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Roto.




Prometí que no lo haría, pero aquí estoy de nuevo, apoyada mi frente sobre este frío cristal, viendo repiquetear la lluvia en la ventana de la solitaria habitación de hotel.

Mi equipaje descansa sobre la cama, sin abrir, no tengo intención de alargar la estancia más de lo mínimamente imprescindible. Una simple maleta de mano con unas pocas mudas reflejando en su gastada piel mil batallas perdidas es todo lo que necesito.



El reloj acuna cada segundo, acercándome irremisiblemente a mi destino. Cierro los ojos, suspiro, doy media vuelta y tras recoger mi chaqueta y el pequeño paraguas, dejo atrás mi diminuta estancia.



La calle está vacía de personas y de sentimientos, tan solo algún faro lejano me recuerda que no estoy solo en esta jungla de asfalto, desafortunadamente. Ando despacio, sin prisa, recreándome en cada paso, queriendo saborear los recuerdos.



Hace algo más de un año que te conocí, en esos momentos me encontraba en Londres por motivos de trabajo. Las noches eran muy largas y mi soledad inacabable, el único lujo que me podía permitir era la conexión Wifi del hotel, así que cada noche me dejaba caer en la desmadejada cama y navegaba por los mundos de los chats, donde al menos podía hablar si encontraba alguna alma solitaria que no quisiera tan solo sexo fácil y conversaciones intrascendentales. Durante ese tiempo conocí a diversas personas con inquietudes interesantes y enfoques de la vida que se aproximaban a los míos, pero siempre eran hombres solitarios como yo, encerrados en la coraza de los años.



Pero un día fue diferente, una calidez atravesó la fría pantalla del ordenador y tus palabras me despertaron, me hicieron soñar. Empezamos a hablar de nimiedades, buscando en los entresijos de nuestras vidas pequeñas cositas que nos fueran acercando. No recuerdo ni como te conocí, en ocasiones, la pantalla se llenaba de pequeños recuadros que iba cerrando progresivamente, pues no me interesaban, pero a ti te mantuve en espera. La conversación fue fluyendo a temas más delicados, más personales, me hiciste reir, me hiciste temblar en la espera de ese cursor parpadeante que no me mostraba tus palabras, y así, quedamos para el día siguiente. “¿Es una cita?”, te pregunté, “!Claro…!”, respondiste, dejando las palabras en suspenso…



Al día siguiente no podía quitarte de mi pensamiento, deseaba locamente que llegara el momento de nuestro encuentro y, al final, tras una larga jornada de trabajo, el momento deseado se acercaba. Me senté frente a la pantalla, nervioso, temblando de los pies a la cabeza, como un adolescente en su primera cita, entré en la sala donde debía encontrarte con la respiración contenida y ahí estabas tú, “!Hola!”, conseguí escribir con mis temblorosos dedos, “Hola…”, respondiste, “Llegas tarde…”



Las citas cibernéticas se fueron sucediendo, en cada ocasión la conversación se hacía más íntima, más personal, hablamos de nuestros sueños, de nuestras pasiones y miedos, de las desventuras y de un largo etcétera que llenó cientos de líneas envueltas de sentimientos. Poco a poco necesitamos más y, tras muchas deliberaciones nos conectamos en el Messenger, creando un mundo para nosotros solos, donde nuestras voces aceleraron nuestras pasiones y, por fin, conseguimos vernos cara a cara. Unos ojos azul claro acunados por tus increíbles pestañas me derritieron al otro lado del mundo, dejaste que la cámara se alejase despacio, dándome tu pequeña y dulce nariz, los oyuelos de tus mejillas que se hundían delicadamente cuando tu sonrisa inundó mi mundo y, sin darte cuenta hiciste ese gesto que me volvería loco, apartando un mechón rubio de tu frente y deslizarlo detrás de tu oreja. Ya lo estaba, pero en ese momento mientras el temblor de mis rodillas rozaba lo indescriptible y mis dientes castañeaban de miedo, nervios y mil emociones contenidas, supe que eras la niña de mis ojos, mi vida, mi sueño, mi amor.



Mis dedos acariciaron la pantalla, siguiendo el contorno de tu cara, mi sonrisa me delataba como un tonto enamorado y tú, con ese brillo en los ojos, me hacías morir de ganas de ti.



Un día, dos días, tres días… El tiempo empezó a correr despacio esperando el momento de poder estar contigo, necesitaba tu abrazo, el calor de tu piel, el sabor de tus besos.

Poco a poco el año fue acabando, aún tenía que estar en Londres hasta la primavera, pero tenía varios días de vacaciones que aprovecharía para completar un sueño, ir a visitarte, conocerte y poder probar el sabor de tus labios.



Tú vivías en un pequeño apartamento en el centro de Sevilla, con la sola compañía de un gato callejero que llamabas Mozart, dada su costumbre a pasearse por encima de tu piano de cola, único recuerdo de tu familia, fallecida años atrás en un trágico accidente de carretera cuando volvían de Madrid atravesando el puerto de Despeñaperros. Un camionero se durmió al volante de su vehículo y chocó frontalmente en una de las cerradas y peligrosas curvas. Te quedaste sola, en una enorme casa de tres pisos con vistas al Guadalquivir en la misma Calle Serpis. Los recuerdos y a la soledad hicieron que la vendieras y te trasladaras a ese pequeño refugio en medio del casco antiguo, donde la vida se volvió más sencilla aunque igual de dura.



Y allí es donde íbamos a empezar nuestra nueva vida, tú y yo, solos contra el mundo.



Llegué a la estación de Santa Justa en el Ave, después de hacer escala en Madrid, pues no encontré pasaje directo. El trayecto se hacía interminable a pesar de la velocidad y la comodidad del tren, los nervios me sacudían el cuerpo entero, sufriendo repentinos ataques estomacales que me dejaron hecho una piltrafa al finalizar el trayecto. No pudiste acercarte a la estación, coincidía con un ensayo de la Filarmónica, pero quedamos en encontrarnos en la puerta de La Marena, yo conocía Sevilla por cuestiones de trabajo y no tenía ningún problema para llegar.



La gente se agolpaba en el andén de llegada, maletas, viajeros y nervios se entremezclaban. Respirando profundamente para tranquilarme, me deslicé hacia la salida, donde un cielo gris de tormenta me esperaba, cargando el ambiente de electricidad estática. Me subí al primer taxi que vi en la parada y le dí la dirección, junto el jardín de del Parlamento de Anadalucía hay una cafetería que hace esquina, desde donde podría verte llegar, pues al otro lado de la calle se eleva la antigua puerta árabe de la ciudad, la de La Macarena.



A través del cristal, el vaho jugaba a ocultarme la ciudad y yo, con mi mano, creaba túneles en medio de las tinieblas. El café descansaba sobre el mármol blanco, mi maleta a mis pies y yo, repiqueteando nervioso los dedos sobre el respaldo de madera.

Encima de la barra, el reloj dejaba pasar su agujas despaciosamente, mientras mi inquietud iba en aumento.



Por fin de te vi, envuelta en el fular azul claro, me sonreíste desde el otro lado de la calle, esperando que se pusiera verde el semáforo. Precipitadamente salí a buscarte, olvidando mi equipaje, preso de ti. La luz cambió, de rojo infierno a verde esperanza y los pasos que nos separaban eran tan solo un segundo imborrable donde tu sonrisa iluminaba mi mundo.



No lo vi venir, como una exhalación atravesó la distancia que nos separaba tras haberse saltado el semáforo en rojo, dejando sobre el asfalto una muñeca rota, con la cabecita caída en grotesca posición sobre sus hombros. Corrí hacia ti, te acuné en mis brazos, grité en silencio, lloré de odio, de rabia, de dolor, mientras tu vida se escapaba en cada estertor de tu débil pecho, que intentaba luchar por sobrevivir.



La ambulancia me arrebató tu cuerpo y en el hospital no me dejaron acercarme a ti, por no ser familiar cercano.



Una última esquela en el periódico, es todo lo que me queda, un pedazo de papel envuelto de mil caricias y mi lágrimas, vestido de tristeza, de odio, de miseria.



Hoy, un año después, mientras el resto del mundo celebra su fiesta con los suyos, mientras cada familia dice que es feliz, yo me acerco despacio a ese paso de cebra donde me fuiste arrebatada, deshojo la flor que aquella noche guardaba bajo mi abrigo, y te lloro, mientras me pregunto, quien se atreverá hoy a desearme feliz navidad.

5 Comments:

  1. Froiliuba said...
    ya, ya se que no te mola nada de nda `pero...
    FELIZ AÑO 2009

    que este sea apear de la jodida crisis un año lleno de felicidad, o al menos de salud y esperanza

    bss
    Dante said...
    No hay fechas que cambien la tristeza que embarga la pérdida de un ser querido. Así y todo, hermano, como se sufre lo que se pierde, tenemos que aprender a disfrutar lo poco que nos quede. Es por eso que aprovecho para dejarte mis mejores deseos, para que este 2009 que llega te conceda todo lo bueno que tengas pendiente por concretar. Muchas Felicidades, para vos y los tuyos. Un abrazo.
    Felisa Moreno said...
    Feliz Año 2009, que sigas escribiendo tan bien como lo haces. Besos.
    Paulina Lombardo said...
    Espero que sea solo una historia y no tu real historia, porque seria muy triste.

    Me la lei completa de comienzo al final, y aunque me quede con la garganta apretada, me hizo recordar un par de historias una ficcticia como la de la pelicula circulo polar y otra real, una muchacha que quiso estar en el regimiento donde perecieron la mayoria de sus compañeros al perderce en una tormenta de nieve y ella escapo de milagro, se puso de novia con un muchacho que conocio bajo las circunstancia que le pasaron, pero finalmente no se el tiempo exacto despues de lo que le paso a sus compañeros, pero ella murió en un accidente de transito junto a su novio.

    Por eso mi duda, con respecto a si es una historia ficticia o real, en tu caso espero que no sea real y si lo fuera lo lamento mucho.

    Un día llegaste a mi blog no se como, pero me gusta, porque asi puedo venir a tomar un té con letras, ya que no soy dada por el café pero se que sabras perdonar mis gustos.

    Feliz año y que venga cargado de mas historias y mucha creatividad.

    Saludos, Pau.
    Kenia Patricia said...
    Interesante!

    Feliz año

    Un beso.

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