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El condenado, por José Amado Carbonell


La multitud acudió a la hora prevista. La ejecución era inminente. Los verdugos estaban preparados y recibían el fervor del bullicioso gentío que se agolpaba en torno al centro neurálgico del acto, ansioso por que comenzara.

A golpes y empujones, el condenado es sacado al recinto, donde goza de una mínima y entrecomillada libertad. Asustado, nervioso y huidizo, corretea intentando encontrar una salida, una escapatoria de su destino. Es fuerte y musculoso, de gran carácter y orgullo, pero tiene miedo. Sus verdugos le han cerrado todos los pasos posibles. No queda opción.

El verdugo comienza su labor. El condenado no podía esperar morir sin más, pues la gente, con sus ensordecedores gritos, no ha venido a ver una simple muerte. Al condenado le van a exigir que luche, por que a los que son como él, es lo que se les exige. Pero tiene miedo.

Y es quizá ese miedo lo que le hace reaccionar, el instinto a sobrevivir lo que hace que en un último intento por escapar, plante cara a su verdugo, que ya ha comenzado la tortura. Le duele, pero resiste. Sufre, pero se defiende. ¿Por qué tiene que estar pasando por este calvario? ¿Qué ha hecho para merecer este castigo? Su único delito ha sido vivir, nacer. Es su destino. ¿Por qué no puede simplemente matarle? Algo rápido, ya está. Pero no. En su sentencia a muerte iba incluida una cláusula de mofa, tortura y humillación pública.

Lucha. En el fondo sabe que su lucha es inútil, pero mantiene la esperanza de que así, todo termine antes. Lucha como antes lo hizo su padre. Y el padre de su padre. Y otras muchas generaciones. Aún tiene tiempo para recordar, vagamente, esas historias de su niñez, cuando oía como a sus antepasados, también les tocó pasar por donde él mismo pasaba en esos instantes.

Está agotado, rendido, exhausto. Su pesadilla parece no tener fin. El verdugo le desafía frente a él. El condenado tiene los ojos medio apagados, siente que la vida le abandona. Llora. Le flaquean las fuerzas. Sabe que el fin está cerca, no puede evitar sentirse de algún modo aliviado. Pero tiene miedo.

Su verdugo se prepara para darle el golpe definitivo. Un último momento de fuerza, lo suficiente para un malogrado intento por sobrevivir. Un último recuerdo, cuando acuden a su mente de historias de antepasados que lograron, en ese último momento, cambiar por un instante el guión, y matar al verdugo, su instante de gloria. Pero un instante tan sólo. Otro verdugo acabaría su labor. Es en ese último momento cuando sueña con pasar a la historia, como lo hicieron aquellos antepasados que por un instante, cambiaron el guión. Aunque sólo sea un instante. Aunque otro termine el trabajo.

Cae al suelo, pero aún no ha muerto. Un mínimo hilo de aire le mantiene todavía en el mundo de los vivos. Sus ojos, apagados, siguen abiertos, pero vacíos. Es la hora. Su verdugo le atesta, ahora sí, el golpe mortal. Afortunadamente, no ha llegado a escuchar como la multitud mostraba su satisfacción. Todo terminó al fin. Tras la cara de sufrimiento, se adivina una sonrisa. El condenado se encuentra con su padre, que lo recibe orgulloso.

El condenado era negro. Zaino. Pesaba quinientos veinte kilos. Y tan sólo era el primero de una lista de seis condenados que esa tarde se ejecutarían.

Suenan las trompetas। Sale el segundo condenado, Esta nervioso, asustado….



© José Amado Carbonell

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