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La Urna



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25 de Octubre del Año del Señor de 1415. Norte de Francia.

Mi Señor ha muerto, una flecha inglesa le ha atravesado el pecho, saliendo por la espalda y clavándoseme en mi escudo, donde las armas de mi familia lucen las heridas causadas por las numerosas batallas. A pesar de la pesada y costosa armadura, a la distancia de menos de cincuenta metros que nos separa su primera línea de arqueros, esas mortificantes armas nos están vapuleando. Llegamos al campo de batalla con una proporción de tres contra uno a nuestro favor, y sin embargo, estamos siendo aniquilados por culpa de la ineptitud de nuestros mandos y la apabullante superioridad del armamento inglés. Nuestros caballeros con sus corceles de guerra han conseguido llegar hasta su posición, pero son repelidos una y otra vez, unas enormes estacas de madera afiladas como cuchillos defienden el cuerpo de arqueros, impidiendo que ningún caballero ose atravesar la empalizada, que se ha convertido en un improvisado mortuorio, donde los caballos de guerra han quedado ensartados por sus vientres.

Nuestro jefe de Ballesteros, David de Rambures ha caído, atravesado también por una de esas temibles saetas. A pesar de todas sus advertencias, pues puede que haya sido uno de los pocos hombres cabales en la contienda de hoy, fue llamado a poner en marcha sus huestes sin la protección de los enormes escudos, que protegían a los ballesteros a la hora de cargar sus pesadas y enormes armas. Esta laboriosa y penosa labor les ha acabado costando la vida ya que, ante la cadencia de disparo de tres proyectiles por minuto de estos, los arqueros ingleses desarrollan una velocidad notablemente mayor.

El sudor empapa mis ojos, la cota de malla se pega a mi cansado cuerpo, el yelmo, caído a mis pies se ha convertido en un artilugio inútil que pesa sobre mi cabeza, impidiéndome luchar con coherencia.

Nos vuelven a ordenar cargar, mis compañeros, cansados y heridos se miran entre sí, las heridas duelen, mas el orgullo y el honor de la derrota son más pesados si cabe.

La formación inglesa, en forma de cuña, con los hombres de armas protegiendo a los arqueros avanza paso a paso hacia nosotros, las hondonadas de flechas caen por doquier, arrancado decenas de vidas. El cuerpo de mi señor Luis, conde de Vendôme, yace desmadejado junto a los cadáveres de sus propios vasallos, acribillados, ensartados por el castigo que nos cae del cielo.

Escucho gritos a mi derecha, Guillermo de Saveus nos arenga a la carga montado en su imponente cabalgadura. Un grito unánime se alza sobre el fragor de la batalla proveniente de miles de gargantas, y marchamos como una sola masa humana a estrellarnos contra los invasores. Las defensas van cayendo entre gritos y mandobles, y al contacto con sus espadas, se desata la terrible meleé, la lucha cuerpo a cuerpo. He visto a Guillermo caer de su caballo, atravesado por una de esas terribles estacas. Un arquero, sin armadura, se ha acercado hasta él, que yacía tendido cual largo era, intentando volver a ponerse en pie, cuando ha sido atravesado por la daga del arquero, que introdujo su misericordia por las ranuras del casco, hundiéndola en su cráneo.

La lucha es encarniza, creo ver huir a los arqueros ingleses, que tiran sus armas al suelo, pero no, no huyen, con la agilidad que les proporciona su escasa vestimenta, echan mano de sus armas de mano y se abalanzan sobre nosotros. Más lentos y pesados con nuestras armaduras somos aniquilados paulatinamente por esos desarropados que van prácticamente desnudos.

Siempre ha sido así, en el campo de batalla, cuando un caballero o un hombre de armas arroja sus armas al suelo en señal de derrota, es tomado prisionero y respetada su vida. Mas veo a mi alrededor como mis compañeros rendidos son degollados sin piedad por la analfabeta horda de desarropados arqueros, sacados de sus granjas y reclutados para esta guerra sin un ápice de conocimientos sobre las leyes de la caballería.

Alguien me ha golpeado en la espalda, caigo de bruces, mis manos se hunden en la enlodada tierra, la sangre de mis compañeros tiñe cada pedazo de terreno, el tronar de la lucha se desvanece de mis oídos, un nuevo golpe en el costado me tiende de bruces en el suelo, quedando a la merced de mis enemigos. No puedo esperar compasión, hoy es el final de una era.

Sobre mis costillas se hunden las rodillas de un enemigo, veo su sonrisa enloquecida, y la daga de la misericordia enarbolada en su mano, con la sangre resbalando por su filo. Miro el sol, que se esconde entre las nubes, quiero gritar, tal vez, pedir clemencia. Mis palabras se las lleva el tajo que cruza mi garganta, mientras el boqueo de mi respiración se lleva el último estertor.

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¡Atención, atención, alerta roja en la cápsula número 3!

La metálica voz de la alarma se eleva por encima del sistema de refrigeración de la sala, en los monitores principales, un torbellino de luces rojas se atropellan en un angustioso baile. El Técnico Principal, atemorizado y desbordado por la inminente tragedia se deshace en intentos por aplacar la orgía de avisos, advertencias y mensajes de alarma.

- ¡Sáquenlo de ahí!, ¡Vamos!, ¿A qué esperan?

La atronadora voz del Supervisor de Turno llega amortiguada por el ulular de las sirenas. Dos Técnicos de Campo, enfundados en trajes de una sola pieza de color crema, con mascarillas de oxígeno aplicadas sobre su sistema de respiración, abren las aperturas de urgencia del sarcófago. Con un interminable siseo, el aire comprimido se derrama a través de las válvulas de escape, un frío intenso recorre la espina dorsal de los dos Técnicos. La tapa de kevlar se eleva, con amortiguada cadencia. En el interior, un cuerpo embutido en un traje de látex negro yace sobre un lecho de espuma blanca, a la altura de su cuello, un hilo de sangre se derrama, gota a gota.

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El despacho es de color marfil, en las paredes dos cuadros de Kandisnksy con las atrapantes pinceladas de color reclaman la atención del invitado que entra por primera vez. Detrás de la inmensa mesa de caoba, una pared de cristal nos invita a sumergirnos en el oscuro espacio profundo. Las estrellas, los planetas, los arrecifes de asteroides, pasan de largo ante sus ojos, como una secuencia de comandos en la pantalla del ordenador. Una música suave se materializa a través de unos diminutos altavoces planos. Sobre la mesa, una pantalla táctil deja traslucir el informe del incidente.

Gerard, el Supervisor de turno, está sentado en una sencilla silla de acero blanco. La pierna izquierda ejercita un convulso tic mientras intenta mantenerla quieta con sus manos, que descansan en su regazo.

- Bien Gerard, entonces, ¿tenemos claro el incidente, las causas y efectos?

La voz proviene de su espalda, un hombre de uniforme, con las siglas de la FU sobre la estrella de plata que domina su pecho le interpela con voz autoritaria, acostumbrada al mando.

- Bueno Señor. Si ha leído mi informe, puede comprobar todos los datos técnicos –la voz del Supervisor de turno, a su pesar, suena temblorosa, falta de convicción.

- Ya lo he hecho Gerard, y creo ver lagunas que espero, usted sepa aclararme.

El oficial, el Almirante Svyatoslav se sienta pesadamente en el sillón de piel de morsa y mira fijamente al interpelado. Sus ojos, de un gris lobuzno, dan la impresión de hundirse en los de su interlocutor.

- Dígame, como es que, a pesar de estar dentro de un sarcófago de Kevlar, enfundado en un traje de látex negro, al abrir la tapa se han encontrando al Sargento Emeret degollado.

Las palabras, dictadas con énfasis pero sin dureza, dinamitan la moral del Supervisor.

- Señor, no tenemos explicación posible que nos lleve dar con la solución al enigma, a menos…

- ¿A menos qué? – le corta Svyatoslav drásticamente – ¿me va a decir ahora que la única explicación plausible, es El Dilema?

Gerard traga saliva, sabe perfectamente que la única explicación a todo lo ocurrido es precisamente, aquello a lo que no quieren enfrentarse. Lleva dos años al mando del Proyecto Génesis, el cual nació con el propósito de poder crear un entorno virtual tan real, que mente y cuerpo fueran uno sólo. Hasta ahora la experiencia había bien encaminada, gracias al nicho de Kevlar, que protegía al usuario, a la espuma electro conductora y el traje de látex que envolvía completamente el cuerpo como una mortaja. Decenas de ensayos habían demostrado la capacidad de la mente de poder llegar a un estado consciente dentro de un sueño inducido, y a la vez, crear todo tipo de sensaciones reales. Ciertamente, cuando uno entraba en “La Urna”, nombre que le se le había asignado popularmente al invento, sería inducido mentalmente a través del tiempo, el Superordenador creaba y controlaba los mundos a los que la mente viajaba y los aspectos del entorno, características, dificultad, etc.

El problema había surgido un par de meses atrás. El sujeto, al abrirse La Urna salió conmocionado de ella, gritando y delirando en un idioma desconocido. Se pensó en una enfermedad mental que tal vez estaba latente en su cerebro y, gracias a los estímulos de la Hipnorealidad, se había desarrollado con todo su potencial. A la semana siguiente el caso fue mucho más grave. El sujeto apareció con las constantes vitales apagadas, o sea, muerto. La autopsia demostró que había muerto ahogado, aunque en sus pulmones no se encontró ni una molécula de agua. Varios casos, con mayor a menor dramatismo se habían ido sumando a los anteriores, llevando a algunos de los científicos del proyecto a una extravagante y estremecedora teoría.

El Dilema.

La teoría defendía que “era posible que los viajes en el tiempo inducidos en la mente, fueran de hecho, verdaderos. De modo que la mente del viajero llegara a suplantar la de una persona real en el tiempo y lugar al que era inducido.”

Esta creencia, era en todo caso, espeluznante.

Al menos, hasta el día de hoy.

- Señor, si me lo permite – el temblor de las rodillas del Supervisor iba en considerable aumento- hemos estado investigando. En su pantalla – le hizo una seña hacia el cristal iluminado que ocupada la mitad del escritorio, puede ver el dossier que acabamos de recopilar.

El informe que le mostraba Gerard, corroboraba una terrible y desagradable realidad, que no era fácil dejar de obviar. El Mayordomo del Conde de Vendôme, Jacques de Calais, personaje que teóricamente habría sido inducido Hipnorealmente en el Sargento Emeret, había muerto en La Batalla de Agincourt degollado por un arquero inglés tras caer al suelo de un mandoble de espada, que le acertaría el noble inglés Lord Tomas de Camoys. La expresión del Almirante Svyatoslav se tornó sombría mientras leía los archivos adjuntos, tras lo cual apagó la pantalla y miró fijamente al Supervisor.

- Está bien Gerard, tú y tus hombres estáis relevados de operaciones hasta nueva orden.

- ¿Señor?

- Es una orden Supervisor, no tiene derecho a discutirla ni contravenirla, de lo contrario serían aplicadas las debidas acciones reglamentarias.

Gerard se levanta pesadamente del asiento, en su cara se reflejan la contradicción y la frustración de quien es vapuleado sin motivo por sus superiores, sin derecho a réplica ni explicación alguna. Con un saludo marcial, se da media vuelta y se encamina hacia la puerta, que se abre deslizándose por invisibles guías a su paso.

Tras él, el Almirante Svyatoslav mira con expresión ausente el infinito mar de constelaciones que van quedando atrás a cada año luz recorrido.

4

10:00 AM. Una semana más tarde.

La tapa de Kevlar se cierra con un ruido sordo, activándose los seguros que hermetizan su interior. En su vientre un invitado de excepción. El Presidente de la Federación Universal (FU), Tsubasa Hinata. Invitado personal del Almirante Svyatoslav, se ha ofrecido voluntario para probar el revolucionario invento que se convertirá en uno de los más increíbles avances para la Humanidad.

- ¿Todo dispuesto para la Hipnorealidad?

- Activando sensores de rotación.

- Constantes vitales en orden.

- Superordenador en Stanby esperando activación.

Las órdenes son recibidas por un micro altavoz insertado en la oreja del Almirante Svyatoslav, el cual desde su despacho, controla diversos mandos a través de su consola.

- Esperando confirmación para el lanzamiento.

- Confirmación recibida

5

6 de Junio de 1944

Las barcazas se aproximan lentamente a la playa de Omaha, en su interior, aterrorizados soldados rezan, lloran o simplemente se dejan caer sobre sí mismos. El aroma del miedo se respira en cada inspiración.

Las explosiones se suceden a su alrededor, inmensas olas se estrellan contra la embarcación, quedan pocos metros para llegar a la playa. Las balas de las MG 42 alemanas se estrellan contra las barandillas de hierro, entran en los cascos de los soldados y salen en una terrible explosión de carne y hueso. Los gritos de miedo se suman a las arengas de los mandos. Con un violento choque, la embarcación embarranca en la orilla. Los portones se abren dejando salir de su vientre la carnaza para la matanza. Los proyectiles vuelan, los cuerpos caen, los vivos intentan huir del ataúd de metal saltando por encima de sus compañeros caídos. El soldado John Smith logra salir en el último momento, en sus ojos, la terrible realidad de una muerte inminente deja ver a un aterrorizado ser que vive dentro de él, Tsubasa Hinata grita desesperadamente en el momento en que un proyectil enemigo se hunde en su estómago.

En un despacho, a años luz de la tierra, y con cuatrocientos años de diferencia, el Almirante Svyatoslav sonríe mientras lee atentamente la ficha de un soldado inglés, de nombre John, apellidado Smith, muerto en el día D, en el Desembarco de Normandía.

Quemando naves. 2ª parte.



Despierto con sabor a mar en los labios. Qué vívidos son los sueños, pienso.

Tengo en mi recuerdo, la curva de tu sonrisa, que has dejado perenne en mis ensoñaciones. Sonrío, ha sido tan intenso. Todo salió mal, como suele suceder cuando planeas algo al detalle.

En mi sueño, abría tu email, y con el estómago en un puño, leía tus letras.

Acepto

No lo podía creer, me dejaste un archivo adjunto con tu dirección y la hora a la que debía recogerte. Y luego dicen que no se debe de arriesgar…

Al instante, llamé al restaurante de la playa, donde quería llevarte, me contestó una voz grabada, diciéndome que estaba cerrado por obras. Maldije mi suerte. Rebusqué en mis recuerdos, buscando algún lugar que cumpliera con mis expectativas, cuando caí en la cuenta de que tenía el coche en el taller. ¿Y ahora qué hago, pensé? No puedo alquilar uno, el subsidio del paro me viene justo para pasar el mes, y el salir a cenar es un extra que me permito, fuera de toda lógica.

Caí pesadamente en el sofá, con mi rostro mecido por mis manos, y un naciente sollozo que pugnaba por derramar su rabia en mis mejillas. Eché la cabeza hacia atrás, suspiré hondo y mis ojos se quedaron clavados en la lámpara árabe que colgaba del techo, con su armazón de cobre y la luz creando crisoles de colores al atravesar sus cristales, rojo, azul, ámbar. La lámpara de Hakim, pensé, y a mi recuerdo acudieron imágenes del desierto, el sol cayendo a plomo sobre nuestros cuerpos, reflejándose en el espejo de arena, y los dos camellos siguiendo la ruta conocida hacia el Oasis de Todgha. Una sonrisa nació en mis labios, aquella aventura nos llevó por recónditos parajes de su tierra, Marruecos, de la que está enamorado y a la par la odia, siempre acaba hablando de ella con un deje amargo en las palabras, recordando las humillaciones que sigue sufriendo su pueblo a través de un Gobierno déspota. No puede entender que por un lado Mohammed VI se empeñe en acercarse a la UE y por otro, la libertad de expresión se manipule y sea represaliada, o el abandono de la población del Sáhara, así como un un largo etc, que es difícil de entender para un simple occidental como yo. Aún así, el país es un crisol de contrastes, desde la ciudad medieval de Fez, a los inmensos montes del Atlas, el vergel del norte del país, con sus cascadas, el desierto, eterno; en el cual puedes perderte y disfrutar de cada una de las caras de una moneda que no para de caer de uno y otro lado.

Volví a la realidad, Hakim no tiene coche, se mueve en una anticuada bicicleta remendada cien veces por él mismo. No puede aportarme soluciones. Maldigo mi suerte, me enfado conmigo mismo y golpeo con mi puño la mesa, haciendo temblar la taza de té que reposa, pausada, sobre ella. En su interior, la cucharilla tintinea. La miro, el dibujo de una escena parisina se adivina en la loza, una pareja abrazada pasea bajo la sombra de un erguida Torre Eiffel, y una luz se enciende en mi mente, apabullándome con mi estupidez. ¡Mi hermano! Por supuesto, esa es la solución, trabaja en un taller mecánico, y siempre tienen vehículos de sustitución para los clientes, podría hablar con él y pedirle uno prestado, aunque sólo fuera para una noche.

Descolgué el teléfono y marqué su número, como siempre, una voz cargada de optimismo contestó al cuarto tono. Le planteé el problema, se rió como un colegial travieso y quedamos que me pasaría más tarde, a ver qué podía hacer. De nuevo, volvía a respirar tranquilo, al menos, había encontrado una posible salida.

Dejé pasar el día, jugando con mis inquietudes, revolviendo el armario, buscando algo presentable que me hiciera parecer algo más guapo de lo que no era. Al final, tras pelear con una rebelde plancha, que se empeñaba en no dejar la ropa como es debido, o por culpa de mi torpeza habitual, por fin tuve delante de un pantalón de lino y una camisa negra estilo japonés, que al enfundarla en mi cuerpo, ocultaba la barriga y dejaban ver un, a mi parecer, presentable “Don Juan”, que con el pelo largo cayéndole sobre los hombros, se miraba presumido al espejo.

Salí decidió hacia el taller, cruzándome con una vecina que, jamás me saluda, y hoy se quedó mirándome de arriba abajo, sin disimulo. Eché a andar, pensando si me abría dejado la bragueta abierta, y un nada disimulado azoramiento en mi gesto.

Un Renault 5 con 30 años a sus espaldas, eso era todo lo que mi hermano me podía dejar. Le miré incrédulo, en mi cara se reflejaba la decepción.

- ¿Esto es todo lo que puedes dejarme?

- Tienes suerte de que este trasto no lo quiera nadie, prefieren esperarse algunos días, hasta que un cliente devuelva alguno antes de llevarse esta antigualla – me dijo a la vez que se reía por detrás de las palabras-.

- No me extraña…

Di una vuelta alrededor del auto, tenía una puerta de cada color y el parachoques roto, sujetado con un alambre. Abrí la puerta del conductor y me dejé caer en su interior, un viejo radio casete Sanyo era toda la tecnología que acompañaba el interior. Mi hermano dio las llaves y unas cuantas advertencias sobre el funcionamiento del cacharro, que, como todo vejestorio, tenía sus teclas.

Arranqué, con el petardeo del tubo de escape escupiendo humo a mis espaldas. Forcé el cambio de marchas hasta lograr poner la primera, y pisé el acelerador, la aventura me esperaba más allá de la puerta del taller. Mi hermano me saludó por el espejo retrovisor, donde colgaban unos estúpidos dados de peluche, ennegrecidos por los años.

Tenía tu dirección memorizada, así que enfilé hacia tu casa, pensando dónde poder parar a comprar una flor, que regalarte a tus ojos. Sin darme cuenta, había dejado que la tarde pasara demasiado deprisa, obviando un par de cosas que pensaba hacer antes de llegar a tu portal.

Presioné el botón del telefonillo, y una dulce voz me respondió desde el otro lado.

- Enseguida bajo…

Las palabras quedaron suspendidas en el aire, como una promesa.

El portal se abrió, y tu figura se recortó en el umbral, yo, con un ramo de margaritas en la mano – arrancando del parque que enfrenta a las Torres de Serranos-, ya que el tiempo se me echaba encima y no encontraba ninguna floristería abierta, y una estúpida sonrisa en la cara, abobado ante tu presencia.

¿Qué decir, qué hacer?

Avancé hacia ti, pinté un beso en tu mejilla y, tímido, te ofrecí las flores, que aceptaste con modestia no fingida. El corazón palpitaba en mi pecho como un potro salvaje, y las palabras quedaron huérfanas en mi garganta.

Te indiqué el coche, aparcado en doble en fila, un mohín de sorpresa se adivinó en tu rostro, en el mío, de vergüenza. Entré en el coche, y abrí desde el interior la portezuela del acompañante, ya que estaba rota la cerradura y sólo funcionaba accionándola desde dentro.

Te acomodaste en el asiento, esquivando los muelles rotos que se clavaban en tu espalda. Con un suspiro, le di a la llave de contacto, rogando a las estrellas que aquél montón de chatarra no me dejara tirado. Te dediqué una sonrisa, donde se vio reflejada mi felicidad, por tenerte a mi lado, por el rubor que acompañaban tus mejillas, y el perfume que desprendías, suave, sutil, casi perfecto.

La radio, caprichosa, se puso en marcha sola. En su interior daba vueltas eternamente, pues estaba encasquillada, una vieja cinta de Miguel Ríos. En ese momento, su voz nos envolvió, y yo tararee la letra, tantas veces escuchada, recitada, imaginada…

“A menudo me recuerdas a alguien,
tu sonrisa la imagino sin miedo.
invadido por la ausencia
me devora la impaciencia,
me pregunto si algún día te veré”

El coche avanzó despacio a través del tráfico de la ciudad, dejando a un lado tu barrio, encaminándose sin prisas hacia su destino. Tú me preguntaste dónde íbamos, yo te dejé con la duda rozando las puntas de tus dedos, cruzando los míos con la esperanza que, esta vez, y aún sin reserva, tuviera una mesa donde había decidido llevarte. En los altavoces del coche, Miguel Ríos cantaba el estribillo de Santa Lucía.

“Dame una cita, vamos al parque,
entra en mi vida, sin anunciarte.
abre las puertas, cierra los ojos,
vamos a vernos, poquito a poco.
dame tus manos, siente las mías,
como dos ciegos, Santa Lucía…”

Detuve el coche junto al mar, con un último estertor del carburador. Al salir del coche, la brisa del mar revolvió tu pelo, e hizo volar tu falda como una tentadora Marilyn. Yo cogí tu mano, y nos acercamos hasta la orilla, un terciopelo negro veteado de zafiros nos encontró desnudos de intenciones. Jugamos con las olas, que intentaban lamer nuestros pies, reímos y gritamos al mar, que pugnaba por alcanzarnos, y él nos contestó con el rugir de las olas, golpeando el espolón de piedra, donde nocturnos paseantes, deambulaban si rumbo.

Se rompió el hielo de nuestra cita, y dejamos aflorar al niño que llevábamos dentro, sintiéndonos cada vez más cómodos, fue entonces cuando te abracé.

Nos miramos intensamente, nuestros ojos se ahogaban en las pupilas del otro, y nuestros labios hablaban sin palabras. El momento fue eterno, al final, el ladrido de un perro que correteaba por la orilla nos devolvió a la realidad. Fuimos de nuevo dos, cogidos de las manos. Te pregunté si tenías hambre, y con afirmativo “Sí, claro”, salimos al paseo de la playa, para adentrarnos en la “Pequeña Venecia”. La urbanización, a orillas del mar, imita una idílica ciudad de canales en vez de calles, barcos de todos los colores y tamaños amarrados en pequeños muelles, casitas de colores reflejadas en el agua calma, el murmullo del agua chocando en la quilla de las embarcaciones. Una vez dentro de sus calles, el mundo desaparece, y te dejas llevar por la sensación de estar en otro lugar, lejos, incluso, otro país.

Tras recorrer sus laberínticas callejuelas, se abrió ante nosotros una plaza porticada, repleta de terracitas, iluminada por la débil luz de las farolas. Al llegar a una mesa adornada por una vela, y desde la cual se veía el interior de los canales iluminados, te invité a sentarte. Tu sorpresa fue mi premio, tu mirada, mi anhelo. El camarero se acercó solícito, y al oído, le pedí que hiciera ver que tenía la mesa reservada de antemano, mientras en su mano abierta dejaba un billete de 10 euros.

Cenamos alumbrados por tu sonrisa, con el rumor del mar en la lejanía, y el silencio de una noche de primavera, cuando la plaza todavía no ha sido tomada por los turistas, y tan sólo varias mesas perdidas están ocupadas por parejas, que, como nosotros, buscaban la intimidad.

Pedí un Albariño bien frío para acompañar la cena, y brindamos, entre risas y miradas pícaras. La conversación fluyó como el agua a través de una cascada, nos dejamos llevar y nos abrimos, sin miedo. Me contaste tus sueños, tus miedos, tus anhelos. Yo te hablé de mis locuras, de mis pasiones y lo que me hacía sentir bien.

Con el sabor de la tarta de chocolate en los labios nos levantamos, te ofrecí mi brazo, y te acurrucaste en él.

Paseamos por los silenciosos canales, mi brazo acogiendo en tu talle, mi mano en tu cintura, tu piel latiendo debajo de tu vestido.

En mi sueño, no puedo recordar cómo sucedió. La imagen se vuelve borrosa, y de nuevo aparecemos en la orilla de la playa. Hemos dejado nuestros zapatos en la arena, y corremos entre las olas, dejando que las olas laman nuestra piel. Jugamos a salpicarnos, a perseguirnos entre remolinos de espuma, hasta caer extenuados en la orilla, uno junto al otro. Busqué tu mano, y la enlacé con la mía, mientras mis ojos se perdían en las constelaciones que plagaban un cielo veteado de esmeraldas, como tus ojos. Giré la cabeza, y ahí estabas tú, hermosa, sonriente, dulce. Te acercaste a mí, y para mi sorpresa, te dejaste caer sobre mí. Tus labios se fundieron con los míos, y tus manos se hicieran dueñas de mi piel.

No recuerdo más, la neblina se vuelve más intensa, tal vez, más besos, más abrazos, gemidos compartidos, pieles unidas en el deseo desatado…

Abro los párpados, lentamente, la claridad daña mis ojos, debo de haber dejado la persiana abierta. Parpadeo varias veces, intento mover los brazos, y siento los pinchazos habituales de cuando se duerme un miembro. Siento una presión en mi pecho, abro por fin los ojos y el cielo azul me saluda, sobre mi pecho, tu cabeza duerme, mientras tus manos me abrazan.

Sonrío, y me pregunto, si seguiré soñando…

Quemando naves.



Me encanta la música jazz, según para qué momento del día o el estado de ánimo en el que te encuentras en ese instante. Por ejemplo, una suave melodía de saxofón envolviendo el ambiente a tú alrededor, una copa de vino blanco en la mano y el olor del sándalo que se desprende del cono de incienso, que reposa en el platillo de cerámica que compré en la última feria artesana donde me perdí. Ese es uno de los momentos en los que me dejo llevar por ella, si a la par añadimos buena compañía, a poder ser del sexo opuesto, vamos elevando el listón. Ya sólo faltaría que la inteligencia y la dialéctica de la dama en cuestión, fueran apasionantes, para poder perderse en los lagos de sus ojos mientras sus labios sugieren palabras, que debes rebatir con prontitud y a conciencia, no dejando que se denote tu falta de cultura, que ocultas tras una máscara de fácil verbo y léxico apasionado.

Pero esta idílica imagen es difícil de alcanzar, sustrayéndose al olvido cuando te encuentras ante la pantalla en blanco, que te mira anhelante. De los altavoces, la dulce voz de Nora Johns acuna tus ensoñaciones, y olvidada en la mesa de trabajo, la copa casi vacía clama en silencio la caricia de tus labios.

Miro el cursor, que descansa sobre el botón de enviar en el gestor de correo electrónico. El texto del mensaje es breve, conciso, aterrador desde mi punto de vista. Con manos temblorosas he quemado todas mis naves, llevado de la mano de las sirenas que mecen mi locura, guiándola hacia las rocas. Releo la escueta frase, aunque me la sé de memoria. El corazón, desbocado, pugna por saltar de mi pecho y estrellarse contra la pantalla de cristal. Hago clic con el ratón, y un cuadrito de texto emerge del fondo del programa, indicándome que espere, para darme la confirmación de que el mensaje se ha mandado con éxito. Cuento los segundos, y al momento me arrepiento de mi locura. ¿Cómo podía haberme atrevido a invitarte a cenar?

Me levanto del sillón del escritorio, deambulo de la mesa a la ventana, giro a la estantería, paso los dedos de la mano acariciando el lomo de los libros que acompañan mis horas, me siento en el sofá rojo, donde una guitarra me mira acusadora. Sí, lo he hecho, le respondo. La tomo entre mis manos, dejándola reposar en mis rodillas. Cierro los ojos y mis dedos lamen la piel de madera - que no palosanto, mis emolumentos no me lo permiten-, se detienen en un traste cualquiera y presionan delicadamente las cuerdas de nylon. Mi mano derecha ejecuta un acompasado baile, y unas dulces notas se elevan del cuerpo de mujer que acaricio.

Me imagino tu cara de sorpresa e incredulidad al ver el email, ¿Qué pensarás? ¿Responderás?, Y en ese caso, ¿Aceptarás?

Imagino tu cuerpo menudo, sentado en la silla de tu escritorio, tu sonrisa, que ilumina mis sueños, y como en un arrebato de locura, me dices que sí.

Creo que no me lo creería, hasta que, con el corazón volando en mi pecho, esperase en el portal de tu casa, con una tímida sonrisa y un tulipán blanco, para sorprenderte y ver nacer tu sonrisa, iluminando mi mundo, pequeño. Imagino el rubor de tus mejillas, y el tacto suave de tus labios en mis mejillas, acompañado de unas titubeantes gracias, que se quedaría vagando en tus labios. Te acompañaría al coche, abriéndote la puerta, servicial, buscando tu sorpresa, mi dedicación. ¿Dónde me vas a llevar?, preguntarías curiosa. Yo sonreiría enigmático…

¿Qué prefieres, una cena junto las ruinas de un castillo, con la luna besándonos nuestras palabras y el rumor de los fantasmas acariciando nuestros oídos, o una terracita a lomos del mar, viendo las estrellas reflejarse en un espejo calmo, y el rumor de las olas –como mi corazón azorado, pensaría-batiendo sobre las rocas ?

En tus ojos vería la sorpresa y la incredulidad, sopesando mis palabras, creyendo tal vez que intentaba impresionarte, adularte o que todo una sarta de embustes, y que te acabaría llevando a un Chino…

Seguro de al final no contestarías, te quedarías esperando sin saber qué, y yo arrancaría, rumbo a lo desconocido, con el rumor del motor dejando atrás mis miedos. En el equipo del coche, Antonio Vega nos invitaría a acompañarle,”De sol, espiga y deseo son sus manos en mi pelo, de nieve huracán y abismos el sitio de mi recreo”… Giraría la mirada, buscando la complicidad de tus ojos, que se arrebujarían, coqueta.

Los kilómetros irían olvidándose dejando la estela de las ruedas en el asfalto, como la cola de un cometa cayendo irremisiblemente en una noche de agosto. El silencio nos observaría, mientras con palabras cortas, romperíamos el frío vaho que nos separaría. Con un ligero rumor, detendría el coche junto al mar, y cogiendo tu mano, te llevaría hasta la puerta del restaurante, donde un cómplice camarero nos mostraría nuestra mesa, al fondo del local, cuando se acaba la sala y una pequeña terraza se abre al infinito, como la proa de un barco, y las olas lamen su quilla. Al dejarnos solos, mirarías a tu alrededor, perdiéndote en la inmensidad del mediterráneo, iluminado por una luna caprichosa que nacería en el horizonte, dejando en el agua su rostro reflejado, como un eterno Dionisio.

Imagino tu rostro, iluminado por un rayo de luna, mis manos, rodeando torpemente tu cintura, el calor de tu cuerpo, atravesando la frágil tela de tu vestido. Cogerías mis manos entre las tuyas, y dejarías tu cabeza descansar en mi pecho, mientras mis labios, se posarían en tu pelo, llevándose el olor de piel, dulce, tierno, sensual. Vería tus labios, buscar la piel de cuello, y mi respiración acelerada, hasta dejar que mi boca, anhelante, muriera en la tuya, y una lengua dócil, se rindiese ante el calor que emanarían tus besos.

Mis manos, se elevarían por tu talle, acompañadas de las tuyas, torneando un cuerpo que, tembloroso, esperaría mis caricias. Tu pecho, bailaría al compás de tu respiración, mi deseo comenzaría a arder y la noche se nos haría pequeña, para lo que nuestros cuerpos desearían.



Vuelvo a la realidad, un bip bip en mi móvil me avisa de que tengo un mensaje nuevo. Dejo la guitarra en su atril y abro la tapita del teléfono. Un aviso de propaganda me regala 1000 puntos si cambio de móvil…Lo apago, desilusionado. En la pantalla del PC leo desde el sofá que el mensaje se ha enviado correctamente. ¿Qué más da?, pienso apesadumbrado. Me levanto, con paso vacilante, con la intención de apagar el ordenador, cuando un aviso en negrita llama mi atención. Me siento, tembloroso, el correo es de ella… Ha respondido, el corazón galopa a trompicones, me falta el aire, mis nervios se enredan en mi estómago. ¿Lo abro? Tomo el ratón con mis manos, lo deslizo encima del correo, y hago clic sobre él… Mientras se abre, una duda sigue royendo mi interior. ¿Aceptará?




Fantasía o Realidad



Él. Me he despertado con una sensación extraña, con una sonrisa en los labios y a la par, la inestabilidad emocional que provoca un sueño tan vívido, tan irracional. Aún creo conservar el calor de su cuerpo pegado al mío, notar la caricia caer sobre mi pecho, el olor de su piel.

Ella. Uf…!!, ¿Es posible…?– Un escalofrío recorre su cuerpo, mira a su izquierda, la cama, vacía, le devuelve el saludo, pero la sensación del sueño, cálida, sensual y extraña persiste, atrapada entre sus pestañas.

Él. Cierra los ojos por un instante, se deja llevar por la calidez de las sábanas, por el recuerdo, la fantasía guardada en un frasco de esperanza.

Ella. Está medio desnuda, tan sólo unas braguitas negras y una camiseta blanca, que deja al descubierto su ombligo, coronado por un piercing color amapola. Las sábanas se arrebujan entre sus piernas, temblorosas, su mano acaricia su vientre mientras los carnosos labios son mordidos por unos dientes blancos, como el nácar. La mirada perdida en algún punto lejano, más allá del cielo azul que se desliza a través del cristal.

Él. Respira hondo, deja salir despacio su respiración de su pecho. En cada latido de su corazón , cree recordar una caricia, un beso robado, a la vez que se pregunta qué son los sueños.

Ella. Sus dedos, crean círculos alrededor de su ombligo y su piel, adopta ese toque de “gallina” tan peculiar, cuando nacen bultitos hipersensibles y todos los pelos del cuerpo se erizan. Su mente divaga acunada por el sopor.

- Ha sido tan real, y sin embargo, no lo entiendo... De alguna manera, estaba en su casa, tal vez habíamos quedado a cenar, no consigo recordarlo. Él, con esa sonrisa de pícaro dulce, me preparó el sofá cama en el pequeño salón. Nunca antes había estado allí, pero sí que me la había retratado al detalle, con las pinceladas que provocan sus palabras, así que pude imaginar hasta el mínimo detalle. Olía a incienso, de sándalo, mi preferido, y a maderas exóticas. La luz era tenue, proveniente de una pequeña lámpara de pie, que iluminaba un tapiz indígena. Las ventanas, pequeñas, de madera, dejaban ver los tejados de la ciudad antigua. Dejó que me desvistiera en el baño para después venir a arroparme, como si fuera una niña pequeña. Me hizo gracia, fue bonito. Me dio un beso en la frente, apagó la luz y desapareció tras la cortina de tela de saco que hacía las veces de puerta de su habitación. Me sentí sola cuando se fue, de repente, me faltaba algo.

Él. No puedo recordar como llegó a mi casa, pero allí estaba ella. Su sonrisa iluminaba cada rincón de mi pequeño apartamento, un diminuto ático en el corazón de la ciudad antigua, en un edificio con tanta historia como parches tenía su fachada, con su escalera de minúsculos escalones de piedra, y esa barandilla de hierro verde, pulida por el uso.

Recuerdo el olor de su perfume, tan parecido al incienso que suelo usar, sándalo. Me dijo que se lo trajo una amiga suya, de un viaje a la India.

Después, el sueño se difumina.

La veo, más tarde, acostada en el sofá cama del comedor, con la colcha de colores que traje de Colombia cubriéndola hasta la barbilla, sonríe, me acerco y me siento a su lado. Sus ojos, son como dos brasas que me queman el alma. Me inclino sobre ella, le susurro un “dulces sueños ojitos bonitos” y mis labios se posan en su frente, suave, caliente, tierna. Me incorporo, y mi mano derecha le acaricia el pelo, lacio y oscuro, como el carbón, brillante a la mortecina luz de la lámpara. Mis dedos rozan suavemente su mejilla, deslizan un mechón rebelde de su flequillo tras su oreja, y se alejan.

Recuerdo apagar la luz, entrar en mi habitación y, al caer la cortina, sentir un inmenso dolor en el pecho, un desgarro, profundo.

Ella. Me quedé mirando el techo, escuchando el susurro del viento, el crujir de las paredes. Al otro lado de la cortina, él ¿dormiría?... Su respiración acompasada me llegaba lejana. El recuerdo de sus labios en mi frente me atormentaba, mi piel pensaba por mí, mi corazón se estaba volviendo loco, su voz la escuchaba todavía, envuelta entre algodones, lejana. Las pulsaciones de mi pequeño corazón se dispararon en mi pecho…

Él. El insomnio es el guardián de los desesperados. Ella estaba en mi casa, y no me lo podía creer, sin embargo, tan cerca y tan lejos a la vez.

Recuerdo nuestra primera cita, la de verdad. Esa no fue un sueño, lo sé.

La recogí en su casa, al acabar de trabajar. Teóricamente, no era una cita, tan sólo una cena de dos amigos que se quieren conocer.

A pesar de eso, yo temblaba de pies a cabeza, como un pajarillo herido. Fuimos al casco antiguo, a un precioso restaurante italiano. Era tarde, más de lo habitual, en unos minutos quedamos solos en la penumbra del local, iluminados por la titilante vela y la suave melodía de Jazz que nos mecía a su antojo. Hablamos de mil cosas, de su vida, de la mía, de sus sueños, de sus ojos. Salimos riendo de allí, con el sabor de la tarta de chocolate en los labios. La cogí de la mano, y empezamos a correr, saltando entre los adoquines, ajenos a las miradas de los pocos transeúntes que aún pululaban por la calle, pasada la hora de las brujas. Nos sentamos en una pequeña plaza, su cabeza se recostó en mi pecho y mi mano se enredó en tu pelo. El agua de la fuente, con la cadencia perfecta en su caída, nos arrullaba.

Me jugué todas las cartas cuando se levantó de golpe, se le hacía tarde, debía madrugar al día siguiente.

Cogí sus manos entre las mías, entrelazando nuestros dedos, la acerqué hacia mí, y le pedí un beso.

Bajó la mirada, y al subirla vi miedo en ella.

Mis defensas cayeron, mi ofensiva se volvió contraproducente en un mismo y lamentable instante.

Fuimos andando al coche, abrazados como dos amantes, la llevé a su casa y en el portal, de nuevo, nos abramos como si el mundo acabara esa misma noche, pero sus labios no fueron míos.

Ella. No sé por qué me viene esta imagen a mi cabeza ahora mismo. Lo recuerdo abrazándome, con nuestros labios separados tan sólo por una ínfima tela invisible.

¿Por qué no lo besé…? ¿Por qué no me besó...?

Él. Y sin embargo, no pude evitar enamorarme de ella, como un imberbe adolescente. Te añoraba, te necesitaba, y tú, subida en tu pedestal, imposible de alcanzar.

Ella. Creo que tuve miedo, no quería que nadie entrara en mi vida, estaba demasiado confusa, habían pasado muchísimas cosas en un corto espacio de tiempo y su presencia, cercana, la necesitaba y a la vez, temía aceptarla.

Él. El viento cobró fuerza, los nubarrones que se vislumbraban desde mi ventana se convirtieron en un masa compacta, que descargó un torrente de agua acompañado de la potente voz del trueno. Sobre mi cabeza, las gotas de lluvia repiquetean sobre el abuhardillado techado de zinc. Un relámpago ilumina mi estancia, en la puerta, como un espectro, se recorta su silueta.

Ella. Tengo pánico a las tormentas, desde pequeña. Cada vez que el cielo se vestía de negras nubes, iba corriendo a la cama de mis padres, con las lágrimas rodando por mis mejillas, buscando la protección del calor que me daban sus brazos.

Al segundo trueno, me levanté del sofá cama y entré en su habitación, mi silueta se recortó sobre el quicio de la puerta al ser iluminada por el relámpago. Sus ojos, se clavaron en mí, con el asombro grabado en sus pupilas. “Tengo miedo a las tormentas”, conseguí balbucear, entre temblores y lágrimas. Abrió las sábanas, a su lado, para que me acurrucara junto a él, y sin pensarlo, me vi pegada a su cuerpo, caliente y protector.

Su abrazo me acogió cálido, tierno. Mi cabeza se posó en su pecho, y sus labios besaron mi pelo.

Su mano, suave, acariciaba mi espalda, podía sentirla a través de mi fina camiseta. Mis piernas, se enredaron con las suyas, y mis manos abrazaron un cuerpo que me aportaba paz. El calor de su piel, era casi sobrenatural, se trasmitía a través de su fino pijama de lino. Cerré los ojos, dejándome llevar por un instante que parecía casi mágico.

Él. Cómo explicarme lo que sentí, estaba dentro de mi cama, abrazada a mi cuerpo, sintiendo cada una de sus formas, detenido el tiempo en ese instante. Casi no me atrevía a respirar. Mi mano acariciaba su espalda, el cálido desierto de mis anhelos, su aroma me inundaba y su pelo me hacía cosquillas en la nariz, mientras lo besaba, como si posara mis labios en los suyos.

Ella. Supongo, que tenía que ocurrir…es un sueño… Elevé mi rostro hacia el suyo, besé su cuello, su piel cálida y suave, subí por su mentón, su respiración se detuvo, un temblor lo recorría. Mis manos acariciaron su mejilla, se enredaron en su pelo, y mis labios coronaron los suyos, que en su momento rechazaron. Sus manos despertaron y me recorrieron urgentes, haciéndome temblar en cada caricia. Su lengua, sabia, bailó con la mía. Quedé encima de su cuerpo, dominándolo, y el quedó preso de mí, sumiso, anhelante.

Sus ojos, me hablaban en silencio.

Me dejé llevar, frotando mi cuerpo sobre el suyo, notando la dureza de su erección, el sabor de su pasión, contenida. Mis manos se deslizaron bajo su ropa, acariciando su piel, abrasadora

Él. En ocasiones, los sueños se hacen realidad, aunque sea también a través de los mismos sueños.

Me vi invadido por una tormenta de deseo, que era incapaz de controlar. Sus labios me vencieron sin yo plantar batalla, sus manos, me dejaron tendido a su merced, su cuerpo, grácil, pequeño, desesperadamente hermoso, se me abrió a mi fuego interior y yo, invadido, fui el perfecto rehén. Sus manos se deshicieron de mi ropa, las mías, se aferraron a su cintura, subieron por su torso y dejaron al descubierto sus hermosos senos, que acaricié pausado, mientras ella cerraba los ojos y se dejaba caer sobre mí, dándome a probar el sabor de sus pezones, que yo acogí como un recién nacido hambriento.

Su sexo, cálido, se acariciaba con el mío a través de sus braguitas, pidiendo el contacto con mi piel.

Ella. Quedé desnuda, sobre su cuerpo.

Su boca me recorría despacio, mi cuello, mis hombros, mis pechos, mi ombligo, mi vientre…

Caí postrada ante él, mientras con hábil maestría jugaba dentro de mí con su caliente lengua. Creo que grité, mis manos se aferraron a sus sábanas, a su pelo.

Volvió a desandar la senda de mi piel para llegar a mis labios, yo lo retuve con mis piernas, lo atrapé con mis brazos y quise que me hiciera suya, que entrase en lo más hondo de mi, que me inundase con su deseo.

Él. Desperté bañado en sudor, con las pulsaciones de mi cuerpo latiendo por encima de lo aconsejablemente permitido. Mi sexo, palpitaba, desfallecido. Mi cordura en los límites de la razón, y un olor a sándalo inundando mis fosas nasales.

Ella. Las sábanas de mi cama parecen haber sufrido una batalla campal, mi cuerpo, tiembla y se convulsiona, y mi sexo se contrae en una dulce melodía que él tan sólo escucha.

Él. Sobre la mesilla de noche descansa el móvil, donde su número está grabado, aunque cambié su nombre, puse, “No llamar”.

Ella. En algún sitio sé que tengo su número, tal vez en un email, de los que me escribió mandándome poemas, que nunca contesté.

Él. De todas maneras, qué más da. Tan sólo ha sido un sueño, real pero, imposible. Qué le podría decir, “Hola, he soñado contigo…”. ¡Qué estupidez! Me rechazó entonces, volvería a hacerlo ahora.

Ella. Podría llamarlo, pero entonces…¿qué le digo? Podría invitarlo a un café, ese que nunca tomamos, aunque se lo prometí.

Él. Se levanta, el móvil en una mano, el miedo en la otra, se acerca a la ventana, el cielo azul le sonríe.

Ella. Está sentada en su escritorio, aún lleva la misma ropa de cama. El pelo le cae en una cascada sobre los hombros. En una mano desliza el ratón de su PC, mientras el puntero se mueve por la pantalla plana, en el otro, sujeta temblorosa el teléfono portátil.

Él. Aprieta el botón verde de llamada, mientras se acerca el aparato a su oído, sus labios tiemblan.

Ella. Se escuchan los pitidos que producen los números al ser marcados, se acerca el auricular a oreja, esperando tono. No sabe realmente lo que está haciendo, ni por qué.

Él. El consabido tono de ocupado le llega a través de la línea.

Ella. El típico “Tú, Tú” le advierte de que está comunicando.

Él. Deja el móvil con un suspiro sobre el alfeizar de la ventana, era de esperar, piensa, nunca me contestaría.

Ella. Mira el número que palpita en la pantalla del teléfono. Los segundos pasan, el brillo anaranjado da paso a un opaco gris.

Él. Abre la ventana y mira el cielo, el aire fresco de la mañana le revuelve el pelo, le inflama los pulmones de ánimo, le da vida. De repente, una canción suena a la altura de su cadera, “Imagine” de John Lennon llega a sus oídos, ofreciendo un instante de magia a la mañana. Coge el teléfono, sin pensar, lo lleva su oído y pulsa el botón de descolgar.

- ¿Hola..?

Silencio al otro lado de la línea.

- ¿Hola…?, ¿Sí…? – repite.

Una voz le responde, temblorosa.

- Hola…¿te acuerdas de mí…?

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