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Velaré tus sueños



Esta obra está registrada en el Registro de la propiedad intelectual.

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Este libro fue escrito entre paseos interminables contigo, fiel compañero.
Allá donde estés.
Detrás de esos ojos tú mientes 
Detrás de esos ojos te escondes
 
3 DOORS DOWN


Cuando me preguntan: ¿Cómo escribir? Siempre respondo: una palabra a la vez.
Stephen King


Hora de acostarse, Doc. Que duermas bien. Sueña con dragones y cuéntamelo por la mañana.
Stephen King


Y acaso la mayor bendición fue que nunca supimos que nos quedaba poco tiempo
Stephen King






Velaré tus Sueños. Capítulo Uno.
La puerta se abrió al segundo golpetear de nudillos y su sonrisa, cálida e inmensa, inundó el umbral.
Samuel lucía el aspecto desenfadado de quien se encuentra seguro en su terreno. El delantal blanco, inmaculado, como un buen cocinero experto. El pelo, recién cortado, con el brillo justo y el flequillo caído sobre su frente
La invitó a entrar, tomándola por la punta de los dedos de la mano derecha, con la que había llamado a la puerta. Ella, sorprendida y encantada, se dejó llevar. La falda blanca volaba sobre sus pies, enfundados en unos zapatos de punta negros, que mostraban el brillo de la piel morena de sus tobillos. Le sonrió, y cuando lo hizo, un hoyuelo se marcó en su mejilla derecha. Los ojos, envueltos en el rímel de sus pestañas, gráciles cual alas de mariposa, volaron del suelo a sus ojos y de nuevo a la punta de sus zapatos, coqueta.
La puerta se cerró, con un suave ronroneo de pestillo automático, y él la guió al salón a través de un pasillo enfundado en elegantes esteras de junco. La luz, débil y mortecina, provenía de unos pequeños apliques árabes engarzados en ambas paredes, que iluminaban delicadamente fotografías en blanco y negro, imágenes antiguas, étnicas.
Al entrar en el comedor la música de Rosa Passos les envolvió, “Sonrriu para mim” parecía arropar cada pequeña esquina de la estancia. Ella se volvió y le cogió las manos, sus caderas se movieron al ritmo de la música y él, sorprendido y encantado se dejó llevar. Las velas titilaban en sus candelabros, el incienso inundaba el aire con su perfume, y dos desconocidos se miraban a los ojos, al compás de la bossa nova.
En una esquina, un cuadro renacentista con un rollizo Cupido afinaba la puntería mientras acechaba a los amantes anónimos, presa fácil de sus delirios.
Samuel se detuvo en medio del salón con la sonrisa pintada en los labios, se dirigió a la mesa donde en una cubitera, reposaba una botella de Moët Chandon bien fría. Hizo volar el corcho con maestría y escanció dos copas, ofreciendo la primera a Estela.
-  ¿Brindamos? – dijo él, a la vez que alzaba su copa.
- ¿Como la canción? – añadió ella con picardía. De fondo, un melódico George Benson les invitaba a entrechocar sus copas con los acordes de “I'll drink to that”
El frío líquido atravesó sus gargantas como néctar de dioses, y sus paladares lo recibieron encantados. Tras el brindis, la acompañó hasta el sofá, mientras al oído le susurraba que no se moviera, porque iba a acabar de preparar la cena. En unos segundos, Samuel desapareció por el extremo opuesto del comedor, y ella se quedó tan sólo acompañada por la melodía que envolvía el salón.
Buena música, ambiente sensual y acogedor, y un perfecto anfitrión, ¿qué más podía desear? Estela se relajó en el sofá, sus dedos acariciaban con delicadeza la suave piel de los almohadones, mientras sus labios cantaban en silencio acompañados de la música de Van Morrison, que había tomado el relevo, incansable.
- Esto es una locura – pensó – pero en todo caso, una dulce locura. Me estoy comportando de una forma absolutamente irracional. Si me lo hubieran contado, no me lo habría creído.
-   ¿Todo bien? – la voz, apagada por la distancia, provenía de la cocina
-   ¡Perfecto!
Casi le pareció una grosería elevar la voz, en todo caso, esa no era su casa. Hacía tan sólo dos semanas que lo había conocido.
Entró en uno de esos chats del IRC aconsejada por Marta, su secretaria, esa pequeña fisgona metomentodo que no podía estar nunca callada. Estaba empeñada en que tenía que hacer más vida social, que pasaba demasiado tiempo en la oficina, que nunca la veía con hombres y que como se descuidara, se le iba a pasar el arroz. Tal vez, esta última frase, la más manida y fea de todas, fue la que le hizo arriesgarse, en todo caso, no tenía nada que perder.
Así fue como una noche después de cenar sola, como siempre, se permitió la osadía de entrar en ese extraño mundo. Se sentó delante del  PC del escritorio vestida con un fino camisón de seda, adoptó la posición del loto en la cara silla de oficina con el teclado entre sus piernas, y ahí comenzó la aventura.
El instante que se puso a hablar con él, es indiferente. Su Nick: “Da Vinci”, le atrajo desde el primer momento. Quizás porque era completamente distinto al resto de los, en ocasiones, escatológicos nombres que circulaban por la pantalla: “Pecho Lobo”, “Treintañero27”, “Amador de nenas”, entre otros muchos. O tal vez, por culpa del suyo propio, “Mona Lisa”, en honor del cuadro que presidía el salón de su casa; una reproducción, claro está. El auténtico lo pudo ver hace varios años en el museo del Louvre, en París, entre unas escandalosas medidas de seguridad y a casi una decena de metros. Para ello tuvo que pelear hasta hacerse un hueco entre los apiñados turistas con sus cámaras ultra modernas, que disparaban sin piedad para intentar captar un sorbo de su sonrisa.
Cruzaron rápidas frases, un primer saludo, elegante, sutil. Le llamó la atención el lenguaje cuidado y refinado, pulcramente escrito, sin una sola falta de ortografía y con las palabras adecuadas. Pasaron a hablar de ellos mismos, del porqué de encontrarse de esa manera, tan casual y extraña como eran las letras a través de la distancia. Ella le habló de su trabajo, de su soledad, de las relaciones fallidas y el tiempo, asolador, que se apoyaba en sus hombros día a día. Él le habló de las mujeres que habían intentado entrar en su vida y había rechazado una tras otra, ya que nunca se ajustaban a ese perfil que se había auto impuesto, y cómo los años no perdonaban, dejándole profesionalmente en la cumbre y personalmente en el desierto.
Quedaron para el día siguiente, como dos adolescentes sonrientes, y entre los nombres de la lista del IRC se buscaron mutuamente. No tardó en ser insuficiente la palabra escrita, y al cabo de dos días más, en un arrebato de insurrección ante sus propias convicciones, Estela le dio su número de teléfono. Su voz sonaba aterciopelada a través del auricular, le hacía temblar las piernas y que el estómago se convirtiera en un nido de mariposas. Cada noche, al llegar a casa, anhelaba que llegara la hora concertada para poder engancharse al dulce momento en que sus voces se unieran, durante interminables minutos hasta que el sueño y el cansancio la vencían.
Por todo ello, no dudó ni un segundo cuando él la invitó a cenar.
¿A qué restaurante?, preguntó ella. ¿Qué mejor restaurante que mi propia casa?, respondió él con picardía. El juego había empezado, ahora a ella le tocaba mover la ficha en la dirección elegida, y avanzó, sin dudarlo.
Samuel le había hablado siempre de su habilidad culinaria, de los deliciosos platos que preparaba con las recetas provenientes de cada uno de los países que visitaba.
Y allí estaba ella, sentada en el sofá de su casa, con una copa de Moët Chandon en una mano, mientras seguía con la cabeza el ritmo de la música de Van Morrison y acariciaba los almohadones con la otra.
Samuel apareció en el umbral de la puerta, en sus manos portaba una bandeja de variados canapés, sushi japonés, tempura de verduras y ensalada tailandesa.
- Espero que sepas usar los palillos – comentó, esbozando una sonrisa.
- ¿Lo dudas? – contestó Estela mientras se levantaba del sofá, camino de la mesa de teca, dispuesta con elegancia.
- ¿Otra copa? – era más una afirmación que una pregunta, ya que el líquido caía sobre la copa de Estela, creando remolinos.
Entre sonrisas y cumplidos, degustaron los manjares que, según Samuel, había preparado durante toda la tarde. La conversación fluyó por viajes, música, arte, mientras las copas se vaciaban y llenaban en un ritmo pausado, pero sin descanso.
Estela, estaba cada vez más convencida del indudable atractivo de Samuel, y las cosquillas que le hacían las burbujas de champán en la nariz, no hacían más que estimular la libido dormida desde hacía tanto tiempo. Con el último bocado de sushi, él se levantó, recogió la mesa y se dirigió a la cocina, a buscar el segundo plato, con una sonrisa perenne en sus labios.
El líquido tiene una peculiaridad, y es que tal y como entra, se empeña en salir, así que, aunque le había pedido que no se levantara de la mesa, ella, por no molestarle, se deslizó por el pasillo en silencio, en busca del cuarto de baño.
Pasó por delante de la puerta de la cocina, Samuel estaba de espaldas, y depositaba las sobras en el cubo de basura; sonrió, le gustaba ver a un hombre trabajar entre fogones. Avanzó por el pasillo, abrió la primera puerta a la derecha y encendió la luz, vaya, el cuarto de la plancha, pensó, apagó la lámpara y siguió la exploración. La siguiente puerta le llevó a un despacho, completamente forrado de muebles de caoba y con una elegante mesa de escritorio, presidida por la foto de bodas de una pareja, que supuso, sería de un familiar. Vaya, sí que estaba escondido el lavabo,  refunfuñó para sus adentros.
Otra puerta más, esta vez, con una cuna y peluches en un pequeño sofá. Estela, sorprendida, cerró tras de sí, llena de inquietudes. Miró hacia el otro lado del pasillo, en la cocina escuchaba de fondo el trajinar de las cacerolas. Un poco confundida entre el sopor del alcohol y los descubrimientos, siguió avanzando. El pasillo se bifurcaba ahora en dos, y creaba la sensación de andar por el tronco de una T enorme, decidió doblar a la izquierda, abrió la siguiente puerta y encendió la luz. Ante ella, una inmensa cama de matrimonio con el cabezal de forja le saludó, impoluta. Entró despacio, como si cada paso pudiera despertar a algún invisible ser dormido. Un extraño brillo llamó su atención, enganchadas a cada extremo del cabezal, e incluso en los pies de la cama, brotaban amenazadoras unas cadenas con grilletes en sus extremos.
La visión fue más que suficiente para ella. Dio media vuelta, dispuesta a salir de esa casa lo más rápido posible. Al volverse, chocó con la figura de Samuel, que la observaba sonriente.
- Disculpa – articuló entre pobres balbuceos Estela – iba en busca  del baño mientras preparabas el siguiente plato.
- No te preocupes, ya lo tengo casi listo – un brillo malicioso creció en sus ojos verdes.
- !Ah! ¿Sí!? Y ¿qué es…? – Las palabras salían apergaminadas de su garganta, mientras que sin darse cuenta de ello, sus pies le alejaban de él.
Samuel dio un paso hacia ella, ofreciéndole una mano, en un delicado gesto. Ella lo miró, mientras un temblor le recorría la espina dorsal.
- Cariño – la acaramelada voz de Samuel susurraba las palabras, que  brotaban de su boca, suaves como una caricia de terciopelo – el siguiente plato, eres tú.
En la mano derecha de Samuel apareció un cuchillo de cocina, afilado con precisión. El primer golpe, le arrancó la punta de los dedos de la mano derecha con la que se había intentado cubrir la cara, el siguiente, le cercenó media oreja mientras intentaba volverse para poder correr. Una mancha oscura se formó rápidamente en su cabellera, y un reguero de sangre borboteó por detrás de su sien.
Él la agarró del pelo en un intento de atrapar su presa, en sus manos quedaron enteros varios mechones de su cabellera rubia. Estela, desesperada y ajena al dolor que le inundaba, saltó por encima de la cama, mientras él lanzaba cuchilladas a su alrededor.
En un infantil puntapié, la punta de sus zapatos le rozó la mandíbula, a la vez que el cuchillo, en un giro inesperado, cortaba el tendón de su tobillo.
El dolor, insoportable, la dejó tendida en la cama, mientras la sangre manaba de sus heridas. A cada grito, el terror se volvía más real. La luz de la lámpara se reflejó en sus pupilas, y las lágrimas se deslizaron por sus mejillas, en un torrente de angustia.
Se apagó la bombilla del techo. En la habitación, tan sólo se escuchaba la desacompasada respiración de ella, mientras miraba en todas direcciones desesperada, con los ojos a punto de salirse de sus órbitas, en un intento por escrutar cada  rincón de la habitación.
La puerta se cerró de un portazo.
- ¿Por qué? ¿Por qué? ¿POR QUÉ? – la angustia se reflejaba en cada sílaba.
- Sh…sh…sh…, no te preocupes… – la voz le llegó desde algún punto de la oscuridad… – todo acabará antes de que te des cuenta.


Viernes 20 de Febrero. 22:50 PM.
- Dígame González, ¿qué tenemos?
- Mujer blanca, de unos 40 años, complexión  suponemos que normal, atada a la cama con esposas. El aviso nos llegó de la vecina de abajo, se formó una mancha extraña en su escayola y llamó al seguro, al no poder hacerse con el propietario acudieron al juzgado de guardia y aquí estamos. Los grifos del cuarto de baño estaban rotos, al parecer, a propósito. Puede que, el propio autor del crimen quisiera de esa manera que descubriéramos el cuerpo.
- No es una vaga especulación. Por cierto, ¿ha dicho que suponemos?
- Los restos son bastante escasos, señor.
- ¿Ella es la propietaria? – la voz proviene del orondo comisario Muñoz, que revolotea como un buitre por el comedor, con los aviesos ojos analizando cada detalle, mientras intenta representar la escena en su mente.
- Al parecer no, comisario, los propietarios o lo que suponemos que queda de ellos han sido encontrados, como decirlo…deshuesados en el frigorífico.
- ¿Deshuesados? – Muñoz arruga la nariz, el fétido olor del fondo del pasillo inunda todo el piso.
- Sí señor. Por el estado de los restos encontrados, presumimos que el mismo asesino se dedicó a comerse a los propietarios y adoptar su identidad.
- ¡Joder, hay que ser maquiavélico y desalmado!!
- Bien, me voy a casa González, téngame informado. Mi mujer me debe estar esperando y esta es la cuarta noche que no llego a cenar en toda la semana.
- Como usted ordene comisario, mañana le dejo el informe en su despacho.
- Mañana irá usted a trabajar González, dígales a los de la científica que quiero los resultados de los análisis el lunes a primera hora, sin escusas. – Muñoz da una palmada en el hombro de su subordinado y se dirige con gesto cansado a la salida del edificio.
La calle está desierta, el reloj digital del comisario marca las 23:17. Cruza el portal de su casa y sube a pie los escalones que le llevan a su hogar, un primer piso en el centro de Madrid.
Abre la puerta con sigilo, espera encontrar a su mujer en el sofá, frente el televisor del salón, o tendida en la cama enfrascada en la lectura de un libro. Detiene la puerta a medio camino, una sensación de angustia le asalta al pensar en enfrentarse a ella, no sabe qué va a decirle esta vez. Volver a entrar en esa casa cada noche, se ha convertido en un trago amargo, día a día, más difícil de digerir.
En la habitación del fondo, Adela, está sentada en el escritorio de su marido, delante de ella la pantalla del ordenador le hace sonreír. Ha creído escuchar la puerta del piso al cerrarse; debe ser él, piensa.
Escribe una última frase, para despedirse antes de cerrar la sesión.
- “Flor de Loto”: Hasta mañana mi querido príncipe, esperaré ansiosa nuestro encuentro. Besos.
- “Da Vinci”: Que descanses querida mía, velaré tus sueños.

La vida como un tiovivo


Foto by me. Piazza Narbona. Roma. Enero 2011


Una vuelta más, un nuevo sollozo y vuelta a empezar.

Se apagó la luz, la música dejó de sonar y el silencio se adueñó de tu mundo. ¿Dónde estás? ¿Por qué así? Tan solo inquietud.

Un vuelta más, una lágrima y un grito cercano.

La oscuridad amenaza con atraparte en ese cuarto cerrado. Te absorve, te encuentra y retoza en un tu piel. Se vuelve pegajosa y húmeda, te hace cosquillas a la vez que da miedo. Una fotografía en blanco en negro. Un recuerdo cercano que aparece y se difumina. Alargas una mano e intentas retenerlo, pero ya no es tuyo. ¿Era ella? ¿Era su pelo el que brillaba iluminado por el flash?

Una vuelta más, el viaje prosige con billete único.

De nuevo la luz y una imagen dolorosa, una pérdida, una etapa olvidada que desearías no haber vivido. Quién pudiera echar el tiempo atrás. Tal como vino se marcha y entonces, ya no recuerdas el hecho, la tragedia. El tiempo va hacia atrás y cada imagen es más antigua y tú más joven, hasta llegar a ser un niño. Gateas, te pones de rodillas y recorres un pasilo interminable hasta que las fuerzas de flaquean y caes rendido, pero no puedes parar. Te arrastras y, de improviso, un abismo se abre ante ti. Caes con alarido quedo, silencioso, mojado. Tus pulmones se llenan de líquido y la última imagen de tu vida desaparece de tu recuerdo, olvidada, borrada.

Una vuelva más, el andén se acerca y el revisor se acerca. ¿Es tu parada?

Flotas perdido en la nada, los párpados cerrados, la calidez, la tranquilidad de sentirse seguro, aun sin saber dónde. Dolor, naúseas, un terremeto que inclina la balanza de tu mundo y te ves arrastrado con él. Intentas asirte a algún espacio seguro pero es imposible, la violencia del torrente es demasiado intensa. Claridad, frío, miedo y al final, llanto.

Una vueltas más. Empezamos de nuevo.

El aliento de la verdad

Es curioso, ya que hace mucho tiempo que no publico nada, por razones varias, como el tiempo, ese temible enemigo. Pues hoy, dando una vuelta por aquí y por allá, me entero de que un relato que envié a un concurso hace un tiempo, resultó finalista del mismo, que no ganador. Pero el caso es participar, ¿no creéis?

Pues aquí os dejo con él, para compartirlo con tod@s vosotr@s.

Finalista del Segundo Premio de Relatos Cortos HdH



El aliento de la verdad.

Una gota de sangre, solitaria y brillante, resbala con indolencia por el filo de la espada, como una lágrima en el sucio rostro de un niño que graba la marca de su dolor, de su impotencia ante la injusticia. El último aliento de un guerrero, el estertor que anuncia la muerte cuando la vida ha llegado a su fin, con sus victorias y sus derrotas. La veo deslizarse, con la mirada nublada por el dolor, sigue su eterno curso sobre el frío metal hasta alcanzar la escalofriante punta de acero, donde se detiene un interminable instante, casi negándose a proseguir su camino, hasta que una invisible fuerza tira de ella y cae al vacío. Cuento en silencio el tiempo que tarda en estallar contra el árido suelo, un cráter de polvo se eleva al alcanzar su destino y es tragada por la ávida arena, hambrienta de dolor, de muerte.

La misma que ahora me amenaza, la de mi eterna alma, podrida de embustes, subyugada a un poder que, cuando mi destino está sellado, me reclama razones que no sé contestarle.

¿Cómo puedo acallar su voz cuando dejo tras de mí un legado de tormento, de sufrimiento e injusticia, de sangre derramada en nombre de un Dios que he descubierto que no es ni justo ni sabio?

A mis oídos acuden gritos de triunfo, algarabía de metales entrechocados y gemidos de sufrimiento de los heridos y moribundos. Jerusalén ha caído, igual que lo hicieron antes Antioquía, Nicea, Edesa. Brutales carnicerías realizadas en nombre de Dios. Y de mi señor Bohemundo. He visto como las calles se convertían en ríos de muerte, la savia de los hombres se deslizaba por las piedras, nuestros pies chapoteaban sobre el pegajoso líquido y nuestros filos relucían por el sabor del odio con el que los habíamos lustrado. Mujeres y niños, hombres y ancianos, miles de ellos apiñados como carnaza, muertos bajo el pendón de la Fe.

¿Qué honor hay en ello? ¿Qué dulce beneficio para Dios hemos conseguido con nuestros actos?

No debería hacerme estas y otras preguntas, mi deber es luchar bajo el manto de esta doctrina que me impulsa a exterminar a todo aquél que no siga los preceptos de Jesucristo. Por eso estamos hoy aquí, para liberar Tierra Santa del infiel, eliminar de la faz de la tierra a los impíos, recobrar para la Santidad el Santo Sepulcro.

Un acceso de tos me hiende el pecho, trago saliva y noto el metálico sabor de la sangre en mi garganta. Debo recordar, por última vez, la razón por la que voy a dejar la vida bajo el vil sol que azota mi rostro. Con un esfuerzo doblo mi cabeza hacia la izquierda, cuerpos ensangrentados caídos en innaturales posiciones cubren las piedras, plagan el suelo con su muerte, con su desesperación. Rostros contraídos de dolor, miembros cercenados y detrás de ellos, la abertura, estrecha, oscura, hedionda. Tantas miserias vividas para llegar hasta aquí, hasta esta cueva que amparó a Nuestro Señor. He perdido la cuenta de las vidas que he arrancando, me duelen los miembros de luchar, de rebanar cuellos con mi misericordia, de hundir mi espada en pechos desnudos. Me hiere el alma de la certeza de que todo ha sido en vano.

Porque ahora lo sé. La verdad, dolorosa, necia, estúpida. Hoy he abierto los ojos y he sido capaz de entender que todo este sinsentido no tiene una causa justificada. Tanto tiempo persiguiendo una quimera, una meta en esta existencia mía que a la vez ha sido la de tantos que han quedado por el camino. ¿Qué mundo heredará mi hijo? Ése que dejé dentro del vientre de mi esposa cuando partí a liberar esta tierra, la que soporta el peso de mis pies, la misma que ve como mi vida se me escapa. Odio, pesar, lágrimas. Ése es el legado que quedará detrás de mí, el que encontrará mi descendencia, el mismo que le impulsará a andar tras los pasos de su padre caído en nombre de la Fe, para llegar hasta el mismo lugar que ocupan ahora mis tristes restos.

El recuerdo de hace un instante me asalta. El helor que me traspasó la columna vertebral cuando entré en la cueva. Tardé unos segundos en acostumbrarse a la oscuridad reinante, tras de mí quedaron el entrechocar de aceros, los gritos de guerra, el ansia de matar. A mis ojos se abrió entonces la sagrada estancia, el motivo de toda aquella lucha, de mi existencia. Había liberado el Sepulcro Sagrado, donde habían reposado los restos de Nuestro Señor, había restituido su posesión para la Cristiandad, y allí encontré tan sólo el vacío, la tétrica oscuridad plagada de inmundicias. ¿Dónde estaba el aliento del Señor? ¿Por qué no sentí el roce de Su Presencia?

Salí de allí conmocionado, con el alma magullada y la Fe colgada de alfileres sobre mi corazón, bajo el que se hundió la espada que me traspasa, clavada por la espalda a traición, empuñada por uno de los últimos defensores de esta ciudad que arrasamos, que destruimos bajo la bandera de Cristo. El mismo que se ha olvidado de nosotros, o tal vez, su pueblo ha equivocado su legado.

El dolor de mi pecho inunda mi cuerpo, no puedo respirar, siento la hoja de acero salir de nuevo por la abertura de mi espalda para dejar un boquete sanguinolento en mi vientre por el que mis vísceras se arrojan, libres de la piel que las retenía. Siento cómo flaquean mis fuerzas, las piernas no me sostienen y caigo de rodillas al suelo. Un hilo de saliva brota de mi boca, acompañada de una tos convulsiva que arroja escupitajos de sangre. El cielo es de un azul limpio, tanto, que daña mis ojos. Éste es mi legado. Quisiera pensar que mi muerte no fue en vano, más sé que no es así. Sólo espero que alguien más se dé cuenta de la verdad.

Respiro hondo, pero no llego a notar el aire en mis pulmones mientras mi cuerpo se desploma sobre el árido suelo.

Com que estic aprenent l´idioma, vaig a veure què tal se me dona...

Unes lletres...


He perdut el compte dels anys que no vaig a sopar a casa els pares en Nadal. Pot ser que et preguntes la raó, però és molt fàcil d´entendre. Al tornar els ulls arrere tan sol puc veure imatges tristes que fan mal al cor: l´avi sentat en soletat en un petit seint, amb les filles parlant al seu voltant en veu alta, com si no estigera davant seu; els néts jugant a la pilota enmig del saló, amb el perill de trencat alguna porcellana de l´àvia...

La meua àvia, paralitzada en el temps a l´altra banda d´una vella fotografia en blanc i negre. Els llavis tancats amb força i la mirada dura, com la seua existència.

Desde l´altra habitació, m´aplegaven les rises i la coversa dels homes, el pudent fum dels puros, que feia mal al nas.

I jo, malgrat no sabia on posar-me. Tan sols volia no ser l´objectiu de burla de les cosines més joves, que veien en la meua persona un infeliç al que fer mal amb les seues entremaliadures.

Aleshores, és fàcil compendre la raó de la meua resistència pels sopars familiars.

Veinte años después

Veinte años después.

Me miro al espejo y veo como mi barba pinta canas allá donde un día anhelaba esos primeros brotes que indicaran el abandono de la adolescencia. Qué iluso entonces. Cuánta añoranza del tiempo perdido. Y sí, esa sería la definición de lo que ha acontecido en mi vida desde entonces. Muchas aventuras, y desventuras por supuesto. Trastadas que me ha ofrecido la vida, escalones que me ha tocado escalar y pozos a los que me he visto caer sin saber dónde agarrarme. Ocasiones perdidas, mujeres deseadas que acabaron en otros brazos, amores imposibles y otros no tanto que han dejado su marca en mi interior, como las muescas de un bandolero en su revólver. El tiempo perdido. Las cosas que no hice, las que dejé pasar, lo que tendría que haberme dado cuenta que era importante y lo que no. Pero, ¿alguien está preparado para ello? Todos recorremos el mismo camino, unos con una brújula, que, aunque no les indique siempre el camino a tomar, sí les ofrece una guía; un Norte para no perderse. Otros, salimos al monte con la mochila repleta de ilusiones pero con el mapa mojado y la brújula imantada. Aprendemos a salir del bosque con nuestro esfuerzo, para volver a internarnos en otro de nuevo. Queremos encontrar ese valle perdido donde poder realizar nuestros sueños, y sin embargo, cada vez que nos adentramos en un claro nos detenemos, volvemos a andar y nos adentramos en el sendero de espinas. Hay más posibilidades. Los hay que se sientan a ver el mundo a pasar delante de ellos, con la esperanza de que la rueda del destino se detenga y que la bolita negra lleve grabado su nombre; pero eso nunca ocurre. O los que deciden conformarse con la primera oportunidad que se les brinda, aunque no se adecúe a lo que ellos buscan.

Sea como sea, cualquier posibilidad es respetable, siempre que la persona que ha tomado esa decisión sea consecuente con ella.

A pesar de todo, siempre existe la posibilidad de romper, de salirte de la ruta marcada, de prender fuego al bosque o levantarte de tu asiento de piedra desde el que ves la vida pasar. Es entonces cuando sientes que has tomado las riendas de tu vida, aunque para ello haya tenido que transcurrir una buena parte de ella. Pero, ¿qué más da? ¿Acaso es tarde para volver a reconducirla? ¿No tienes derecho a ello?

Veinte años después, cuando parece que todos los que te rodean han creado un mundo perfecto, hijos, trabajo, familia, estabilidad… Tú piensas que, después de todo, no has hecho lo que de verdad querías hacer. En el reflejo del espejo ves a una persona que no consigues identificar, que se parece a ti, pero a quien deseas ser. En algún lugar lejano, oculto por la maleza se esconde tu verdadero, y grita en silencio que quiere salir.

¿Os imagináis volver al instituto de nuevo? ¿Sentaros en el pupitre rodeado de adolescentes con las hormonas incandescentes y los rostros salpicados de virulentos cráteres? ¿Abrir la libreta y aprender de nuevo a tomar apuntes? ¿Mirar a un profesor que, en el mejor de los casos, tendrá tu edad, con el abismo existencial que eso te supone, o quizás sea más joven que tú? ¿Ver la actitud de tus compañeros mientras tú vas predispuesto a ser una esponja y aprender cada palabra, cada nuevo conocimiento del que te haga partícipe tu tutor?

Lo peor, sólo lo peor, es comprobar que tú un día fuiste como ellos, que eras joven e inconsciente, y que han tenido que pasar veinte años para darte cuenta de ello. Ahora, sólo espero y deseo, que a ellos no les ocurra lo mismo, y sepan aprovechar el tiempo que están viviendo, pues es cruel y pendenciero y no da marcha atrás. No te ofrece tregua.

Quizás algún día, cuando estén trabajando de sol a sol en una fábrica, o en la obra, cuando recuerden que un día tuvieron la oportunidad de dirigir sus vidas, de ser los dueños de su destino, ese día, no sea demasiado tarde.

Suerte a todos, a los que han sabido salir del bosque, a los que deambulan por él, a los que nos iluminan con sus enseñanzas. E incluso a los que andan con la venda en los ojos, incapaces de ver el futuro más allá del humo del canuto que fuman a la puerta del instituto, esperando que pasen las 6 horas de clase para encenderse el siguiente.

La noche más larga




Acababa de ver morir a mi padre. Los mantos negros se arremolinaban alrededor de su cuerpo desangrado, como buitres esperando el bocado más apetitoso que llevarse a la boca. Un charco de sangre comenzaba a coagularse debajo de la mesa de tortura a la vez que sentía cómo el consanguíneo vínculo que nos unía se iba diluyendo a mis pies. Sollocé, y una lágrima cruzó mi sucio rostro. A mi alrededor comenzó a escucharse un cántico apagado, murmullos repetidos una y otra vez. Imaginé una extraña salmodia, un rezo hereje que devolviera a la vida sus carnes. En mi elucubración presenciaba un iniciático conjuro de figuras negras que danzaban alrededor de su cadáver. Plañideras con las carnes pálidas y los rostros enjutos, que alimentaban con sus lágrimas falsas el velatón por ese hombre impío.


Salí a la calle consternada, con la extraña sensación de pérdida amarrada a mi espalda. No podía sacar de mi cabeza su mirada concupiscente y acusadora. La sentía clavada en mis ojos desde que el verdugo estiró con brutalidad el pellejo de su espalda, y un alarido inhumano atravesó los oídos de la multitud. Era el castigo habitual para los ladrones que robaban al clero: el desollamiento hasta la muerte. Caminé despacio por las calles vacías, con las lágrimas en los ojos y el corazón hundido en mi pequeño pecho. Sentía el lastre de la culpa, casi tan pesado como el bulto que escondía debajo de mis raídas ropas. Recordaba bien la sonrisa de padre cuando me señaló al obispo, el temblor que se apoderó de mí cuando me deslicé por su lado y corté la tira de cuero de su faltriquera. El grito de enojo que profirió al sentirse vacío de su oro y la cara de espanto de mi padre. Él mismo se condenó.

Tintinean las monedas, como gritos de condenados. Me invade el miedo. Una figura se recorta en el extremo opuesto de la calle, y un maligno destello se adivina en su mano extendida. Podría correr, pero el diablo siempre sabe cómo cobrarse sus deudas.

Combustión interna


Las nubes presagian tormenta. El viento sopla con fuerza y las herrumbrosas farolas del barrio de La Alhóndiga se mecen al compás, con el titileo de sus bombillas dentro de sus sucias celdas de cristal, como guiños de un alma bruja. Imagino las gotas de agua sobre mi rostro, rememoro otros días, más antiguos, cuando en mi boca el sabor de un alfeñique me hacía sentir feliz. Qué difícil ahora volver a aquel tiempo, a aquellas tierras. ¡Benaiga! Qué fácil era sonreír, con los dientes mondados en mi boca y la inocencia pendiente de un hilo, a punto de sucumbir en manos de la realidad.

Llaman a la puerta, debería de abrir. La pizpireta voz de mi vieja secretaria me avisa desde el otro lado de la madera. Miro el reloj. Sucumbo a mis temores: los devaneos de mi enfermiza mente vuelven a acudir, puntuales. El calendario sigue marcando con una equis cada día menos que nos queda de vida. El tiempo transcurrido. Nos habla de lo que hemos dejado atrás y del futuro incierto. Maldita decisión, odiado pasado. Me miro al espejo, me devuelve la imagen de un hombre maduro, con el cabello pintado de plata. La sonrisa tuerta no reconoce al pelaire que se pagó los estudios bajo la fría intemperie.

Repiqueteo de nudillos. La gota de frío sudor en mi frente. Una imagen indebida, un deseo incontenido. Sus ojos, siempre esos carbones encendidos. Me persiguen, me atormentan. Sueño con ellos, con su piel suave. Con la delicada curva de su cuello, el delirante nacimiento de sus senos. Cuando la miro, me embelesa perderme en el vals de su respiración. Sus pechos se elevan y se relajan, una y otra vez. Cadenciosa dulzura. Los labios se le entreabren voluptuosos al hablar. Imagino su lengua, dulce. El sabor de su piel, la calidez de su interior. Respiro hondo. Noto la tirantez de mi pantalón. La puerta se abre despacio, escucho la voz de mi secretaria a mi espalda. Sin volverme le hago una seña. Escucho unos pasos, pequeños, delicados. Puedo ver su silueta reflejarse en el cuadro de cristal colgado en la pared. Su melena se mece sobre sus hombros. Se acomoda en el diván y mi pulso se acelera.

Pienso en aquellos días cuando preparaba la lana. Anhelaba ser algún día un buen médico, un buen psiquiatra. En la Universidad no te preparan para esto. Respiro hondo…

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