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Caricias.




La luz del atardecer bañaba coqueta su piel. Gotas de sudor bailaban en su cuello; jugaban a recorrer su pecho, tropezaban se erguían y continuaban su andadura. Polizones de un cuerpo desnudo. Tripulantes de un río de placer que habitaba palpitante bajo la sombra de un anciano alcornoque. El cuerpo se estremeció. El gemido acompañó su danza de pasión y el glosario de dulces sonidos se hizo música. La copa del curtido árbol fue mecida por el viento, y una cascada de cansadas hojas bañó el cuerpo yacente con un verde sarampión de caricias. Las manos de Diana recorrieron despacio su piel. La punta de sus dedos, acostumbrados a su fisonomía, dibujó caricias a su paso. Círculos de deseo que, con los párpados cerrados, le hacían rememoran otras manos, otros besos, viejos amantes. Un tacto invisible la sorprendió. Una sonrisa se dibujó en su rostro; quizás Céfiro no andará lejos, pensó. Se levantó despacio, tomó su toga caída a sus pies y empuñó su arco. Una gota de sudor encontró la curva hacia su vientre. La diosa cerró los ojos, sintió la caricia en su piel y suspiró. No muy lejos de allí, oculto entre las nubes, el dios del viento se acariciaba despacio.

Para ti.


Llovía. Las gotas resbalaban por tu paraguas, como lágrimas de un tiempo olvidado. Y en silencio – ese que hoy es tan lúgubre – nos mirábamos despacio. Tus ojos eran un espacio infinito, un insólito paraje donde imaginé perderme. Tus labios se abrieron despacio, sin emitir sonido alguno, tal vez una palabra urgente, un latido que se escapara por tus poros y quisiera arrastrarme. Despacio, el reloj se detuvo. Sobre nosotros, el tiempo nos observaba, impertérrito. Las ancianas piedras se susurraban viejas historias, reían, dejaban que el agua se deslizara sobre su fría piel, mientras su sombra nos acunaba. Debajo de un arco del acueducto te acercaste a mí. Yo temblaba. Tú también. Ni una solitaria fotografía, ni un detalle de ti. Sólo tu voz y tus palabras grabadas en mi piel. Promesas hechas a la luz de una pálida bombilla que iluminaba un cuarto vacío. Noches insomnes, como un tubérculo escondido bajo tierra, en las que escuché tu risa. Horas robadas al sueño. Palabras dictadas al aire, escritas en papeles en blanco, que se borraban al pulsar “delate”. Siempre impregnadas del temor del rechazo, de ese “no vendrá”, “me dará calabazas”, “estoy haciendo el tonto – de nuevo -“.

Pero ese día fue distinto. Ahí estabas tú, enfundada en una sonrisa traviesa. Una mano sosteniendo un frágil paraguas y la otra apoyada en mi pecho. Hoy hace nueve años de aquellas caricias compartidas, besos robados, orgasmos enfundados de ruegos: no te vayas, todavía es pronto. Las noches de hotel que se sucedieron despacio; escapadas habitadas de miradas furtivas al reloj, de sudores embadurnados de prisa.

Sin un por qué, nos perdimos la pista. Una noche olvidamos recordarnos. Quizás era más fácil que el tiempo se adueñara de nuestro recuerdo. Y sin embargo, fuiste la primera que creyó en mí.

Hoy te recuerdo como entonces, con la sonrisa cómplice, el corazón azorado. Hoy pienso en ti y no te olvido, aunque ya nunca pueda hablarte al oído. Y duele. Hace tanto daño. La vida es un regalo, un capricho del que disponemos por tiempo limitado, y el tuyo caducó antes de plazo. Jamás te olvidé. Siempre fui tu duende. Tú nunca dejaste de recordarme, lo sé.

Un beso María. Allá donde estés.

Siempre te querré.



Amanecer




Aquella noche, me di cuenta de que mi vida era todo lo contrario de lo que siempre había deseado. ¿Cómo asumir tal pensamiento sin caer en la locura? ¿Sería posible despertar y reconducir mi existencia, llevar mis pasos por el camino que soñé cuando era un crío? Quizás, lo más fácil hubiera sido dar media vuelta en el colchón. Volver a cerrar los párpados dormidos y abrazar a las pesadillas que, purulentas y con los dientes afilados, rechinaban los dientes al otro lado de la oscuridad. Pero no lo hice, me negué a ello. Por primera vez en lo que recuerdo de mi vida adulta, cogí las riendas, azucé al desbocado caballo que era mi continuo devenir por este espacio temporal al que nos escupe el destino al nacer y comencé a trotar. No fue sencillo. Lo primero fue luchar contra la pereza, que me arrastraba con ella, me abrazaba con sus cálidos tentáculos y me susurraba al oído mil prebendas: déjalo para mañana, no hay prisa, siempre encontrarás un mejor momento, piénsalo un poco, no te dejes llevar. Después me las tuve que ver con el cofre de los temores. Se abrió de golpe, sin avisar. Las bisagras chirriaron y de su interior salieron mil miedos vestidos de desconfianzas, recelos, aprensiones. Cualquier cosa era valida. Cualquier argumento era bueno para echar por tierra mi rebelión. Pero me negué. Sacudí mi cabeza y deslicé por la punta de mis cabellos todas aquellas palabras que tanto dolían. Grité. Elevé mi mirada a un techo blanco del que se desprendían desconchones de pintura, como las pieles de los ancianos que cuelgan de sus flácidos brazos. Conté cada una de aquellas heridas abiertas en mi cielo particular y vi que reflejaban mi conciencia, echa añicos. Abrí la boca, tomé aire y dejé que un grito desgarrador emergiera de mi garganta. Los ojos me lloraron, los oídos me dolieron sorprendidos por tan atronador sonido. El tiempo se detuvo, los latidos de mi pecho resonaron con fuerza en mi interior y me sentí liberado. Abrí la ventana y un rayo de sol se coló entre la bruma de un amanecer sonriente.

Quizás, hoy aprenda a vivir.

Mi única duda es: ¿estarás todavía allí, cuando te busque?

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