el contorno de la ciudad. Edificios de negra piedra, cancelas de hierro, verde moho deslizándose de las esquinas de los edificios, como sangre supurando de una herida abierta.
Atravieso la calle desierta, el eco de mis pisadas retumban en el silencio de nuevo, la encrucijada, dos caminos a elegir, izquierda o derecha, me dejo llevar, doblo a la izquierda, la boca del callejón me observa y me llama, la débil y amarilla luz de una farola tililea en un rincón…



Mis pies se deslizan por los húmedos escalones, atravieso la cancela de hierro, y sorteo el esqueleto de un inquietante árbol, gotas de humedad repiquetean en el suelo, el maullido de un gato, el silencio, la humedad que se desliza por cada resquicio de mi piel, frías gotas de miedo…



Alguien se mueve en la oscuridad, Robert Louis Stevenson eleva su pluma hacia mí, sonríe y desaparece dejando una estela de humo y olor a especias lejanas. Tras la esquina Sherlock Holmes discute con su creador mientras emergen volutas de su pipa , mi imaginación me está jugando una mala pasada. Deslizo mis pasos furtivos, el callejón se ensancha, escucho los cascos de un caballo golpear la piedra, Ivanhoe charla con Rob Roy mientras Robert Burns compone Auld Lang Syne sentado en el quicio de una ventana… y a sus pies el profesor Challenger estudia como llegar al Mundo Perdido. Atravieso una pequeña plaza atestada de fantasmas, cada uno de ellos me mira y me sonríe, la dama del lago me ofrece una sonrisa y alarga su mano, yo cierro los ojos, y atravesando el arco de piedra dejo atrás el callejón de los escritores, donde el tiempo se ha detenido. En su suelo de piedra podemos encontrar la historia grabada y en su museo toda la leyenda y veracidad de las palabras escritas…



The Royal Mille me acoge tranquila, los comercios empiezan abrir sus puertas, el aroma del café inunda mis fosas nasales, de las paredes de los edificios empiezan a florecer faldas escocesas, bufandas, telas a cuadros, camisetas de equipos de fútbol. Doblo esta vez a la derecha, por más que me cueste admitirlo, y avanzo mis pasos dirección al castillo, imponente.



La calle se acaba abruptamente en una gran explanada, atrás he dejado las tiendas de souvenirs, las cafeterías y los pubs, ante mí se eleva majestuoso el Castillo de Edimburgo, dominando la ciudad…



Atravieso el foso y la puerta de piedra, la historia se posa en mi espalda, escucho llantos y risas, entrechocar de espadas, cascos de caballos al galope, voces incomprensibles. Los pendones se mecen con el viento y el olor a pólvora me hiere la nariz, mi vívida imaginación me lleva de la mano y yo, fiel alumno me dejo llevar.



Tras las almenas a mi izquierda se vislumbra la nieve de las High Lands, a mi derecha el mar, sobre mí, la piedra de la historia….



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