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Quemando naves. 2ª parte.



Despierto con sabor a mar en los labios. Qué vívidos son los sueños, pienso.

Tengo en mi recuerdo, la curva de tu sonrisa, que has dejado perenne en mis ensoñaciones. Sonrío, ha sido tan intenso. Todo salió mal, como suele suceder cuando planeas algo al detalle.

En mi sueño, abría tu email, y con el estómago en un puño, leía tus letras.

Acepto

No lo podía creer, me dejaste un archivo adjunto con tu dirección y la hora a la que debía recogerte. Y luego dicen que no se debe de arriesgar…

Al instante, llamé al restaurante de la playa, donde quería llevarte, me contestó una voz grabada, diciéndome que estaba cerrado por obras. Maldije mi suerte. Rebusqué en mis recuerdos, buscando algún lugar que cumpliera con mis expectativas, cuando caí en la cuenta de que tenía el coche en el taller. ¿Y ahora qué hago, pensé? No puedo alquilar uno, el subsidio del paro me viene justo para pasar el mes, y el salir a cenar es un extra que me permito, fuera de toda lógica.

Caí pesadamente en el sofá, con mi rostro mecido por mis manos, y un naciente sollozo que pugnaba por derramar su rabia en mis mejillas. Eché la cabeza hacia atrás, suspiré hondo y mis ojos se quedaron clavados en la lámpara árabe que colgaba del techo, con su armazón de cobre y la luz creando crisoles de colores al atravesar sus cristales, rojo, azul, ámbar. La lámpara de Hakim, pensé, y a mi recuerdo acudieron imágenes del desierto, el sol cayendo a plomo sobre nuestros cuerpos, reflejándose en el espejo de arena, y los dos camellos siguiendo la ruta conocida hacia el Oasis de Todgha. Una sonrisa nació en mis labios, aquella aventura nos llevó por recónditos parajes de su tierra, Marruecos, de la que está enamorado y a la par la odia, siempre acaba hablando de ella con un deje amargo en las palabras, recordando las humillaciones que sigue sufriendo su pueblo a través de un Gobierno déspota. No puede entender que por un lado Mohammed VI se empeñe en acercarse a la UE y por otro, la libertad de expresión se manipule y sea represaliada, o el abandono de la población del Sáhara, así como un un largo etc, que es difícil de entender para un simple occidental como yo. Aún así, el país es un crisol de contrastes, desde la ciudad medieval de Fez, a los inmensos montes del Atlas, el vergel del norte del país, con sus cascadas, el desierto, eterno; en el cual puedes perderte y disfrutar de cada una de las caras de una moneda que no para de caer de uno y otro lado.

Volví a la realidad, Hakim no tiene coche, se mueve en una anticuada bicicleta remendada cien veces por él mismo. No puede aportarme soluciones. Maldigo mi suerte, me enfado conmigo mismo y golpeo con mi puño la mesa, haciendo temblar la taza de té que reposa, pausada, sobre ella. En su interior, la cucharilla tintinea. La miro, el dibujo de una escena parisina se adivina en la loza, una pareja abrazada pasea bajo la sombra de un erguida Torre Eiffel, y una luz se enciende en mi mente, apabullándome con mi estupidez. ¡Mi hermano! Por supuesto, esa es la solución, trabaja en un taller mecánico, y siempre tienen vehículos de sustitución para los clientes, podría hablar con él y pedirle uno prestado, aunque sólo fuera para una noche.

Descolgué el teléfono y marqué su número, como siempre, una voz cargada de optimismo contestó al cuarto tono. Le planteé el problema, se rió como un colegial travieso y quedamos que me pasaría más tarde, a ver qué podía hacer. De nuevo, volvía a respirar tranquilo, al menos, había encontrado una posible salida.

Dejé pasar el día, jugando con mis inquietudes, revolviendo el armario, buscando algo presentable que me hiciera parecer algo más guapo de lo que no era. Al final, tras pelear con una rebelde plancha, que se empeñaba en no dejar la ropa como es debido, o por culpa de mi torpeza habitual, por fin tuve delante de un pantalón de lino y una camisa negra estilo japonés, que al enfundarla en mi cuerpo, ocultaba la barriga y dejaban ver un, a mi parecer, presentable “Don Juan”, que con el pelo largo cayéndole sobre los hombros, se miraba presumido al espejo.

Salí decidió hacia el taller, cruzándome con una vecina que, jamás me saluda, y hoy se quedó mirándome de arriba abajo, sin disimulo. Eché a andar, pensando si me abría dejado la bragueta abierta, y un nada disimulado azoramiento en mi gesto.

Un Renault 5 con 30 años a sus espaldas, eso era todo lo que mi hermano me podía dejar. Le miré incrédulo, en mi cara se reflejaba la decepción.

- ¿Esto es todo lo que puedes dejarme?

- Tienes suerte de que este trasto no lo quiera nadie, prefieren esperarse algunos días, hasta que un cliente devuelva alguno antes de llevarse esta antigualla – me dijo a la vez que se reía por detrás de las palabras-.

- No me extraña…

Di una vuelta alrededor del auto, tenía una puerta de cada color y el parachoques roto, sujetado con un alambre. Abrí la puerta del conductor y me dejé caer en su interior, un viejo radio casete Sanyo era toda la tecnología que acompañaba el interior. Mi hermano dio las llaves y unas cuantas advertencias sobre el funcionamiento del cacharro, que, como todo vejestorio, tenía sus teclas.

Arranqué, con el petardeo del tubo de escape escupiendo humo a mis espaldas. Forcé el cambio de marchas hasta lograr poner la primera, y pisé el acelerador, la aventura me esperaba más allá de la puerta del taller. Mi hermano me saludó por el espejo retrovisor, donde colgaban unos estúpidos dados de peluche, ennegrecidos por los años.

Tenía tu dirección memorizada, así que enfilé hacia tu casa, pensando dónde poder parar a comprar una flor, que regalarte a tus ojos. Sin darme cuenta, había dejado que la tarde pasara demasiado deprisa, obviando un par de cosas que pensaba hacer antes de llegar a tu portal.

Presioné el botón del telefonillo, y una dulce voz me respondió desde el otro lado.

- Enseguida bajo…

Las palabras quedaron suspendidas en el aire, como una promesa.

El portal se abrió, y tu figura se recortó en el umbral, yo, con un ramo de margaritas en la mano – arrancando del parque que enfrenta a las Torres de Serranos-, ya que el tiempo se me echaba encima y no encontraba ninguna floristería abierta, y una estúpida sonrisa en la cara, abobado ante tu presencia.

¿Qué decir, qué hacer?

Avancé hacia ti, pinté un beso en tu mejilla y, tímido, te ofrecí las flores, que aceptaste con modestia no fingida. El corazón palpitaba en mi pecho como un potro salvaje, y las palabras quedaron huérfanas en mi garganta.

Te indiqué el coche, aparcado en doble en fila, un mohín de sorpresa se adivinó en tu rostro, en el mío, de vergüenza. Entré en el coche, y abrí desde el interior la portezuela del acompañante, ya que estaba rota la cerradura y sólo funcionaba accionándola desde dentro.

Te acomodaste en el asiento, esquivando los muelles rotos que se clavaban en tu espalda. Con un suspiro, le di a la llave de contacto, rogando a las estrellas que aquél montón de chatarra no me dejara tirado. Te dediqué una sonrisa, donde se vio reflejada mi felicidad, por tenerte a mi lado, por el rubor que acompañaban tus mejillas, y el perfume que desprendías, suave, sutil, casi perfecto.

La radio, caprichosa, se puso en marcha sola. En su interior daba vueltas eternamente, pues estaba encasquillada, una vieja cinta de Miguel Ríos. En ese momento, su voz nos envolvió, y yo tararee la letra, tantas veces escuchada, recitada, imaginada…

“A menudo me recuerdas a alguien,
tu sonrisa la imagino sin miedo.
invadido por la ausencia
me devora la impaciencia,
me pregunto si algún día te veré”

El coche avanzó despacio a través del tráfico de la ciudad, dejando a un lado tu barrio, encaminándose sin prisas hacia su destino. Tú me preguntaste dónde íbamos, yo te dejé con la duda rozando las puntas de tus dedos, cruzando los míos con la esperanza que, esta vez, y aún sin reserva, tuviera una mesa donde había decidido llevarte. En los altavoces del coche, Miguel Ríos cantaba el estribillo de Santa Lucía.

“Dame una cita, vamos al parque,
entra en mi vida, sin anunciarte.
abre las puertas, cierra los ojos,
vamos a vernos, poquito a poco.
dame tus manos, siente las mías,
como dos ciegos, Santa Lucía…”

Detuve el coche junto al mar, con un último estertor del carburador. Al salir del coche, la brisa del mar revolvió tu pelo, e hizo volar tu falda como una tentadora Marilyn. Yo cogí tu mano, y nos acercamos hasta la orilla, un terciopelo negro veteado de zafiros nos encontró desnudos de intenciones. Jugamos con las olas, que intentaban lamer nuestros pies, reímos y gritamos al mar, que pugnaba por alcanzarnos, y él nos contestó con el rugir de las olas, golpeando el espolón de piedra, donde nocturnos paseantes, deambulaban si rumbo.

Se rompió el hielo de nuestra cita, y dejamos aflorar al niño que llevábamos dentro, sintiéndonos cada vez más cómodos, fue entonces cuando te abracé.

Nos miramos intensamente, nuestros ojos se ahogaban en las pupilas del otro, y nuestros labios hablaban sin palabras. El momento fue eterno, al final, el ladrido de un perro que correteaba por la orilla nos devolvió a la realidad. Fuimos de nuevo dos, cogidos de las manos. Te pregunté si tenías hambre, y con afirmativo “Sí, claro”, salimos al paseo de la playa, para adentrarnos en la “Pequeña Venecia”. La urbanización, a orillas del mar, imita una idílica ciudad de canales en vez de calles, barcos de todos los colores y tamaños amarrados en pequeños muelles, casitas de colores reflejadas en el agua calma, el murmullo del agua chocando en la quilla de las embarcaciones. Una vez dentro de sus calles, el mundo desaparece, y te dejas llevar por la sensación de estar en otro lugar, lejos, incluso, otro país.

Tras recorrer sus laberínticas callejuelas, se abrió ante nosotros una plaza porticada, repleta de terracitas, iluminada por la débil luz de las farolas. Al llegar a una mesa adornada por una vela, y desde la cual se veía el interior de los canales iluminados, te invité a sentarte. Tu sorpresa fue mi premio, tu mirada, mi anhelo. El camarero se acercó solícito, y al oído, le pedí que hiciera ver que tenía la mesa reservada de antemano, mientras en su mano abierta dejaba un billete de 10 euros.

Cenamos alumbrados por tu sonrisa, con el rumor del mar en la lejanía, y el silencio de una noche de primavera, cuando la plaza todavía no ha sido tomada por los turistas, y tan sólo varias mesas perdidas están ocupadas por parejas, que, como nosotros, buscaban la intimidad.

Pedí un Albariño bien frío para acompañar la cena, y brindamos, entre risas y miradas pícaras. La conversación fluyó como el agua a través de una cascada, nos dejamos llevar y nos abrimos, sin miedo. Me contaste tus sueños, tus miedos, tus anhelos. Yo te hablé de mis locuras, de mis pasiones y lo que me hacía sentir bien.

Con el sabor de la tarta de chocolate en los labios nos levantamos, te ofrecí mi brazo, y te acurrucaste en él.

Paseamos por los silenciosos canales, mi brazo acogiendo en tu talle, mi mano en tu cintura, tu piel latiendo debajo de tu vestido.

En mi sueño, no puedo recordar cómo sucedió. La imagen se vuelve borrosa, y de nuevo aparecemos en la orilla de la playa. Hemos dejado nuestros zapatos en la arena, y corremos entre las olas, dejando que las olas laman nuestra piel. Jugamos a salpicarnos, a perseguirnos entre remolinos de espuma, hasta caer extenuados en la orilla, uno junto al otro. Busqué tu mano, y la enlacé con la mía, mientras mis ojos se perdían en las constelaciones que plagaban un cielo veteado de esmeraldas, como tus ojos. Giré la cabeza, y ahí estabas tú, hermosa, sonriente, dulce. Te acercaste a mí, y para mi sorpresa, te dejaste caer sobre mí. Tus labios se fundieron con los míos, y tus manos se hicieran dueñas de mi piel.

No recuerdo más, la neblina se vuelve más intensa, tal vez, más besos, más abrazos, gemidos compartidos, pieles unidas en el deseo desatado…

Abro los párpados, lentamente, la claridad daña mis ojos, debo de haber dejado la persiana abierta. Parpadeo varias veces, intento mover los brazos, y siento los pinchazos habituales de cuando se duerme un miembro. Siento una presión en mi pecho, abro por fin los ojos y el cielo azul me saluda, sobre mi pecho, tu cabeza duerme, mientras tus manos me abrazan.

Sonrío, y me pregunto, si seguiré soñando…

2 Comments:

  1. Carmina said...
    Me gusta esa forma de mezclar lo onirico con lo real, al final yo me he preguntado lo mismo que el protagonista, si todavia estaria soñando o era realidad lo vivido... me entisiasma verme arrastrado a una realidad soñada y ver que los limites entre los sueños y lo que realmente se vive es tan difusa... Me has sorprendido de nuevo con esta entrada
    Alosia said...
    Amenudo tengo sueños en los que se mezcla lo soñado con los pensamientos que tendria en la realidad, de ese sueño,¡ si estuviese despierta.Son tan reales!
    Ya no he conseguido continuar un sueño gustoso empezado o anhelado por saber su final.Hace un tiempo si.

    Mejor intentare hacer realidad algun sueño y no tener pesadillas.
    Me ha gustado tu texto.

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