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Roto.




Prometí que no lo haría, pero aquí estoy de nuevo, apoyada mi frente sobre este frío cristal, viendo repiquetear la lluvia en la ventana de la solitaria habitación de hotel.

Mi equipaje descansa sobre la cama, sin abrir, no tengo intención de alargar la estancia más de lo mínimamente imprescindible. Una simple maleta de mano con unas pocas mudas reflejando en su gastada piel mil batallas perdidas es todo lo que necesito.



El reloj acuna cada segundo, acercándome irremisiblemente a mi destino. Cierro los ojos, suspiro, doy media vuelta y tras recoger mi chaqueta y el pequeño paraguas, dejo atrás mi diminuta estancia.



La calle está vacía de personas y de sentimientos, tan solo algún faro lejano me recuerda que no estoy solo en esta jungla de asfalto, desafortunadamente. Ando despacio, sin prisa, recreándome en cada paso, queriendo saborear los recuerdos.



Hace algo más de un año que te conocí, en esos momentos me encontraba en Londres por motivos de trabajo. Las noches eran muy largas y mi soledad inacabable, el único lujo que me podía permitir era la conexión Wifi del hotel, así que cada noche me dejaba caer en la desmadejada cama y navegaba por los mundos de los chats, donde al menos podía hablar si encontraba alguna alma solitaria que no quisiera tan solo sexo fácil y conversaciones intrascendentales. Durante ese tiempo conocí a diversas personas con inquietudes interesantes y enfoques de la vida que se aproximaban a los míos, pero siempre eran hombres solitarios como yo, encerrados en la coraza de los años.



Pero un día fue diferente, una calidez atravesó la fría pantalla del ordenador y tus palabras me despertaron, me hicieron soñar. Empezamos a hablar de nimiedades, buscando en los entresijos de nuestras vidas pequeñas cositas que nos fueran acercando. No recuerdo ni como te conocí, en ocasiones, la pantalla se llenaba de pequeños recuadros que iba cerrando progresivamente, pues no me interesaban, pero a ti te mantuve en espera. La conversación fue fluyendo a temas más delicados, más personales, me hiciste reir, me hiciste temblar en la espera de ese cursor parpadeante que no me mostraba tus palabras, y así, quedamos para el día siguiente. “¿Es una cita?”, te pregunté, “!Claro…!”, respondiste, dejando las palabras en suspenso…



Al día siguiente no podía quitarte de mi pensamiento, deseaba locamente que llegara el momento de nuestro encuentro y, al final, tras una larga jornada de trabajo, el momento deseado se acercaba. Me senté frente a la pantalla, nervioso, temblando de los pies a la cabeza, como un adolescente en su primera cita, entré en la sala donde debía encontrarte con la respiración contenida y ahí estabas tú, “!Hola!”, conseguí escribir con mis temblorosos dedos, “Hola…”, respondiste, “Llegas tarde…”



Las citas cibernéticas se fueron sucediendo, en cada ocasión la conversación se hacía más íntima, más personal, hablamos de nuestros sueños, de nuestras pasiones y miedos, de las desventuras y de un largo etcétera que llenó cientos de líneas envueltas de sentimientos. Poco a poco necesitamos más y, tras muchas deliberaciones nos conectamos en el Messenger, creando un mundo para nosotros solos, donde nuestras voces aceleraron nuestras pasiones y, por fin, conseguimos vernos cara a cara. Unos ojos azul claro acunados por tus increíbles pestañas me derritieron al otro lado del mundo, dejaste que la cámara se alejase despacio, dándome tu pequeña y dulce nariz, los oyuelos de tus mejillas que se hundían delicadamente cuando tu sonrisa inundó mi mundo y, sin darte cuenta hiciste ese gesto que me volvería loco, apartando un mechón rubio de tu frente y deslizarlo detrás de tu oreja. Ya lo estaba, pero en ese momento mientras el temblor de mis rodillas rozaba lo indescriptible y mis dientes castañeaban de miedo, nervios y mil emociones contenidas, supe que eras la niña de mis ojos, mi vida, mi sueño, mi amor.



Mis dedos acariciaron la pantalla, siguiendo el contorno de tu cara, mi sonrisa me delataba como un tonto enamorado y tú, con ese brillo en los ojos, me hacías morir de ganas de ti.



Un día, dos días, tres días… El tiempo empezó a correr despacio esperando el momento de poder estar contigo, necesitaba tu abrazo, el calor de tu piel, el sabor de tus besos.

Poco a poco el año fue acabando, aún tenía que estar en Londres hasta la primavera, pero tenía varios días de vacaciones que aprovecharía para completar un sueño, ir a visitarte, conocerte y poder probar el sabor de tus labios.



Tú vivías en un pequeño apartamento en el centro de Sevilla, con la sola compañía de un gato callejero que llamabas Mozart, dada su costumbre a pasearse por encima de tu piano de cola, único recuerdo de tu familia, fallecida años atrás en un trágico accidente de carretera cuando volvían de Madrid atravesando el puerto de Despeñaperros. Un camionero se durmió al volante de su vehículo y chocó frontalmente en una de las cerradas y peligrosas curvas. Te quedaste sola, en una enorme casa de tres pisos con vistas al Guadalquivir en la misma Calle Serpis. Los recuerdos y a la soledad hicieron que la vendieras y te trasladaras a ese pequeño refugio en medio del casco antiguo, donde la vida se volvió más sencilla aunque igual de dura.



Y allí es donde íbamos a empezar nuestra nueva vida, tú y yo, solos contra el mundo.



Llegué a la estación de Santa Justa en el Ave, después de hacer escala en Madrid, pues no encontré pasaje directo. El trayecto se hacía interminable a pesar de la velocidad y la comodidad del tren, los nervios me sacudían el cuerpo entero, sufriendo repentinos ataques estomacales que me dejaron hecho una piltrafa al finalizar el trayecto. No pudiste acercarte a la estación, coincidía con un ensayo de la Filarmónica, pero quedamos en encontrarnos en la puerta de La Marena, yo conocía Sevilla por cuestiones de trabajo y no tenía ningún problema para llegar.



La gente se agolpaba en el andén de llegada, maletas, viajeros y nervios se entremezclaban. Respirando profundamente para tranquilarme, me deslicé hacia la salida, donde un cielo gris de tormenta me esperaba, cargando el ambiente de electricidad estática. Me subí al primer taxi que vi en la parada y le dí la dirección, junto el jardín de del Parlamento de Anadalucía hay una cafetería que hace esquina, desde donde podría verte llegar, pues al otro lado de la calle se eleva la antigua puerta árabe de la ciudad, la de La Macarena.



A través del cristal, el vaho jugaba a ocultarme la ciudad y yo, con mi mano, creaba túneles en medio de las tinieblas. El café descansaba sobre el mármol blanco, mi maleta a mis pies y yo, repiqueteando nervioso los dedos sobre el respaldo de madera.

Encima de la barra, el reloj dejaba pasar su agujas despaciosamente, mientras mi inquietud iba en aumento.



Por fin de te vi, envuelta en el fular azul claro, me sonreíste desde el otro lado de la calle, esperando que se pusiera verde el semáforo. Precipitadamente salí a buscarte, olvidando mi equipaje, preso de ti. La luz cambió, de rojo infierno a verde esperanza y los pasos que nos separaban eran tan solo un segundo imborrable donde tu sonrisa iluminaba mi mundo.



No lo vi venir, como una exhalación atravesó la distancia que nos separaba tras haberse saltado el semáforo en rojo, dejando sobre el asfalto una muñeca rota, con la cabecita caída en grotesca posición sobre sus hombros. Corrí hacia ti, te acuné en mis brazos, grité en silencio, lloré de odio, de rabia, de dolor, mientras tu vida se escapaba en cada estertor de tu débil pecho, que intentaba luchar por sobrevivir.



La ambulancia me arrebató tu cuerpo y en el hospital no me dejaron acercarme a ti, por no ser familiar cercano.



Una última esquela en el periódico, es todo lo que me queda, un pedazo de papel envuelto de mil caricias y mi lágrimas, vestido de tristeza, de odio, de miseria.



Hoy, un año después, mientras el resto del mundo celebra su fiesta con los suyos, mientras cada familia dice que es feliz, yo me acerco despacio a ese paso de cebra donde me fuiste arrebatada, deshojo la flor que aquella noche guardaba bajo mi abrigo, y te lloro, mientras me pregunto, quien se atreverá hoy a desearme feliz navidad.

Tantro

En proyecto de restauración

Lunes


Lunes, 8: 45 de la mañana.


Hoy ha amanecido gris el cielo, las nubes se arremolinan alrededor de la montaña donde el repetidor preside a su audiencia.


Lourdes lleva a Tomás de la mano, el niño no ha pasado un buen fin de semana, pesadillas y alocadas carreras nocturnas por el pasillo han sido la tónica general, por lo que ella tampoco ha descansado lo suficiente. Su marido tampoco está de buen humor, le ha tocado guardia el Domingo y encima el niño no los dejó dormir.

Un fin de semana para el recuerdo.


La acera hasta el colegio está repleta de madres y padres con sus hijos, mochilas, libros, caras de sueño y de desesperanza untadas en pieles de todos los colores.


África viene de la mano de su padre, Damián. De joven hay que admitir que era un tipo guapo, piensa Lourdes, pero ahora se ha dejado mucho, con esa coleta llena de canas y un aspecto de drogadicto que no acompaña mucho.


Se saludan, los dos niños son muy buenos amigos, se dan la mano y entran juntos en el colegio, la Seño ya está haciendo la fila para entrar en clase.


Un beso fugaz, un hasta luego pórtate bien y cada progenitor cede a su descendiente con un lamento del corazón.


La clase es una explosión de colores, las paredes están vestidas de dibujos, estanterías llenas de juguetes y material de trabajo, librerías llenas de cuentos y mesas diminutas a sus pies.


Nerea, la seño, tiene 28 años, todavía no ha aprobado la oposición pero al menos este año tiene una sustitución en este colegio y podrá ocuparse todo el año de la misma clase. Su pelo castaño claro juega creando desafiantes bucles en sus hombros.


Veinticinco niñas y niños se arremolinan a sus pies, se siente como Gulliver en el país de Liliput. Con maestría aprendida tras innumerables horas de trabajo los alecciona a sentarse en círculo, para realizar la asamblea en la que pasará lista de los asistentes, colocando una foto de cada uno ellos en el casillero correspondiente y, si alguno estuviera enfermo y no hubiera ido a clase, en la casita de colores dibujada en cartulina en la pared.


Cada nuevo curso escolar trae nuevos retos y aventuras, y cada colegio es un mundo. En este en particular, de 25 alumnos que comportan la clase, se pueden observar a simple vista hasta siete nacionalidades diferentes, con la problemática del idioma, diferencias socioculturales, económicas y por supuesto, religiosas. Por todo ello, entre otras cosas se ha decidido anular la asignatura de religión, así como la celebración en el aula de cualquier fiesta de carácter religioso, ya sea Navidad, Pascua, etc.


Tras la asamblea, Nerea les ofrece a cada uno de ellos una hoja de papel, los sienta en las diminutas mesas y les pide que, utilizando los colores que previamente ha dispuesto para que compartan dibujen lo que han hecho este fin de semana.


Rubén es un chico serio, callado y en ocasiones conflictivo, con el ceño eternamente fruncido y que, de repente, se abraza violentamente a Nerea. De tez ligeramente oscura y unos inmensos ojazos negros, realmente es un niño muy guapo.


Se sienta junto a Tomás y África, que siempre van juntos a todos lados, el resto de los niños dicen que son novios.


África está dibujando un parque donde fue a pasar el día con sus padres el Domingo, corrieron alrededor de los árboles, jugaron al escondite y dieron de comer a los patos en un pequeño estanque.


Tomás mira de reojo a su compañera, siempre se ruboriza cuando la mira de frente.

Se mete el lápiz de colores en la boca y lo mordisquea intentando acordarse del sueño de la otra noche, ese que con el que casi se hizo pis en la cama y tuvo que salir corriendo a la habitación de sus padres.


Rubén como siempre, está callado, coge una cera negra y dibuja un monigote tirado en el suelo, junto a él con una cera roja dibuja una gran circulo que pinta también de rojo, con unos grandes ojos amarillos, una boca llena de colmillos y unos temibles cuernos que le crecen en la parte superior.


Nerea se desliza entre las mesas, observando los dibujos y las caritas apasionas, al llegar tras Rubén se para y se acuclilla junto a él.

-Rubén, ¿has dibujado tu esto? - le pregunta cautelosamente.

El niño, no responde, tan solo asiente levemente, cabizbajo.

-Quién es este que está en el suelo Rubén, ¿eres tú? – El niño asiente de nuevo, sin levantar la mirada.

-Y este otro, Rubén, ¿Quién es? – Nerea está preocupada, no es un dibujo nada alentador.

Silencio.

-Rubén, venga dime, ¿quien es este que está contigo? – insta de nuevo Nerea.

Silencio.

Rubén levanta levemente la mirada, en sus ojos hay miedo y sus labios tiemblan.

Nerea lo coge de los hombros delicadamente y con la mano le acaricia suavemente su cara.

-No pasa nada cariño, no tienes que decir nada. – no quiere forzarlo, ya buscará ayuda si fuera necesario.

Rubén la mira fijamente esta vez, abre la boca, despacio, casi no le salen las palabras, tan solo un susurro.

-¡Es Papá!!

Incomprensión.

Acabo de llegar de Londres, mi mochila huele a niebla y gotas de lluvia.


El tren se detiene en la estación con un suspiro de cansancio. Llego a mi destino, mi pequeña ciudad provinciana a la que, por motivos, “he tenido que emigrar” como diría “Siniestro” en su “Mía terra Galega”.


Es domingo, creo, y las calles a esta hora están vacías, tan solo yo y unos pocos viajeros anónimos nos deslizamos por la desierta estación.


Mi casa no queda lejos, unos diez minutos andando a buen paso. El golpe es brutal, de la bulliciosa ciudad metropolitana, con sus autobuses de dos pisos, taxis adormecidos en el tiempo y una increíble mezcla de culturas y razas, aterrizo en esta población anclada aún en sus miserias cotidianas como hace cincuenta años.


Enfilo la desierta avenida, con sus comercios cerrados. El viento aúlla entre los árboles de la alameda, haciendo revolotear a mi alrededor las caducas hojas, que juegan a ejecutar extrañas danzas entre mis pies y mi pelo. Sonrío, vuelvo al hogar, ¿no?.


Escucho a lo lejos un extraño retumbar, me sobresalta, pues no lo relaciono con nada conocido, pero lo dejo pasar.


Al llegar a la fuente de piedra, con su mansa agua creando espirales en su lecho, cruzo la avenida, internándome en el barrio antiguo. El castillo se perfila en lo alto de la colina, con sus pendones ondeando al viento, la cúpula de la iglesia a su derecha, con el reloj detenido eternamente en las 12:20 y las nubes robándole protagonismo al sol.


Dos calles más y llegaré a mi destino, me muero pode deshacer la mochila, darme una ducha caliente y descargar las cientos de fotos que he tomado, como un buen voyeur accidental.


Pero una sorpresa me aguarda, al doblar la última esquina una mole humana, silenciosa y apática me cierra el paso. Sorprendido y aturdido me detengo para comprobar como, en medio de la multitud, una suerte de extraños personajes con cucuruchos en la cabeza, imitando al ku klux clan, arrastran sus pies sobre el asfalto, portando en sus manos unos largos cirios encendidos.


El sobresalto es impactante, no sé que día es ni lo que están celebrando, pero de lo que sí tengo absoluta certeza es que la ceremonia, es absolutamente macabra.


Intento hacerme hueco entre la hacinada multitud de personas bien vestidas, pero se hacen una consistente piña, la cual es imposible de atravesar. Yo solo quiero llegar a mi casa.


Doy marcha atrás y tomo un camino alternativo, intentaré llegar por la parte de arriba. Tras diez minutos de laborioso periplo a través de las laberínticas callejuelas, me vuelvo a encontrar con el muro humano.


Pero esta vez no podrán conmigo.


Utilizando mi mochila como ariete, la incrusto entre dos hombres de mediana edad que, tras varios improperios y vejaciones verbales destinados a mi persona, ceden unos milímetros que aprovecho para meter la pierna y hacer palanca, apareciendo en mitad del circo ambulante que atraviesa las calles. Estupefacto, miro a derecha e izquierda, mis largas greñas y descuidada vestimenta desentonan entre mantos blancos y lilas, coronados por capuchas puntiagudas.


Las miradas se clavan en mi pobre esqueleto, siento cientos de puñales que me atraviesan y rayos saliendo de sus ojos.


Reacciono y pongo pies en polvorosa, en cuatro fugaces pasos salto a la parte contraria de la calle enfrentándome a los aférrimos seguidores del espectáculo que, ahora sí, me dejan paso libre. No sin antes dedicarme ciertas lindezas, directas e indirectas que me resbalan sobre la mochila para caer espachurradas contra el suelo.


Libre, por fin…


Ante mí, un estrecho corredor, pues no se le puede denominar ni siquiera callejuela, me abre paso hasta mi hogar, al que llego exhausto y dolorido en mi fuero interno.


A menos de diez metros de la puerta, por la calle donde desemboca la diminuta plazuela donde vivo, de nuevo veo el muro ¿inhumano?. Y deslizándose en medio de su curso, el continuo baile de helados de fresa y nata invertidos.


Entro en mi casa, arrojo la mochila al suelo y subo corriendo al segundo piso, donde se encuentra el estudio. Abro las ventanas de madera de par en par, estoy cabreado, herido en mi fuero interno y en mi orgullo.


En una esquina duerme mi pequeña y negra alma de acero, la acuno suavemente entre mis brazos y le doy vida conectando el amplificador.


Una sonrisa cruel se dibuja en mi rostro.


En la calle, el silencio de la cabalgata mortuoria, se impregna despaciosamente de la carencia de unos lejanos tambores, tocando un solo y acompasado ritmo.


El "Marsahll" cobra vida, un zumbido que va aumentado de volumen conforme giro el potenciómetro.


El pedal de efecto "Overdrive Distorsion" se ilumina al ser presionado por la punta de mi pie.


Cierro los ojos…sonrío…y mi "Les Paul" cobra vida, tiñendo de un sobrecogedor aullido de rabia las paredes de mi pequeño ático, atronando mis oídos que supuran venganza.

Bocanadas de notas entrelazadas escapan al exterior por las ventanas abiertas, donde cientos de manos se tapan los oídos, ojos se cierran de rabia, tambores pierden el ritmo, y velas se apagan al caer al suelo presas del temblor de manos de sus propietarios.


La locura dura escasos minutos, pero para mí son la panacea más inmensa del mundo.


En mi delirio, las yemas de mis dedos se hieren en el veinteavo traste, ejecutando un convulso baile sobre el diapasón, hasta que el crujido de una cuerda al romperse me devuelve a la realidad.


Sonrío, el éxtasis ha terminado.


Cierro las ventanas, en la calle se escuchan quejas, murmullos, palabras insolentes e irracionales.


El timbre de mi casa arde en convulsas y repetitivas llamadas.


Cierro la puerta de la escalera, me acerco al equipo de música y dejo que me envuelva la música de Stan Getz con su "Girl of Ipanema"...


Sobre la mesa, el último libro de Joe Hill, enciendo una vela y una ramita de incienso.


Voy a prepararme un té…

África.

África tiene 4 años, el pelo color zanahoria y un juego de pecas revoltosas que bailan y se persiguen en sus mejillas, los ojos de un gris ceniza que heredó de su padre y una nariz chatita y dulce que a su madre le encanta besar.

Todos los días a la hora de la cena, Africa se sienta a la mesa a junto a sus padres. Él enciende la televisión, sintoniza el canal de noticias y, durante lo que a África le parece una eternidad, el silencio se adueña de la mesa del comedor mientras los altavoces de la pantalla plana escupen desgracia tras desgracia. Muertes, guerras y atrocidades impensables e inimaginables, como siempre la realidad es más cruel que cualquier ficción.

Acabada la cena, su Padre se tumba en el sofá mientras su Madre recoge la mesa con su pequeña ayuda.

Es tarde, debe irse a dormir, Mamá la acompaña a la cama, la arropa y le da un beso en la frente. En ocasiones su Padre también viene a la habitación, pero depende de lo cansado que esté después de un largo día de trabajo. En esas ocasiones se sienta a su lado, coge un libro de la estantería y le cuenta un cuento. A África le encanta la voz de su Padre, es dulce y melodiosa, le hace sumergirse despacio en los brazos del reino de los sueños.

Hoy, África está inquieta, se remueve en su cama mientras su Madre apaga la luz de la habitación.

- Cariño, ¿qué ocurre…? – susurra su Madre.

África levanta su pequeña cabecita de la almohada, le tiemblan los labios.

- Mamá, los monstruos, ¿existen…? –las palabras salen entrecortadas de su boca.

- No cariño, claro que no, tranquila mi vida – responde su Madre mientras le acaricia el pelo.

- Entonces…- duda un instante, las palabras se le atragantan – Mamá, ¿qué es un pederasta?.

El show debe continuar

Juan tiene 35 años, el pelo negro y lacio que le cae sobre la frente, le encanta que se le mamen las negras del puerto, sobre todo esa macizorra de enormes tetas y unos labios que bien podrían succionársela a un caballo.

Felipe es delgado, cabizbajo. Es más joven que Juan pero la alopecia galopante que sufre se ha llevado más de la mitad de su desdichada cabellera. En su ordenador portátil se acumulan cientos de fotos de chicos jovencitos en posturas inverosímiles. Hace dos años que contrajo el sida, pero no se lo ha comentado a nadie, aunque está aterrado.
La inminencia de la muerte le desvela y hace mella en su desquiciada mente.

En la barra está Andrés, vuelve con tres cubalibres y el cigarro colgando de sus labios, lleva la barba sin afeitar y los ojos enrojecidos de la coca que se ha metido en el servicio hace un momento.

Los tres son compañeros de profesión y todos los primeros sábados del mes, en cuanto cobran su nómina, quedan para emborracharse e irse de putas. Es un ritual que se pierde en la época del instituto cuando eran unos imberbes con ganas de comerse el mundo en dos bocados.

Hoy están en el “Cisne Blanco”, ese tugurio de lujo con las luces de colores, como cantaba Sabina.

Anika se acerca ellos, los conoce de siempre, como a la mayoría de clientes habituales.
Vienen, beben se drogan follan y se marchan arrastrándose a casa, siempre el mismo ritual.

El pelo rubio le cae en cascadas sobre los hombros, rozando sus pezones que apuntan al cielo. Su tanga morado se ajusta a sus caderas, dejando muy poca piel a la imaginación.
Se arrodilla delante de Felipe, es su preferido, tiene ese aire de chulo romántico, le recuerda a “Papito…”, pero un poco más joven…

La conversación fluye, risas, copas, rayas. Mañana será otro día.

El odiado día de después, cuando la vida vuelva a su cauce normal y tengan que enfrentarse ante su público de nuevo, siempre el mismo.
La típica resaca soslayada por litros de café y alguna raya para no perder el hábito.

El hábito, nunca mejor dicho.

Cuando salgan mañana ante su rebaño, paciente y obediente y encaramándose al púlpito comience la representación.

¡Queridos Hermanos, estamos aquí reunidos…!!!


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Susurros en la oscuridad

Corre!!

Corre!!

La rabiosa voz del Miedo resuena una y otra vez en su pequeña cabecita.

Corre!!

Sus pequeños piececitos se deslizan tropezándose a lo largo del interminable pasillo.

Corre!!

Corre!!

La llama arde en su pecho diminuto.

Un resbalón injusto, una rodilla que toca el suelo de forma brutal mientras su recién estrenadas manos, se abalanzan hacia delante para evitar la fatal caída.

Mira hacia atrás, las lágrimas ruedan como violentos torrentes por sus mejillas, el pelo ralo, rubio y lacio es una madeja de nidos de miedos.

Corre!!

Corre!!

Se levanta despacio, dolorido, amoratada su rodilla del golpe recibido y enruta de nuevo su carrera desesperada.

El pasillo está a oscuras, tan solo la luz de la luz de la luna llena se cuela tímidamente por la ventana del salón.

Corre!!

Sombras acechan en la oscuridad, fantasmas, monstruos.

De pronto su carrera llega a su fin abruptamente, con un golpe sordo su cabecita choca con la puerta de roble de la habitación de sus padres.

¿Qué ocurre?, oye desde dentro, levántate tú anda que mañana no madrugas.

La puerta se abre despacio, unos pies de mujer enfundados en unas zapatillas de estar por casa rosas con margaritas.

Un pequeño grito…Cariño, qué haces aquí, qué te ocurre, estas bien?

El niño solloza hecho un ovillo a los pies de su madre, acurrucado contra la puerta.

- Un monstruo Mamá, un monstruo… - balbucea mientras los mocos asoman por su nariz uniéndose al torrente de lágrimas.

Ella se agacha, lo acoge en su regazo y le limpia la cara con la manga de su pijama de franela beig.

- Los monstruos no existen cariño, no pasa nada – lo acuna entre sus brazos mientras le besa la frente y retira un rebelde mechón húmedo – Venga, vamos a la cama, te acostarás con nosotros.

La cama está caliente y segura, el niño se acurruca entre el hueco del pecho de su madre, que se duerme casi al instante. Sin embargo el aún tiembla, cierra los ojos, intenta detener los pequeños escalofríos que lo recorren.

Un pequeño ruido, proviene del fondo de la habitación.

Su cabecita se alza unos centímetros, el display verde del reloj de la mesilla de noche alumbra indolente el armario con su espejo de cristal.

La puerta se abre sigilosa, unos centímetros…

Aguanta la respiración, no quiere gritar, su madre le ha prometido que los monstruos no existen.

Una mano huesuda acabada en una garra de retorcidas uñas surge silente de entre los vestidos colgados de su madre, apunta hacia él su dedo índice, y burlonamente le insta a seguirlo…

November Rain

Prólogo: Este relato es la segunda parte del anterior "Still loving you". Pueden leerse por separado pero, tiene más sentido si lo hacen unidos.

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No te lo he dicho nunca, pero te odio.

Odio el día en que apareciste en mi vida.

Yo era un niño inocente, con mi vida, mis alegrías y mis penas. Tenía una chica increíble a mi lado, un trabajo y tú llegaste para derramar las mieles del deseo sobre mi boca, ignorando las consecuencias.

Hoy he ido abriendo cajas escondidas en el sótano y en una de ellas estabas tú, creía que te habría enterrado entre mis recuerdos para no reaparecer jamás pero no, aquí estás. Con tu larga cabellera castaña cayendo en cascadas sobre tus hombros, tus pequeños y preciosos ojos verdes y esos sensuales labios que me hicieron perder la razón.
Mis manos tiemblan mientras sostengo tu foto y mi corazón se encoge.

No tenías derecho... Y, sin embargo, morí por ti.

Fue a mediados de Marzo ¿lo recuerdas?, llegaba a casa de Esteban, se iba a dar una ducha y cambiarse para salir a cenar y me dijo:

- Venga, tío, conéctate un rato mientras yo me ducho.

Yo miré aquel cacharro, para mí era como una nave espacial de la NASA, tal era mi experiencia con ordenadores.

- ¿Y qué hago? – pregunté yo sentado delante del monitor y sin saber muy bien qué esperaba de mí.

- Pues te me metes en un chat por ejemplo y charlas un rato.

Viendo mi cara de ineptitud total, vino a socorrerme, se metió en un chat, puso un Nick, me dio una clase teórico-práctica acelerada y se fue a la ducha.

Ahí quedé yo, delante de una pantalla plana de color blanco donde deambulaban letras en loca carrera persiguiéndose unas a las otras y todas ellas, precedidas de un nombre raro y cortito de los cuales, más de uno me arrancó una sonrisa.

Yo intentaba seguir el hilo de las conversaciones, todas completamente intrandescentales, sin conseguir unir más de dos frases seguidas, aquello me estaba volviendo loco.

Vi por el rabillo del ojo que alguien hablaba de “privados” y aquello parecía sonar bien, así que ni corto ni perezoso solté mi bomba, la primera frase que escribía desde que me había sentado.

- ¿A alguien le gustaría perderse en una isla desierta?

Las palabras volaban, las frases se unían y se retorcían y, de repente, ante mis ojos saltó una pantalla pequeña.

- Hola, sí yo.
Sorprendido y nervioso, comenzamos a escribir palabras que iban saltando de tu mundo al mío, el corazón me latía a mil por hora, aquello era como un juego pero era divertido, aún recuerdo tu nombre de aquel día, Aracne, la hilandera.

Cuando mi amigo salió de la ducha yo estaba esperándolo con un pequeño papel de color blanco entre los dedos, apuntado en él un nombre y un número que sería mi perdición, mi locura, mi ruina y mi paso de la infancia mental a la dura realidad, pero ese día yo no lo sabía.

Recuerdo que una vez me plantearon una polémica bastante ardua, ¿se puede amar a dos personas a la vez?

En ese momento no supe dar una respuesta coherente, ahora sí podría contestarla.

Un SMS, otro…una llamada, risas, minutos y horas restados al sueño. Llamadas perdidas, locuras que dices y escribes, pero que no crees que vayas a realizar jamás.
Una vida paralela a la realidad, donde los días pasan dentro de un orden más o menos establecido.

Un día, se propone cumplir un deseo, un sueño.

Una cita a ciegas, una estación de autobús, una mentira absurda para ocultar la realidad a los ojos de quien comparte tu vida.

Los frenos del autobús chirrían y las puertas se abren con un último y convulso suspiro.

Ahí estas tú, pequeña y débil, sutil y bella, ansiosa, nerviosa y rebelde.

Me enseñaste Madrid a golpes de pestañas. Paseamos por sus calles: La puerta del Sol, donde se dan cita la mitad de los madrileños mientras la otra mitad aguarda impaciente; La Plaza Mayor con sus arcos y terrazas, artistas callejeros y músicos y
El Prado, con sus alamedas y rincones secretos y, mientras tanto, guardábamos las distancias, sin un beso, sin una caricia…

Las palabras se las había llevado el viento, tal vez por miedo y, sin embargo, la electricidad flotaba en el ambiente, mi piel se erizaba al estar a unos milímetros de ti y mi mano quería asir las tuyas. Como no, el momento llegó y tus labios fueron miel en los míos, nuestros labios se fundieron, no queriendo encontrar las manecillas del reloj que harían morir el tiempo que nos quedaba.

Entonces, ¿se puede amar a dos personas a la vez?

Pasaron los días, las semanas se hicieron eternas, cada segundo robado al tiempo a tu lado era una batalla ganada y perdida a mi razón.

Mi mundo se partía en dos, mi mente deambulaba cercana a la locura.

Y como ocurre en estos casos, la solución llegó sin buscarla.

Primero la perdí a ella, a mi razón de vivir, y con ella se perdió la ilusión de vivir para ti, para tu sonrisa, para tus labios.

Y un día, desapareciste.

Llovía, el aire traía racimos de tristeza.

Yo había cambiado, el niño feliz se había esfumado, perdió la inocencia y se convirtió en una marioneta que deambulaba con los hilos rotos.

Todavía te recuerdo, con tu falda de pana marrón y esa chaqueta entallada de piel beige.

El autobús se acababa de poner en marcha, subías despacio por la estrecha escalerilla, volviste un segundo la mirada, tus dedos deslizaron un mechón de tu pelo sobre tu oreja derecha y tus labios esbozaron una triste sonrisa mientras tus ojos lloraban sin lágrimas.

Llovía.

Y las gotas de lluvia jugaban a danzar a mi alrededor, creando poesías de abandono y tristeza.

Llovía, y el cristal empañado de tu ventana no me permitió volver a verte, ni un instante.

Tan sólo llovía y yo, impasible debajo de la lluvia de noviembre.


http://es.youtube.com/watch?v=F9sAo4Y0Rmg&feature=related


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Letra en castellano.


Cuando miro dentro de tus ojos
puedo ver un amor contenido
pero cariño cuando te tengo
no sabes que siento lo mismo

por que nada dura por siempre
y nosotros dos sabemos que el corazón puede cambiar
y es dificíl tener una vela
en esta fria lluvia de noviembre

Hemos estado a través de esto un largo, largo tiempo
simplemente tratando de matar el dolor

pero los amantes siempre vienen y los amantes siempre se van
y nadie está realmente seguro de a quién esta dejando ir hoy,
alejándose

si pudiéramos tomar el tiempo
para dejarlo en la línea
podría descansar mi cabeza
simplemente sabiendo que fuiste mia
toda mia
pues si quieres amarme
entonces cariño no contengas
o simplemente terminaré caminando
en la fría lluvia de noviembre

tu necesitas tiempo... en tí misma
tu necesitas tiempo... sola
todos necesitan algo de tiempo
para si mismos
no sabes que necesitas algo de tiempo... sola

Sé que es difícil tener un corazón abierto
cuando hasta los amigos parecen herirte
pero si pudieras curar un corazón roto
no habría tiempo fuera de encantarte

Aveces necesito tiempo... para mi sólo
aveces necesito tiempo... sólo
todos necesitan algo de tiempo
para sí mismos
no sabes que necesitas algo de tiempo... sola

y cuando temes hundirte
y las sombras aún permanescan
sé que puedes amarme
cuando no hay nadie a quien culpar
pues no importa la oscuridad
aún podemos encontrar un camino
por que nada dura por siempre
hasta la fría lluvia de noviembre

no pienses que necesitas a alguien
no pienses que necesitas a alguien
todos necesitan a alguien
tu no eres la única
tu no eres la única

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