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Veinte años después

Veinte años después.

Me miro al espejo y veo como mi barba pinta canas allá donde un día anhelaba esos primeros brotes que indicaran el abandono de la adolescencia. Qué iluso entonces. Cuánta añoranza del tiempo perdido. Y sí, esa sería la definición de lo que ha acontecido en mi vida desde entonces. Muchas aventuras, y desventuras por supuesto. Trastadas que me ha ofrecido la vida, escalones que me ha tocado escalar y pozos a los que me he visto caer sin saber dónde agarrarme. Ocasiones perdidas, mujeres deseadas que acabaron en otros brazos, amores imposibles y otros no tanto que han dejado su marca en mi interior, como las muescas de un bandolero en su revólver. El tiempo perdido. Las cosas que no hice, las que dejé pasar, lo que tendría que haberme dado cuenta que era importante y lo que no. Pero, ¿alguien está preparado para ello? Todos recorremos el mismo camino, unos con una brújula, que, aunque no les indique siempre el camino a tomar, sí les ofrece una guía; un Norte para no perderse. Otros, salimos al monte con la mochila repleta de ilusiones pero con el mapa mojado y la brújula imantada. Aprendemos a salir del bosque con nuestro esfuerzo, para volver a internarnos en otro de nuevo. Queremos encontrar ese valle perdido donde poder realizar nuestros sueños, y sin embargo, cada vez que nos adentramos en un claro nos detenemos, volvemos a andar y nos adentramos en el sendero de espinas. Hay más posibilidades. Los hay que se sientan a ver el mundo a pasar delante de ellos, con la esperanza de que la rueda del destino se detenga y que la bolita negra lleve grabado su nombre; pero eso nunca ocurre. O los que deciden conformarse con la primera oportunidad que se les brinda, aunque no se adecúe a lo que ellos buscan.

Sea como sea, cualquier posibilidad es respetable, siempre que la persona que ha tomado esa decisión sea consecuente con ella.

A pesar de todo, siempre existe la posibilidad de romper, de salirte de la ruta marcada, de prender fuego al bosque o levantarte de tu asiento de piedra desde el que ves la vida pasar. Es entonces cuando sientes que has tomado las riendas de tu vida, aunque para ello haya tenido que transcurrir una buena parte de ella. Pero, ¿qué más da? ¿Acaso es tarde para volver a reconducirla? ¿No tienes derecho a ello?

Veinte años después, cuando parece que todos los que te rodean han creado un mundo perfecto, hijos, trabajo, familia, estabilidad… Tú piensas que, después de todo, no has hecho lo que de verdad querías hacer. En el reflejo del espejo ves a una persona que no consigues identificar, que se parece a ti, pero a quien deseas ser. En algún lugar lejano, oculto por la maleza se esconde tu verdadero, y grita en silencio que quiere salir.

¿Os imagináis volver al instituto de nuevo? ¿Sentaros en el pupitre rodeado de adolescentes con las hormonas incandescentes y los rostros salpicados de virulentos cráteres? ¿Abrir la libreta y aprender de nuevo a tomar apuntes? ¿Mirar a un profesor que, en el mejor de los casos, tendrá tu edad, con el abismo existencial que eso te supone, o quizás sea más joven que tú? ¿Ver la actitud de tus compañeros mientras tú vas predispuesto a ser una esponja y aprender cada palabra, cada nuevo conocimiento del que te haga partícipe tu tutor?

Lo peor, sólo lo peor, es comprobar que tú un día fuiste como ellos, que eras joven e inconsciente, y que han tenido que pasar veinte años para darte cuenta de ello. Ahora, sólo espero y deseo, que a ellos no les ocurra lo mismo, y sepan aprovechar el tiempo que están viviendo, pues es cruel y pendenciero y no da marcha atrás. No te ofrece tregua.

Quizás algún día, cuando estén trabajando de sol a sol en una fábrica, o en la obra, cuando recuerden que un día tuvieron la oportunidad de dirigir sus vidas, de ser los dueños de su destino, ese día, no sea demasiado tarde.

Suerte a todos, a los que han sabido salir del bosque, a los que deambulan por él, a los que nos iluminan con sus enseñanzas. E incluso a los que andan con la venda en los ojos, incapaces de ver el futuro más allá del humo del canuto que fuman a la puerta del instituto, esperando que pasen las 6 horas de clase para encenderse el siguiente.

4 Comments:

  1. mar said...
    Sabes, hoy viendo a mis hijos adolescentes hacer exactamente lo mismo que yo hacía hace veinticinco años, me doy cuenta de que esta vida es una rueda, son ciclos que se repiten sin cesar, cuando somos jóvenes e inconscientes vemos el futuro muy lejos, creemos que nunca llegará el tiempo de mantener una familia y no tenemos claro lo que queremos para nuestra vida.
    Por eso es deber nuestro, de los padres, intentar hacerles entender lo mejor que podamos que todo llega y que tienen que luchar por ellos mismos y por sus sueños, a veces es muy dificil pero no debemos tirar la toalla, yo suelo decir que de tanto hablar algo siempre quedará.
    Y si no lo conseguimos, como muy bien dices nunca es tarde para encaminar tu vida, cada uno llevamos ritmos diferentes y a unos nos cuesta más que a otros, lo importante es no rendirte nunca
    Un saludo de Mar
    Natàlia Tàrraco said...
    Este comentario ha sido eliminado por el autor.
    Natàlia Tàrraco said...
    Este comentario ha sido eliminado por el autor.
    Natàlia Tàrraco said...
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