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La noche más larga




Acababa de ver morir a mi padre. Los mantos negros se arremolinaban alrededor de su cuerpo desangrado, como buitres esperando el bocado más apetitoso que llevarse a la boca. Un charco de sangre comenzaba a coagularse debajo de la mesa de tortura a la vez que sentía cómo el consanguíneo vínculo que nos unía se iba diluyendo a mis pies. Sollocé, y una lágrima cruzó mi sucio rostro. A mi alrededor comenzó a escucharse un cántico apagado, murmullos repetidos una y otra vez. Imaginé una extraña salmodia, un rezo hereje que devolviera a la vida sus carnes. En mi elucubración presenciaba un iniciático conjuro de figuras negras que danzaban alrededor de su cadáver. Plañideras con las carnes pálidas y los rostros enjutos, que alimentaban con sus lágrimas falsas el velatón por ese hombre impío.


Salí a la calle consternada, con la extraña sensación de pérdida amarrada a mi espalda. No podía sacar de mi cabeza su mirada concupiscente y acusadora. La sentía clavada en mis ojos desde que el verdugo estiró con brutalidad el pellejo de su espalda, y un alarido inhumano atravesó los oídos de la multitud. Era el castigo habitual para los ladrones que robaban al clero: el desollamiento hasta la muerte. Caminé despacio por las calles vacías, con las lágrimas en los ojos y el corazón hundido en mi pequeño pecho. Sentía el lastre de la culpa, casi tan pesado como el bulto que escondía debajo de mis raídas ropas. Recordaba bien la sonrisa de padre cuando me señaló al obispo, el temblor que se apoderó de mí cuando me deslicé por su lado y corté la tira de cuero de su faltriquera. El grito de enojo que profirió al sentirse vacío de su oro y la cara de espanto de mi padre. Él mismo se condenó.

Tintinean las monedas, como gritos de condenados. Me invade el miedo. Una figura se recorta en el extremo opuesto de la calle, y un maligno destello se adivina en su mano extendida. Podría correr, pero el diablo siempre sabe cómo cobrarse sus deudas.

Combustión interna


Las nubes presagian tormenta. El viento sopla con fuerza y las herrumbrosas farolas del barrio de La Alhóndiga se mecen al compás, con el titileo de sus bombillas dentro de sus sucias celdas de cristal, como guiños de un alma bruja. Imagino las gotas de agua sobre mi rostro, rememoro otros días, más antiguos, cuando en mi boca el sabor de un alfeñique me hacía sentir feliz. Qué difícil ahora volver a aquel tiempo, a aquellas tierras. ¡Benaiga! Qué fácil era sonreír, con los dientes mondados en mi boca y la inocencia pendiente de un hilo, a punto de sucumbir en manos de la realidad.

Llaman a la puerta, debería de abrir. La pizpireta voz de mi vieja secretaria me avisa desde el otro lado de la madera. Miro el reloj. Sucumbo a mis temores: los devaneos de mi enfermiza mente vuelven a acudir, puntuales. El calendario sigue marcando con una equis cada día menos que nos queda de vida. El tiempo transcurrido. Nos habla de lo que hemos dejado atrás y del futuro incierto. Maldita decisión, odiado pasado. Me miro al espejo, me devuelve la imagen de un hombre maduro, con el cabello pintado de plata. La sonrisa tuerta no reconoce al pelaire que se pagó los estudios bajo la fría intemperie.

Repiqueteo de nudillos. La gota de frío sudor en mi frente. Una imagen indebida, un deseo incontenido. Sus ojos, siempre esos carbones encendidos. Me persiguen, me atormentan. Sueño con ellos, con su piel suave. Con la delicada curva de su cuello, el delirante nacimiento de sus senos. Cuando la miro, me embelesa perderme en el vals de su respiración. Sus pechos se elevan y se relajan, una y otra vez. Cadenciosa dulzura. Los labios se le entreabren voluptuosos al hablar. Imagino su lengua, dulce. El sabor de su piel, la calidez de su interior. Respiro hondo. Noto la tirantez de mi pantalón. La puerta se abre despacio, escucho la voz de mi secretaria a mi espalda. Sin volverme le hago una seña. Escucho unos pasos, pequeños, delicados. Puedo ver su silueta reflejarse en el cuadro de cristal colgado en la pared. Su melena se mece sobre sus hombros. Se acomoda en el diván y mi pulso se acelera.

Pienso en aquellos días cuando preparaba la lana. Anhelaba ser algún día un buen médico, un buen psiquiatra. En la Universidad no te preparan para esto. Respiro hondo…

Moje láska




Era delgada en extremo, enfundada siempre en aquel ajado pichi desteñido, donde las flores se habían marchitado como su piel, macilenta y arrugada. En la boca dos dientes podridos sujetaban con fiereza un cigarrillo negro. El humo ocultaba el apagado brillo de sus ojos, que miraban sus manos, engarzadas en un eterno y obsceno abrazo. Los dedos, eran ramas secas de un árbol muerto. A un palmo de sus piernas descansaba siempre un poto de mate amargo, como a ella le gustaba. Mis ojos le sonreían por detrás de los cristales de mis gafas. Cada día me costaba más encontrar su figura, volátil allá donde mi cansada vista se negaba a arrastrarse, para recorrer con delicadeza su cuerpo menudo.


Cada mañana me sentaba a esperarla en el mismo banco. Dejaba pasar arrugados los minutos, arrancados a un tiempo enfermizo. Veía cruzar las barcazas el Moldava, escuchando a los timoneles vociferar a los turistas, mientras les contaban leyendas antiguas de una ciudad imaginada. Soñaba que los años no habían sido sombríos, que no se habían llevado la juventud ni el deseo. Que mi corazón no lo sentía más débil en mi pecho. Y que en el taller de mis sentimientos los martillos dejaban de golpetear cada vez que veía su sonrisa.


Ella llegaba despacio, un paso cadencioso detrás del siguiente. Su figura se balanceaba como un espárrago mecido por el viento de primavera. Llegaba hasta mi lado y, con un inconmensurable esfuerzo, se dejaba caer desmadejada, como una muñeca rota. Yo acariciaba su cabello suave, besaba su frente y encendía un cigarro, que depositaba en su boca, como un beso enamorado. Como un hechizo, una ofrenda a un dios cansado que me negaba tenerla, y a la vez me alquilaba su presencia. Después sacaba el poto de mate de una vieja mochila de cuero marrón. Aquella que ella trajo un día, cuando su pelo era del color de un atardecer de otoño.


Después nos quedábamos mirando el río. Las horas pasaban sin prisa mientras le dictaba poemas al oído, que escribía cada anochecer, cuando el insomnio me mordía.


Y, a veces, creía entrever una sonrisa en su rostro. Un brillo en sus ojos.


Era delgada en extremo. Como la fina línea que separa nuestra existencia.


Más hoy no vino a sentarse a mi lado. El arrendador del tiempo ya no le fió más el contrato.

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