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El aliento de la verdad

Es curioso, ya que hace mucho tiempo que no publico nada, por razones varias, como el tiempo, ese temible enemigo. Pues hoy, dando una vuelta por aquí y por allá, me entero de que un relato que envié a un concurso hace un tiempo, resultó finalista del mismo, que no ganador. Pero el caso es participar, ¿no creéis?

Pues aquí os dejo con él, para compartirlo con tod@s vosotr@s.

Finalista del Segundo Premio de Relatos Cortos HdH



El aliento de la verdad.

Una gota de sangre, solitaria y brillante, resbala con indolencia por el filo de la espada, como una lágrima en el sucio rostro de un niño que graba la marca de su dolor, de su impotencia ante la injusticia. El último aliento de un guerrero, el estertor que anuncia la muerte cuando la vida ha llegado a su fin, con sus victorias y sus derrotas. La veo deslizarse, con la mirada nublada por el dolor, sigue su eterno curso sobre el frío metal hasta alcanzar la escalofriante punta de acero, donde se detiene un interminable instante, casi negándose a proseguir su camino, hasta que una invisible fuerza tira de ella y cae al vacío. Cuento en silencio el tiempo que tarda en estallar contra el árido suelo, un cráter de polvo se eleva al alcanzar su destino y es tragada por la ávida arena, hambrienta de dolor, de muerte.

La misma que ahora me amenaza, la de mi eterna alma, podrida de embustes, subyugada a un poder que, cuando mi destino está sellado, me reclama razones que no sé contestarle.

¿Cómo puedo acallar su voz cuando dejo tras de mí un legado de tormento, de sufrimiento e injusticia, de sangre derramada en nombre de un Dios que he descubierto que no es ni justo ni sabio?

A mis oídos acuden gritos de triunfo, algarabía de metales entrechocados y gemidos de sufrimiento de los heridos y moribundos. Jerusalén ha caído, igual que lo hicieron antes Antioquía, Nicea, Edesa. Brutales carnicerías realizadas en nombre de Dios. Y de mi señor Bohemundo. He visto como las calles se convertían en ríos de muerte, la savia de los hombres se deslizaba por las piedras, nuestros pies chapoteaban sobre el pegajoso líquido y nuestros filos relucían por el sabor del odio con el que los habíamos lustrado. Mujeres y niños, hombres y ancianos, miles de ellos apiñados como carnaza, muertos bajo el pendón de la Fe.

¿Qué honor hay en ello? ¿Qué dulce beneficio para Dios hemos conseguido con nuestros actos?

No debería hacerme estas y otras preguntas, mi deber es luchar bajo el manto de esta doctrina que me impulsa a exterminar a todo aquél que no siga los preceptos de Jesucristo. Por eso estamos hoy aquí, para liberar Tierra Santa del infiel, eliminar de la faz de la tierra a los impíos, recobrar para la Santidad el Santo Sepulcro.

Un acceso de tos me hiende el pecho, trago saliva y noto el metálico sabor de la sangre en mi garganta. Debo recordar, por última vez, la razón por la que voy a dejar la vida bajo el vil sol que azota mi rostro. Con un esfuerzo doblo mi cabeza hacia la izquierda, cuerpos ensangrentados caídos en innaturales posiciones cubren las piedras, plagan el suelo con su muerte, con su desesperación. Rostros contraídos de dolor, miembros cercenados y detrás de ellos, la abertura, estrecha, oscura, hedionda. Tantas miserias vividas para llegar hasta aquí, hasta esta cueva que amparó a Nuestro Señor. He perdido la cuenta de las vidas que he arrancando, me duelen los miembros de luchar, de rebanar cuellos con mi misericordia, de hundir mi espada en pechos desnudos. Me hiere el alma de la certeza de que todo ha sido en vano.

Porque ahora lo sé. La verdad, dolorosa, necia, estúpida. Hoy he abierto los ojos y he sido capaz de entender que todo este sinsentido no tiene una causa justificada. Tanto tiempo persiguiendo una quimera, una meta en esta existencia mía que a la vez ha sido la de tantos que han quedado por el camino. ¿Qué mundo heredará mi hijo? Ése que dejé dentro del vientre de mi esposa cuando partí a liberar esta tierra, la que soporta el peso de mis pies, la misma que ve como mi vida se me escapa. Odio, pesar, lágrimas. Ése es el legado que quedará detrás de mí, el que encontrará mi descendencia, el mismo que le impulsará a andar tras los pasos de su padre caído en nombre de la Fe, para llegar hasta el mismo lugar que ocupan ahora mis tristes restos.

El recuerdo de hace un instante me asalta. El helor que me traspasó la columna vertebral cuando entré en la cueva. Tardé unos segundos en acostumbrarse a la oscuridad reinante, tras de mí quedaron el entrechocar de aceros, los gritos de guerra, el ansia de matar. A mis ojos se abrió entonces la sagrada estancia, el motivo de toda aquella lucha, de mi existencia. Había liberado el Sepulcro Sagrado, donde habían reposado los restos de Nuestro Señor, había restituido su posesión para la Cristiandad, y allí encontré tan sólo el vacío, la tétrica oscuridad plagada de inmundicias. ¿Dónde estaba el aliento del Señor? ¿Por qué no sentí el roce de Su Presencia?

Salí de allí conmocionado, con el alma magullada y la Fe colgada de alfileres sobre mi corazón, bajo el que se hundió la espada que me traspasa, clavada por la espalda a traición, empuñada por uno de los últimos defensores de esta ciudad que arrasamos, que destruimos bajo la bandera de Cristo. El mismo que se ha olvidado de nosotros, o tal vez, su pueblo ha equivocado su legado.

El dolor de mi pecho inunda mi cuerpo, no puedo respirar, siento la hoja de acero salir de nuevo por la abertura de mi espalda para dejar un boquete sanguinolento en mi vientre por el que mis vísceras se arrojan, libres de la piel que las retenía. Siento cómo flaquean mis fuerzas, las piernas no me sostienen y caigo de rodillas al suelo. Un hilo de saliva brota de mi boca, acompañada de una tos convulsiva que arroja escupitajos de sangre. El cielo es de un azul limpio, tanto, que daña mis ojos. Éste es mi legado. Quisiera pensar que mi muerte no fue en vano, más sé que no es así. Sólo espero que alguien más se dé cuenta de la verdad.

Respiro hondo, pero no llego a notar el aire en mis pulmones mientras mi cuerpo se desploma sobre el árido suelo.

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