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Caricias

Cuando la acaricié, un escalofrío recorrió mi espalda. Su tacto me sedujo, como la primera vez cuando no siendo más que un niño, la tuve entre mis brazos y mis dedos se enredaron en las hebras de su crin. Sofoqué una lágrima que desde algún rincón olvidado de mi corazón, pugnaba por abrirse paso hasta mis ojos, para desbordarse como un torrente de lava ardiendo por mis mejillas. Qué necio había sido, pensar que podría tenerla de nuevo sin ningún sacrificio por mi parte. Qué infantil mi ardor, que me inclinaba a perseguirla, aun a sabiendas del resultado final. ¿Qué pensaba yo? ¿Qué todo era tan fácil como acunarla entre mis brazos para poseerla? No, no podía ser tan sencillo. Y no lo fue.

Aquel día, cuando se apagaron las luces y me sentí inválido de ánimos, en el instante mismo que supe que me esperaba, un nudo se aferró a mi estómago, precipitándome al vacío.

Una mano en mi espalda bastó para que volviera a la realidad. Un susurro al oído, una palabra de consuelo. Alcé el mentón, decidido. Entreabrí los ojos y me dirigí con paso vacilante hacia mi destino. Subí despacio los cuatro escalones que me separaban del miedo, de mi inseguridad. Atravesé el velo protector que encierra, al su otro lado, la magia. En silencio, recorrí los escasos metros que me separaban de ella.

Me senté a su lado, mi mano la acarició de nuevo, como en aquella ocasión. Su tacto me reconfortó. La sostuve entre mis brazos, la mecí con mi cuerpo mientras mis dedos la recorrían, ávidos.

El telón se descorrió silencioso y un pequeño fragor inundó el teatro cuando una tenue iluminó al cantautor que, sentado en un taburete, con una sonrisa torcida en su rostro, miraba a su público con las manos temblando imperceptiblemente sobre el diapasón de su guitarra.

Formé con mis dedos el acorde de Do, cogí la púa con mi mano derecha y la deslicé por las cuerdas, como tantas otras veces. Sin embargo, siempre, cuando llega este momento, siento que vuelvo de nuevo a ese pequeño local con manchas de humedad en el techo, olor a sudor y tabaco, entrechocar de vasos de cristal y risas ajenas a mi presencia y yo, subido a un pequeño escenario, con mi música, con mis canciones, luchando porque mi música llegara a algún lugar lejano. Tal vez, ¿hasta ti?



5 Comments:

  1. Natàlia Senmartí Tarragó said...
    Pura sensualidad, la guitarra, curva de mujer suave y cuerdas sensibles, como pechos, como nalgas, labios o caderas. Y el músico la acaricia creando sones que lo enamoran.
    Bella entrada como siempre, un toque DO en la cuerda, con la punta de los dedos, natalí
    Neogeminis said...
    Qué hermoso homenaje a ese instrumento que tanta magia encierra y a tantos poetas inspira.
    Hasta cada rato!
    Daría said...
    Desde luego, debe ser aterrador subirse a un escenario... En cualquier caso, me gustó el modo de tocar la guitarra que tienes, que nos has hecho ver.

    Amor imposible de madera, ella siempre, al fin y al cabo,hace lo que quiere.

    Un abrazo.
    mar said...
    Parece que su lucha dió resultado y su música llegó donde él deseaba, lo que desde luego si ha llegado hasta mí es tu relato, como siempre soberbio
    Un saludo de Mar
    Anónimo said...
    primero , ese ojo era mio primero , pero te lo perdono por el buen hacer que tiene este niño con las letras y su musica.al leerlo todas queremos ser acariciadas como lo haces tu a tu.......guitarra

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