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Com que estic aprenent l´idioma, vaig a veure què tal se me dona...

Unes lletres...


He perdut el compte dels anys que no vaig a sopar a casa els pares en Nadal. Pot ser que et preguntes la raó, però és molt fàcil d´entendre. Al tornar els ulls arrere tan sol puc veure imatges tristes que fan mal al cor: l´avi sentat en soletat en un petit seint, amb les filles parlant al seu voltant en veu alta, com si no estigera davant seu; els néts jugant a la pilota enmig del saló, amb el perill de trencat alguna porcellana de l´àvia...

La meua àvia, paralitzada en el temps a l´altra banda d´una vella fotografia en blanc i negre. Els llavis tancats amb força i la mirada dura, com la seua existència.

Desde l´altra habitació, m´aplegaven les rises i la coversa dels homes, el pudent fum dels puros, que feia mal al nas.

I jo, malgrat no sabia on posar-me. Tan sols volia no ser l´objectiu de burla de les cosines més joves, que veien en la meua persona un infeliç al que fer mal amb les seues entremaliadures.

Aleshores, és fàcil compendre la raó de la meua resistència pels sopars familiars.

Veinte años después

Veinte años después.

Me miro al espejo y veo como mi barba pinta canas allá donde un día anhelaba esos primeros brotes que indicaran el abandono de la adolescencia. Qué iluso entonces. Cuánta añoranza del tiempo perdido. Y sí, esa sería la definición de lo que ha acontecido en mi vida desde entonces. Muchas aventuras, y desventuras por supuesto. Trastadas que me ha ofrecido la vida, escalones que me ha tocado escalar y pozos a los que me he visto caer sin saber dónde agarrarme. Ocasiones perdidas, mujeres deseadas que acabaron en otros brazos, amores imposibles y otros no tanto que han dejado su marca en mi interior, como las muescas de un bandolero en su revólver. El tiempo perdido. Las cosas que no hice, las que dejé pasar, lo que tendría que haberme dado cuenta que era importante y lo que no. Pero, ¿alguien está preparado para ello? Todos recorremos el mismo camino, unos con una brújula, que, aunque no les indique siempre el camino a tomar, sí les ofrece una guía; un Norte para no perderse. Otros, salimos al monte con la mochila repleta de ilusiones pero con el mapa mojado y la brújula imantada. Aprendemos a salir del bosque con nuestro esfuerzo, para volver a internarnos en otro de nuevo. Queremos encontrar ese valle perdido donde poder realizar nuestros sueños, y sin embargo, cada vez que nos adentramos en un claro nos detenemos, volvemos a andar y nos adentramos en el sendero de espinas. Hay más posibilidades. Los hay que se sientan a ver el mundo a pasar delante de ellos, con la esperanza de que la rueda del destino se detenga y que la bolita negra lleve grabado su nombre; pero eso nunca ocurre. O los que deciden conformarse con la primera oportunidad que se les brinda, aunque no se adecúe a lo que ellos buscan.

Sea como sea, cualquier posibilidad es respetable, siempre que la persona que ha tomado esa decisión sea consecuente con ella.

A pesar de todo, siempre existe la posibilidad de romper, de salirte de la ruta marcada, de prender fuego al bosque o levantarte de tu asiento de piedra desde el que ves la vida pasar. Es entonces cuando sientes que has tomado las riendas de tu vida, aunque para ello haya tenido que transcurrir una buena parte de ella. Pero, ¿qué más da? ¿Acaso es tarde para volver a reconducirla? ¿No tienes derecho a ello?

Veinte años después, cuando parece que todos los que te rodean han creado un mundo perfecto, hijos, trabajo, familia, estabilidad… Tú piensas que, después de todo, no has hecho lo que de verdad querías hacer. En el reflejo del espejo ves a una persona que no consigues identificar, que se parece a ti, pero a quien deseas ser. En algún lugar lejano, oculto por la maleza se esconde tu verdadero, y grita en silencio que quiere salir.

¿Os imagináis volver al instituto de nuevo? ¿Sentaros en el pupitre rodeado de adolescentes con las hormonas incandescentes y los rostros salpicados de virulentos cráteres? ¿Abrir la libreta y aprender de nuevo a tomar apuntes? ¿Mirar a un profesor que, en el mejor de los casos, tendrá tu edad, con el abismo existencial que eso te supone, o quizás sea más joven que tú? ¿Ver la actitud de tus compañeros mientras tú vas predispuesto a ser una esponja y aprender cada palabra, cada nuevo conocimiento del que te haga partícipe tu tutor?

Lo peor, sólo lo peor, es comprobar que tú un día fuiste como ellos, que eras joven e inconsciente, y que han tenido que pasar veinte años para darte cuenta de ello. Ahora, sólo espero y deseo, que a ellos no les ocurra lo mismo, y sepan aprovechar el tiempo que están viviendo, pues es cruel y pendenciero y no da marcha atrás. No te ofrece tregua.

Quizás algún día, cuando estén trabajando de sol a sol en una fábrica, o en la obra, cuando recuerden que un día tuvieron la oportunidad de dirigir sus vidas, de ser los dueños de su destino, ese día, no sea demasiado tarde.

Suerte a todos, a los que han sabido salir del bosque, a los que deambulan por él, a los que nos iluminan con sus enseñanzas. E incluso a los que andan con la venda en los ojos, incapaces de ver el futuro más allá del humo del canuto que fuman a la puerta del instituto, esperando que pasen las 6 horas de clase para encenderse el siguiente.

La noche más larga




Acababa de ver morir a mi padre. Los mantos negros se arremolinaban alrededor de su cuerpo desangrado, como buitres esperando el bocado más apetitoso que llevarse a la boca. Un charco de sangre comenzaba a coagularse debajo de la mesa de tortura a la vez que sentía cómo el consanguíneo vínculo que nos unía se iba diluyendo a mis pies. Sollocé, y una lágrima cruzó mi sucio rostro. A mi alrededor comenzó a escucharse un cántico apagado, murmullos repetidos una y otra vez. Imaginé una extraña salmodia, un rezo hereje que devolviera a la vida sus carnes. En mi elucubración presenciaba un iniciático conjuro de figuras negras que danzaban alrededor de su cadáver. Plañideras con las carnes pálidas y los rostros enjutos, que alimentaban con sus lágrimas falsas el velatón por ese hombre impío.


Salí a la calle consternada, con la extraña sensación de pérdida amarrada a mi espalda. No podía sacar de mi cabeza su mirada concupiscente y acusadora. La sentía clavada en mis ojos desde que el verdugo estiró con brutalidad el pellejo de su espalda, y un alarido inhumano atravesó los oídos de la multitud. Era el castigo habitual para los ladrones que robaban al clero: el desollamiento hasta la muerte. Caminé despacio por las calles vacías, con las lágrimas en los ojos y el corazón hundido en mi pequeño pecho. Sentía el lastre de la culpa, casi tan pesado como el bulto que escondía debajo de mis raídas ropas. Recordaba bien la sonrisa de padre cuando me señaló al obispo, el temblor que se apoderó de mí cuando me deslicé por su lado y corté la tira de cuero de su faltriquera. El grito de enojo que profirió al sentirse vacío de su oro y la cara de espanto de mi padre. Él mismo se condenó.

Tintinean las monedas, como gritos de condenados. Me invade el miedo. Una figura se recorta en el extremo opuesto de la calle, y un maligno destello se adivina en su mano extendida. Podría correr, pero el diablo siempre sabe cómo cobrarse sus deudas.

Combustión interna


Las nubes presagian tormenta. El viento sopla con fuerza y las herrumbrosas farolas del barrio de La Alhóndiga se mecen al compás, con el titileo de sus bombillas dentro de sus sucias celdas de cristal, como guiños de un alma bruja. Imagino las gotas de agua sobre mi rostro, rememoro otros días, más antiguos, cuando en mi boca el sabor de un alfeñique me hacía sentir feliz. Qué difícil ahora volver a aquel tiempo, a aquellas tierras. ¡Benaiga! Qué fácil era sonreír, con los dientes mondados en mi boca y la inocencia pendiente de un hilo, a punto de sucumbir en manos de la realidad.

Llaman a la puerta, debería de abrir. La pizpireta voz de mi vieja secretaria me avisa desde el otro lado de la madera. Miro el reloj. Sucumbo a mis temores: los devaneos de mi enfermiza mente vuelven a acudir, puntuales. El calendario sigue marcando con una equis cada día menos que nos queda de vida. El tiempo transcurrido. Nos habla de lo que hemos dejado atrás y del futuro incierto. Maldita decisión, odiado pasado. Me miro al espejo, me devuelve la imagen de un hombre maduro, con el cabello pintado de plata. La sonrisa tuerta no reconoce al pelaire que se pagó los estudios bajo la fría intemperie.

Repiqueteo de nudillos. La gota de frío sudor en mi frente. Una imagen indebida, un deseo incontenido. Sus ojos, siempre esos carbones encendidos. Me persiguen, me atormentan. Sueño con ellos, con su piel suave. Con la delicada curva de su cuello, el delirante nacimiento de sus senos. Cuando la miro, me embelesa perderme en el vals de su respiración. Sus pechos se elevan y se relajan, una y otra vez. Cadenciosa dulzura. Los labios se le entreabren voluptuosos al hablar. Imagino su lengua, dulce. El sabor de su piel, la calidez de su interior. Respiro hondo. Noto la tirantez de mi pantalón. La puerta se abre despacio, escucho la voz de mi secretaria a mi espalda. Sin volverme le hago una seña. Escucho unos pasos, pequeños, delicados. Puedo ver su silueta reflejarse en el cuadro de cristal colgado en la pared. Su melena se mece sobre sus hombros. Se acomoda en el diván y mi pulso se acelera.

Pienso en aquellos días cuando preparaba la lana. Anhelaba ser algún día un buen médico, un buen psiquiatra. En la Universidad no te preparan para esto. Respiro hondo…

Moje láska




Era delgada en extremo, enfundada siempre en aquel ajado pichi desteñido, donde las flores se habían marchitado como su piel, macilenta y arrugada. En la boca dos dientes podridos sujetaban con fiereza un cigarrillo negro. El humo ocultaba el apagado brillo de sus ojos, que miraban sus manos, engarzadas en un eterno y obsceno abrazo. Los dedos, eran ramas secas de un árbol muerto. A un palmo de sus piernas descansaba siempre un poto de mate amargo, como a ella le gustaba. Mis ojos le sonreían por detrás de los cristales de mis gafas. Cada día me costaba más encontrar su figura, volátil allá donde mi cansada vista se negaba a arrastrarse, para recorrer con delicadeza su cuerpo menudo.


Cada mañana me sentaba a esperarla en el mismo banco. Dejaba pasar arrugados los minutos, arrancados a un tiempo enfermizo. Veía cruzar las barcazas el Moldava, escuchando a los timoneles vociferar a los turistas, mientras les contaban leyendas antiguas de una ciudad imaginada. Soñaba que los años no habían sido sombríos, que no se habían llevado la juventud ni el deseo. Que mi corazón no lo sentía más débil en mi pecho. Y que en el taller de mis sentimientos los martillos dejaban de golpetear cada vez que veía su sonrisa.


Ella llegaba despacio, un paso cadencioso detrás del siguiente. Su figura se balanceaba como un espárrago mecido por el viento de primavera. Llegaba hasta mi lado y, con un inconmensurable esfuerzo, se dejaba caer desmadejada, como una muñeca rota. Yo acariciaba su cabello suave, besaba su frente y encendía un cigarro, que depositaba en su boca, como un beso enamorado. Como un hechizo, una ofrenda a un dios cansado que me negaba tenerla, y a la vez me alquilaba su presencia. Después sacaba el poto de mate de una vieja mochila de cuero marrón. Aquella que ella trajo un día, cuando su pelo era del color de un atardecer de otoño.


Después nos quedábamos mirando el río. Las horas pasaban sin prisa mientras le dictaba poemas al oído, que escribía cada anochecer, cuando el insomnio me mordía.


Y, a veces, creía entrever una sonrisa en su rostro. Un brillo en sus ojos.


Era delgada en extremo. Como la fina línea que separa nuestra existencia.


Más hoy no vino a sentarse a mi lado. El arrendador del tiempo ya no le fió más el contrato.

Caricias.




La luz del atardecer bañaba coqueta su piel. Gotas de sudor bailaban en su cuello; jugaban a recorrer su pecho, tropezaban se erguían y continuaban su andadura. Polizones de un cuerpo desnudo. Tripulantes de un río de placer que habitaba palpitante bajo la sombra de un anciano alcornoque. El cuerpo se estremeció. El gemido acompañó su danza de pasión y el glosario de dulces sonidos se hizo música. La copa del curtido árbol fue mecida por el viento, y una cascada de cansadas hojas bañó el cuerpo yacente con un verde sarampión de caricias. Las manos de Diana recorrieron despacio su piel. La punta de sus dedos, acostumbrados a su fisonomía, dibujó caricias a su paso. Círculos de deseo que, con los párpados cerrados, le hacían rememoran otras manos, otros besos, viejos amantes. Un tacto invisible la sorprendió. Una sonrisa se dibujó en su rostro; quizás Céfiro no andará lejos, pensó. Se levantó despacio, tomó su toga caída a sus pies y empuñó su arco. Una gota de sudor encontró la curva hacia su vientre. La diosa cerró los ojos, sintió la caricia en su piel y suspiró. No muy lejos de allí, oculto entre las nubes, el dios del viento se acariciaba despacio.

Para ti.


Llovía. Las gotas resbalaban por tu paraguas, como lágrimas de un tiempo olvidado. Y en silencio – ese que hoy es tan lúgubre – nos mirábamos despacio. Tus ojos eran un espacio infinito, un insólito paraje donde imaginé perderme. Tus labios se abrieron despacio, sin emitir sonido alguno, tal vez una palabra urgente, un latido que se escapara por tus poros y quisiera arrastrarme. Despacio, el reloj se detuvo. Sobre nosotros, el tiempo nos observaba, impertérrito. Las ancianas piedras se susurraban viejas historias, reían, dejaban que el agua se deslizara sobre su fría piel, mientras su sombra nos acunaba. Debajo de un arco del acueducto te acercaste a mí. Yo temblaba. Tú también. Ni una solitaria fotografía, ni un detalle de ti. Sólo tu voz y tus palabras grabadas en mi piel. Promesas hechas a la luz de una pálida bombilla que iluminaba un cuarto vacío. Noches insomnes, como un tubérculo escondido bajo tierra, en las que escuché tu risa. Horas robadas al sueño. Palabras dictadas al aire, escritas en papeles en blanco, que se borraban al pulsar “delate”. Siempre impregnadas del temor del rechazo, de ese “no vendrá”, “me dará calabazas”, “estoy haciendo el tonto – de nuevo -“.

Pero ese día fue distinto. Ahí estabas tú, enfundada en una sonrisa traviesa. Una mano sosteniendo un frágil paraguas y la otra apoyada en mi pecho. Hoy hace nueve años de aquellas caricias compartidas, besos robados, orgasmos enfundados de ruegos: no te vayas, todavía es pronto. Las noches de hotel que se sucedieron despacio; escapadas habitadas de miradas furtivas al reloj, de sudores embadurnados de prisa.

Sin un por qué, nos perdimos la pista. Una noche olvidamos recordarnos. Quizás era más fácil que el tiempo se adueñara de nuestro recuerdo. Y sin embargo, fuiste la primera que creyó en mí.

Hoy te recuerdo como entonces, con la sonrisa cómplice, el corazón azorado. Hoy pienso en ti y no te olvido, aunque ya nunca pueda hablarte al oído. Y duele. Hace tanto daño. La vida es un regalo, un capricho del que disponemos por tiempo limitado, y el tuyo caducó antes de plazo. Jamás te olvidé. Siempre fui tu duende. Tú nunca dejaste de recordarme, lo sé.

Un beso María. Allá donde estés.

Siempre te querré.



Amanecer




Aquella noche, me di cuenta de que mi vida era todo lo contrario de lo que siempre había deseado. ¿Cómo asumir tal pensamiento sin caer en la locura? ¿Sería posible despertar y reconducir mi existencia, llevar mis pasos por el camino que soñé cuando era un crío? Quizás, lo más fácil hubiera sido dar media vuelta en el colchón. Volver a cerrar los párpados dormidos y abrazar a las pesadillas que, purulentas y con los dientes afilados, rechinaban los dientes al otro lado de la oscuridad. Pero no lo hice, me negué a ello. Por primera vez en lo que recuerdo de mi vida adulta, cogí las riendas, azucé al desbocado caballo que era mi continuo devenir por este espacio temporal al que nos escupe el destino al nacer y comencé a trotar. No fue sencillo. Lo primero fue luchar contra la pereza, que me arrastraba con ella, me abrazaba con sus cálidos tentáculos y me susurraba al oído mil prebendas: déjalo para mañana, no hay prisa, siempre encontrarás un mejor momento, piénsalo un poco, no te dejes llevar. Después me las tuve que ver con el cofre de los temores. Se abrió de golpe, sin avisar. Las bisagras chirriaron y de su interior salieron mil miedos vestidos de desconfianzas, recelos, aprensiones. Cualquier cosa era valida. Cualquier argumento era bueno para echar por tierra mi rebelión. Pero me negué. Sacudí mi cabeza y deslicé por la punta de mis cabellos todas aquellas palabras que tanto dolían. Grité. Elevé mi mirada a un techo blanco del que se desprendían desconchones de pintura, como las pieles de los ancianos que cuelgan de sus flácidos brazos. Conté cada una de aquellas heridas abiertas en mi cielo particular y vi que reflejaban mi conciencia, echa añicos. Abrí la boca, tomé aire y dejé que un grito desgarrador emergiera de mi garganta. Los ojos me lloraron, los oídos me dolieron sorprendidos por tan atronador sonido. El tiempo se detuvo, los latidos de mi pecho resonaron con fuerza en mi interior y me sentí liberado. Abrí la ventana y un rayo de sol se coló entre la bruma de un amanecer sonriente.

Quizás, hoy aprenda a vivir.

Mi única duda es: ¿estarás todavía allí, cuando te busque?

Volver

Antes de dejaros con este relato, unas palabras, una pequeña despedida. He compartido con tod@s vosotr@s mis letras durante mucho tiempo, ahora, durante una franja insospechada del mismo, me voy a alejar de este mundo por cuestiones laborales. El destino me lleva a Italia, el portátil se viene conmigo, por supuesto, pero sé a buen seguro que no voy a poder escribir ni publicar nada durante mi estancia allí, sólo espero que al menos, volver con nuevas historias que contaros, y que las musas me acompañen allá donde vaya. Un gran y afectuoso abrazo a todo aquél que viaje por mis letras.

Descansa la maleta abierta sobre el jergón donde mis sueños desperezan lánguidas ilusiones. A través de la ventana abierta de mi pequeño apartamento se cuelan las luces de una ciudad que se rinde de nuevo al ocaso de un sol vespertino, que se tiende tras las montañas del antiguo barrio de Mala Strata. El cielo, teñido de añil, dibuja pinceladas en un lienzo que bien pudo pintar la mano de un gran artista; tal vez Van Gogh se viera reflejado en él, como en un campo de estrellas, creando sus melancólicos trazos en cada nube de suave algodón, adornados de lágrimas de sol. En el Moldava, las incansables barcazas danzan entre remolinos de espuma, desde pequeños botes de colores con asientos de madera hasta grandes embarcaciones, como el Jazz Boat Kotva, que ofrece a sus clientes cenas a la luz de las velas amenizadas con las sugerentes melodías de un cuarteto de jazz. Hasta mí llegan las notas de “Stella by Starlight” llevadas por la brisa del atardecer, la melancólica trompeta me trasporta mientras cierro los párpados y creo ver de nuevo eso ojos negros, atrapados en el fondo de un local bañado de esperanzas. Recuerdo su silueta recortada bajo la mortecina luz de las velas, el humo creando fantasmales formas a su alrededor y el brillo de una gota de cerveza juguetona en sus labios.

Aterricé ayer en el Aeropuerto de Ruzyne, Praga. Recogí mi escaso equipaje y me deslicé entre la marabunta de abotagados turistas hasta llegar al exterior de la terminal. En la puerta los taxistas intentaban hacer el agosto con los recién llegados, vendiéndoles trayectos al centro de la ciudad a distintos precios, desde 20 a 30 euros, según lo que se empeñen en regatear. Es algo extraño pero habitual en esta ciudad europea el que, a pesar de que dispongan de tacómetro, jamás lo usen, y se deba de acordar el precio de cada trayecto antes de subirse en el vehículo. Algunos turistas más avispados se fijaron en los monovolúmenes que, con un precio fijo, les llevarían hasta al hotel cuando se llenaran las plazas. Yo los dejé atrás, después de lidiar con algún conductor que intentaba venderme un viaje “económico”. Dirigí mis pasos hacia las paradas de autobús y esperé a que llegase el mío, el 254 o el 119, el primero que pasara, que con 20 coronas, algo menos que un euro al cambio, me acercaría hasta la parada de metro de Dejvice, en la Avenida Evropska, donde haría transbordo hasta mi destino con el mismo billete. ¿Cómo decirlo? Ventajas de no ser un turista accidental.

Algo que me maravilla de los checos, es su sistema de transportes, eficaz, puntual y económico. Un chirrido de frenos me devolvió a la realidad mientras estaba enfrascado en la lectura de un libro de bolsillo, un blanco autobús con líneas transversales de color azul se detuvo frente a mí, las puertas automáticas se abrieron y me invitaron a subirme a él. Mi dominio del idioma es bastante básico a pesar de haber pasado una pequeña temporada en la ciudad, afortunadamente el inglés, que domino algo más, pero tampoco como para dar palmadas de alegría, es básicamente indispensable para los extranjeros, aunque creo que en cualquier lugar del mundo decir “Ticket” es universal. El largo trayecto de una hora hasta la ciudad lo dejé pasar absorto en el conocido paisaje, los ojos en ese duermevela característico de los viajeros cansados, hasta que, por fortuna para mí, el autobús se detuvo en la última parada. Final de Trayecto y comienzo de otro, tres estaciones de metro me separaban del centro, donde tenía reservado un diminuto apartamento con vistas al río, el único lujo que me he permitido después del trayecto con la compañía de Low Cost, otra aventura más de interminables horas de vuelo y esperas en el aeropuerto, ya que desde mi ciudad no hay conexión directa de esta compañía, con lo cual el periplo Valencia/Estocolmo, Estocolmo/Praga me ha costado una eternidad de horas de espera. Al menos, he llegado.

Las calles del centro histórico de Praga rebosan vida a cualquier hora del día, y al llegar la noche, se transforma en un cautivador entramado de laberínticas callejuelas donde es fácil perderte. De improviso puedes pasar de una concurrida calle llena de joyerías donde te ofrecen bellas piezas de ámbar, tiendas de suvenires y restaurantes, a encontrarte en medio de una calle desnuda, donde tan sólo se escucha el repiquetear de los tacones de tus zapatos, creando mil ecos que reverberan a cada paso. La farola, con la pálida bombilla amarillenta, me guió hacia el antiguo portal donde debía encontrar al dueño del apartamento alquilado por internet. Para un viajero como yo, autónomo y solitario, que busca salirse de los circuitos convencionales aún cuando esté en una ciudad turística, los casi ilimitados recursos de la Web son cada día más maravillosos si cabe. Si no tienes miedo a las aventuras y a un posible fraude, pues nada hay imposible en el mundo electrónico, atrévete a viajar con la mochila en el hombro y unas cuantas reservas en papel de folio impresas en tu casa; te sorprenderás del presupuesto con el que puedes hacer viajes que ofrecen en las agencias y que siempre has pensado que estaban fuera de tus posibilidades.

La cuestión es que ya estoy aquí de nuevo, he regresado a la ciudad que me enamoró y que me robó mil sonrisas, donde un trozo de mi pequeño y caduco corazón se quedó a la espera de mi regreso, y donde unos maravillosos ojos negros me arrebataron el sentido. Mi sonrisa se perfila en mis labios, hace tiempo que la tenía olvidada, guardada en el baúl de los malos rollos. Supongo que es difícil mirar al mundo que nos rodea y plantarle buena cara, esa es la parte que siempre ha fallado en mí. Lo sé, el optimismo no lo cargo jamás en mi equipaje. Sin embargo tampoco soy una persona depresiva. Al contrario, intento enfocar las cosas con realismo, sin querer ver más allá de lo que soy capaz de alcanzar con la mirada, para que la vista no me engañe y se pierda en ensoñaciones estúpidas que no hacen sino fabricar ilusiones que se precipitan al vacío, como las murallas de un castillo de arena barrido por la marea. Esa fue la razón por la que huí de esta ciudad hace dos años. El temor a que mi fortaleza se viera conquistada, que un caprichoso viento soplara en la dirección equivocada y que el fuego que me invadía se apagara y quedara reducido a cenizas que más tarde volarían en mil direcciones opuestas, para perderse y quedar todo mi mundo deshecho, reducido a una nada absoluta. Sí, tuve miedo, de repente no podía saber qué iba a ocurrir al día siguiente, si al despertar el cálido cuerpo que compartía mi lecho desaparecería y me encontraría un espacio vacío donde antes estaba la razón de mis delirios. Y cada madrugada, cuando abría los ojos, el terror me invadía, alargaba una mano, encontraba su cintura y me abrazaba a ella, como si fuera la tabla de salvación a la que un naufrago confiara su destino. Y no podía seguir así. Por ello, huí.

Está grabado en mi memoria cada momento vivido aquel día, desde que abrí los párpados hasta que fui consciente de que estaba huyendo. Traicioné su confianza, herí sus sentimientos y dejé tras de mí un rastro de dolor unido al tufo de mi idiotez. Todavía puedo oler el aroma de su pelo cuando cierro los ojos, sentir el tacto de su piel en las yemas de mis dedos, imaginar el sabor de sus besos, escuchar su tenue respiración, ajena al traidor que empacaba sus escasas pertenecías en un ajado hatillo de piel, guardó una foto de ambos tomada bajo la dorada luz de un atardecer y cerró la puerta tras él, sin un adiós, sin un beso de despedida ni una explicación que pudiera hacer de esa huída un trago más suave, menos amargo. El silencio quedó como respuesta a sus preguntas. El miedo como razonamiento de mis acciones. ¿Me justifico? No, no lo hago. Ha pasado demasiado tiempo, y he aprendido a reconocer mis errores, y éste es tan sólo uno de muchos, aunque de una gravedad insospechada. ¿Qué he hecho desde entonces? Lo que mejor sé hacer. Vagar por el mundo y dejar pasar el tiempo hasta darme cuenta de que soy un estúpido que ha echado su vida por la borda.

¿Demasiado tarde para dar vuelta atrás? Quizás. Pero no siempre todo está perdido. O al menos, no hasta que no lo intentas y lo sabes con certeza.

Al final, cuando crees que te has forjado unos ideales, que de tu vida tú eres el único timonel de este bergantín, una ráfaga de viento te desvía del camino, una tormenta se interpone en tu derrota y ves cómo el rumbo trazado se emborrona al caer las primeras gotas de lluvia sobre la carta de navegación. Entonces, todos tus cálculos, las horas pasadas observando las estrellas se vuelven frágiles y estériles, y el aullido del viento te empuja caprichosamente hacia delante, siempre hacia delante. Pero: ¿a dónde?

De vuelta a la ciudad dorada. A las laberínticas callejuelas donde dejaste un día un trozo de tu vida, al escenario de tus pesadillas, pues es en ellas donde habitas desde que dejaste tu vida rota, sin más. ¿Alguna cosas más? Sí, el renqueante dolor que me atenaza, el ulular de mis demonios que me escupen obscenidades en mi oído, me dicen que he sido un necio, que dejé la mejor parte de mi vida tumbada en soledad en una habitación bañada por el frío sol de un amanecer que la encontró desnuda y frágil, con un baño de lágrimas por rostro, y un afilado puñal clavado en su interior, que bailaba al ritmo de su llanto, desgarrando más y más esa herida, mientras se preguntaba el por qué, y no encontraba respuesta.

Tomo aire, los pulmones se quejan, debo dejar de fumar pero hoy no es el día. Los nervios me atenazan en estómago y siento un nudo en mi garganta, como sin un ente invisible hubiera echado un lazo sobre mi cuello y estuviera empañado en apretarlo despacio, cada vez un poco más, hasta dejarme sin respiración. En mi dictamen policial pondría: muerto por asfixia. Pero no encontrarían ni una prueba del asesino. Sonrío, una mueca reflejada en el espejo, un temblor en los labios. Estoy cagado de miedo.

La calle está desierta, me lanzo a traspasarla, he descubierto que si intentas no pensar en lo que debes de hacer, es mucho más fácil enfrentarte a ello. Han pasado algo más de dos años desde que huí del campo de batalla, deserté del ejército de los sentimientos y me lancé a ese vacío que es la soledad. Creí que me sentiría bien arropado por ella, pero está visto que ha sido así, de lo contrario no habría vuelto. Soy un necio, lo sé. ¿Qué pretendo hacer esta noche, llamar a la puerta de su casa y decir “hola, he vuelto”? Es un plan descabellado, pero no tengo otro. He intentado llamarla por teléfono, pero cada vez que he estado a punto de marcar el último dígito me he quedado helado, con la mano convertida en una estatua de hielo. En alguna otra ocasión he querido escribirla, confesarle mis temores, explicarle por qué me marché, pero las letras se han negado a nacer de mi pluma, el papel en blanco me ha mirado insolente y me ha echado en cara mis culpas, mis errores, y ha terminado hecho jirones en la papelera en un acceso de rabia incontrolada que me ha sorprendido a mí mismo. ¿Cómo he conseguido llegar entonces hasta aquí? No lo sé. Hace una semana realicé la reserva del avión y del alojamiento, me despedí del trabajo e hice de nuevo el equipaje, volví a echarme al hombro el hatillo de piel, desgastado por el uso y, aquí estoy, dispuesto a quemar todas mis naves. Aunque sólo me queda una triste baladra con las velas agujereadas y dos cañones de 6 libras dormidos en la cubierta desierta, igual que dos cadáveres de una guerra perdida, con el óxido rezumando de sus ánimas, como la sangre de un toro herido de muerte en medio del tendido, que boquea en busca de su último aliento, mientras sus ojos tristes suplican una compasión que se niegan a otorgarle. Así estoy yo, herido de muerte, sabedor de que no merezco una segunda oportunidad, a punto de que la espada que atraviesa mi lomo se clave en mi corazón y deje al fin de latir. Quizás entonces encuentre la paz.

Mis pasos se detiene ante la cancela de su portal. Busco su nombre en los timbres y lo encuentro escondido entre Honzík y Kristýna, me tiembla el pulso, mis dedos se han convertido en mantequilla, mi entereza a huido en una escapada cobarde, mi garganta me quema y noto un fuerte dolor en el pecho. Los segundos se estiran y caen fugaces por los costados del tiempo. He llegado hasta aquí, y ahora, me rindo sin plantar batalla, me convierto en un petimetre asustadizo que es incapaz de apretar el botón de un timbre. Total, para qué, me justifico, después de tanto tiempo seguro que ya no vive aquí, se habrá mudado o, quizás, viva con alguien. O acaso me creo el único ser del Universo. Me doy la vuelta despacio, desando mis pasos, recupero un ápice de dignidad y levanto la barbilla que roza mi derrota, me detengo en la esquina de la calle, antes de seguir adelante, giro la cabeza por última vez y dejo caer la espalda en la pared, los ojos clavados en su nombre, que adivino escrito junto al timbre, a diez metros de mi. Cuento hasta diez, veinte, treinta. Dejo escapar los números de mi boca, hasta alcanzar el millar, pero no me atrevo a volver.

Una luz se ilumina en el portal, mi corazón se detiene, la puerta se abre con el chirriar de bisagras y unas ruedecitas de goma aparecen seguidas de un carrito de bebé. Tras él, una mujer joven conduce el cochecito de color miel. Salen los dos al exterior, doblan hacia su derecha y se dirigen hacia mi posición. Siento que me va a explotar el corazón en el pecho, un ardiente bombeo que me palpita en las sienes. La mujer lleva el cabello largo, de color negro, una chaqueta de piel marrón que llega hasta sus rodillas, donde se puede adivinar el corte de una falda, que deja al descubierto sus rodillas. El repiqueteo de sus botas se adueña de la angosta callejuela. La blancura de su piel contrasta con la oscuridad que nos rodea. Me quedo apelmazado a la pared, como la hoja de un árbol impulsada por el viento. La claridad de una farola ilumina el interior del carrito, una mano regordeta me saluda, y unos inmensos ojos azules se clavan en mi rostro. Debajo de ellos, una perfecta sonrisa me invita ser feliz, y un escozor se adueña de mis ojos. Ella está un metro escaso de mí. Lleva la mirada clavada al frente, ajena a mi presencia, como si fuera un fantasma que invisible la espiara en la oscuridad. Sigue igual de bella que el último día que la vi. Quizás más. El tiempo ha sido misericordioso con ella, le ha otorgado paz y amor. La veo alejarse, con el sonido de sus tacones acompasado por el dulce chirriar de las ruedas. No he sido capaz de hablarle, no he podido. ¿Me habrá reconocido? Me dejo llevar por la oscuridad que me acoge silente. Dirijo mis pasos hacia el otro extremo de la calle, hacia un destino impreciso. Imagino las aguas negras del Moldava y sueño con su abrazo. Sonrío, con una sonrisa sincera, con un destino preciso, marco de nuevo un rumbo en mi viaje, alzo todo el trapo y cierro a babor. Quiero cazar las olas mientras aún tenga en mi retina la sonrisa de esa pequeña criatura. ¿Qué edad tendría? No era un recién nacido, más bien, parecía… Un estremecimiento me acongoja. ¿Podría tener dos años?


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