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Un poquito de cotidianeidad.







Matilde tiene 49 años, un marido y un hijo de diecisiete con los que comparte un pequeño piso de 80 metros cuadrados, una gata persa y una vida anodina y vulgar.

Como cada mañana, Matilde se levanta a las siete menos cuarto, cuando ese anquilosado radio reloj Seyko, con los dígitos azul desvaído, deja salir de su vientre el odiado zumbido que marca el comienzo de otro día, idéntico al anterior.



La bata estampada de color rosa descansa sobre el anticuado galán de noche, se la ciñe a una cintura que ya ha dejado de ser de avispa, como la que lucía en su juventud ya perdida. Bosteza y, sin hacer ruido, se desliza arrastrando sus zapatillas hasta la cocina, intentando sujetar con las manos los rebeldes mechones de pelo que desean tener vida propia.



El leve ronroneo del tubo fluorescente le acompaña mientras empieza a preparar los dos almuerzos que, uno para el trabajo y el otro para el instituto, han de llevarse recién hechos los hombres de la casa. Tras envolverlos en papel albal, comienza el turno de desayunos. Adolfo, su marido desde hace tantos años que ya no recuerda, aparece junto el quicio de la puerta, somnoliento y con hedor a sudor. Una camiseta interior de tirantes le cuelga del esquelético pecho mientras el lacio pelo negro se encrespa sobre sus tristes ojos azules, esos por los cuales un día ella creyó perder la razón y que, ahora, han perdido su brillo. Se sienta a la mesa de plástico de la cocina, dejando caer sus brazos a cada lado, esperando el humeante café que Matilde, cabizbaja, le brinda en un tazón de loza blanca, acompañándolo con un tímido “buenos días”. Él, asiente y le dedica una media sonrisa mientras la gata persa se restrega indolente entre sus piernas.



El minutero del reloj de la cocina marca cada segundo acompasando el silencio.



Ignacio, el rebelde adolescente, se desvanece por el pasillo, como una aparición de otro mundo. Su delgado cuerpo tiembla mientras las débiles rodillas intentan sostenerlo, rebelándose aún contra el pasado fin de semana, lleno de excesos.



Un adiós en la puerta del piso, un leve roce de los labios y el ascensor deja a Matilde huérfana en medio de su soledad.



Las horas pasan líquidas, mientras que las nubes arullan sueños que se desvanecen.



Pero la vida de Matilde ha cambiado de un tiempo a esta parte. Hace unos meses atrás, Jacinta, su vecina del cuarto, le habló de los cursos de la Escuela de Adultos del barrio. Después de mucho pensarlo se atrevió a acercarse por el centro, allí le tendieron las manos abiertas y en pocos días empezó a ir a clase. Comenzó con unas básicas nociones de lectoescritura, después pasó a las matemáticas e incluso al inglés. En su casa la toman por loca, ¿Dónde va a ella su edad?, pero Matilde está contenta y orgullosa de su nueva vida.



Tras las clases, empezó a leer pequeños libros que le prestaban las compañeras e incluso se atrevió a comprar un ejemplar de bolsillo. Cada día, el mundo de Matilde se abre a dimensiones desconocidas hasta entonces para ella.



Pero desde un mes hasta ahora, el cambio ha sido mucho mayor todavía. Envalentonada por sus progresos se apuntó a un curso de Ofimática. De repente, ese mundo lejano e inalcanzable que eran los ordenadores es ahora una nueva ventana al mundo.

Cada tarde, cuando los hombres de la casa se van a sus quehaceres diarios, Matilde se sienta ante el pequeño portátil de segunda mano que acaba de comprar con sus escasos ahorros. El comedor es, en esas horas, su seguro refugio.



Investigando, pues se ha vuelto curiosa e impulsiva, conoció los “Chats” y ese fue el colofón de la nueva Matilde.Al acomodarse ante su pc, puede ser cualquier persona, tiene cien caras, cien pasiones, mil vidas diferentes. Un día es una morena de 30 años y unos deseos carnales impredecibles. Otrora una mojigata bibliotecaria que se hace de rogar…



Hoy, Adolfo ha terminado pronto de trabajar, varios clientes se han echado atrás en sus pedidos y ha decido tomarse media tarde libre. Mientras recorre las calles que le separan de su casa, se detiene en una pequeña floristería, hace años que no le regala una flor a su mujer, hoy podría ser el día, se lo merece. Sabe que su vida no es perfecta, que podría dedicarle más tiempo, intentar hacerla feliz, pero ha olvidado como.



Abre sigilosamente la puerta del piso, el recibidor está en penumbra y, al fondo del pasillo, se percibe una luz azulada proveniente del comedor. Con una sonrisa, pensando en la sorpresa que va a darle a su esposa, se aproxima sin hacer ruido hasta el quicio de la puerta. Matilde está semidesnuda tumbada en el sofá, el ordenador portátil descansa en la pequeña mesa, reflejando la imagen de su mujer acariciando su sexo mientras una voz de hombre se escapa de los diminutos altavoces, pidiéndole que siga haciendo lo que tanto le gusta.



Las flores caen al suelo en un lamento sordo. Adolfo desanda los pasos de su tristeza mientras una solitaria lágrima cruza su mejilla. Con un suspiro cierra la puerta del piso y baja a la calle en el tétrico ascensor. Al salir del patio, el sonido de la ciudad lo envuelve, se acerca al “Bar de Paco”, a tomarse unas cervezas mientras se hace la hora de cenar.


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3 Comments:

  1. Dante said...
    Matilde en las garras del cibersexo? Jaajajaja. Increible realto hermano. No imaginaba ese final. Se me ocurrió hasta ver a Matilde divorciada y con ganas de aventuras concretas, pero un final asi, no lo hubiera imaginado jamás. Muy bueno. Un gustazo leerte.
    Angelus said...
    Desde que apareció internet, hay muchas "matildes" que han logrado liberar su banal vida sometida sólo a los que haceres de la casa, sin ninguna recompensa en forma de cariño, amor y esa lujuria siempre necesaria.

    Gran relato y gracias por la visita, nos leemos, un fuerte abrazo.

    PD: Pronto te enlazó a mi blog.
    Franco DiMerda said...
    Bluesnight, Feliz Ano Nuevo;

    En este año que se viene y que promete estar más cargado de crisis y recesión que el año que se va, te deseo un Feliz Ano Nuevo. Es decir, un culo portentoso y suficientemente resistente a los embates anales de esa gran polla económica que promete sodomizarnos sin vaselina.

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