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La televisión





La televisión nos regala imágenes, colores, majestuosas mujeres envueltas en finos paños con escotados sostenes donde perdernos y deambular en nuestras obscenas noches de soledad lujuriosa. Nos abruma con regalos, coches prodigiosos que casi se conducen solos, muñecos que hacen sus necesidades como un bebé de carne y hueso, terribles juguetes bélicos con los que nuestros hijos aprenderán el apasionante oficio de matar, perfumes con los que podremos seducir a suculentas diosas de exuberantes formas, las cuales, caerán rendidas a nuestros pies y un largo etcétera, tan interminable que necesitaría varias vidas para poder expresarlo con mis humildes palabras.

La televisión, con su cadencia automática, nos dicta las normas por las que nos regimos, cómo debemos vivir cada año por estas fechas, la navidad, donde hemos de ir a comprar, cuanto debemos gastarnos, qué debemos de comer, cocinar, engullir...

La aberración es tan inmensa, pero a la vez tan sutil, que vamos siguiendo maquinalmente todas las pautas, sin pararnos a pensar por nosotros mismos en la sinrazón impuesta en nuestras débiles mentes. En nochebuena, el banquete debe superfluo, lleno de exquisiteces que el resto del año ni soñamos, aunque debamos empeñarnos para ello. Por supuesto, no debe faltar el consabido cava o champán para brindar, los regalos de un tal papa noel y las botellotas de licor. Al día siguiente vendrá navidad, con la reunión familiar cínica e hipócrita que, en el caso de que no la tuviéramos anoche, no hay duda que hoy la sufriremos, con esos hermanos/as, cuñados/as, tan agradables y con los que tanta relación afectuosa tenemos, el soniquete de la televisión con un algún programa navideño de fondo y las risas estridentes de alguno de los parientes que ya ha empezado a chupar más de lo conveniente, a pesar de ir acompañado de su mujer y dos hijos y tener que coger el coche más tarde para volver a casa, pero claro, un día es un día.

La televisión, nos regala esos preciosos anuncios de cavas con burbujeantes señoritas saliendo de un mar color oro, unas interminables sonrisas y unas piernas de escándalo, donde jamás pobre humano soñaría derretirse.

La televisión, hoy está encendida, sin sonido. Acomodada sobre la humilde mesa de mi más bien modesta habitación de hotel. Hoy es un día como otro cualquiera, en las calles la gente pasea ociosa, buscando afanosamente una sombra bajo la que cobijarse. Unos vienen de algún mísero trabajo, con unas pocas monedas que les servirán para alimentar un día más a su familia, otros, con menos suerte, tan solo dejan pasar las horas. Algún turista extraviado, con su eterno sombrero de paja y la cámara colgando de un brazo, asiéndola como si la vida le fuera en ello deambula por la calle de tierra seca. Hoy no ha llovido, mañana tampoco lo hará. El sudor cae lacerante sobre mi frente, creando pequeñas cascadas en el puente de mi nariz. La botella de agua mineral y el ventilador son mis dos únicos lujos, sin contar mi inseparable réflex, esa Nikon D40 que me acompaña, como una prolongación de mis ojos, junto con una descolorida mochila, llena tan solo de varias mudas, pegatinas de distintos países y parches de sueños rotos.

La televisión, sintonizada en el canal hispano internacional, con esas dos rayas horizontales remarcando la ínfima calidad de la señal, sigue ofreciendo imágenes de grandes almacenes, boutiques, alfombras rojas con vestidos de seda. Aprieto el botón de metal, donde se lee ON/OFF y, con un siseo del tubo de rayos catódicos acompañado de una línea recta que se difumina hasta quedar en un eterno punto, el otro mundo desaparece. Salgo de la habitación con el sobrero y las gafas de sol, la réflex en la mano, la botella en mi mochila, en algún lugar, alguien se está atragantando de gambas, rojos, cigalas, yo me pregunto mirando a mi alrededor, no qué voy a comer, ¿podrán ellos comer hoy?



3 Comments:

  1. Felisa Moreno said...
    La realidad es así de cruel e injusta. Mientras algunos tenemos casi todo lo que deseamos, otros suspirarían por nuestra migajas. Está bien que denunciemos, aunque sólo tengamos palabras, aunque nos sintamos avergonzados por lo que somos y donde hemos nacido.
    Me ha gustado mucho tu post, un saludo.
    Angelus said...
    Brillante narración, todo sucede con la misma velocidad en que uno cambia de canal. Me quedo con el buen manejo del lenguaje y con esa inquietante frase al final del mismo.

    Un gran trabajo, te felicito y te abrazo.
    Dante said...
    Asi es amigo. La televisión muestra la relaidad ficiticia en la que muchos quisieran perderse y en la quer otros se apañan para no ver las cosas tal cual son. Y comen siempre. Sin importarles nada de lo que sucede alrededor. Un gustazo leerte. Dejo un abrazo.

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