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Amistad


Me gusta sentarme a su lado, cada tarde, cuando el crepúsculo tiñe el cielo de añil y el día muere, quedo de inquietudes pasajeras. El banco de madera, en el pequeño parque donde desemboca la Calle Cihelnà a orillas del Moldava, nos regala la visión del Karlúv Most en todo se esplendor, con las imponentes Torres de Guardia en cada uno de sus extremos, su negra piedra se yerge majestuosa coloreada en ese oscuro tono tras siglos de sufrir el embite de los elementos.



Desde aquí, también podemos ver las cúpulas de la Univezita Karlova, donde durante cinco largas décadas Gustáv fue profesor de Leyes, a pesar de las persecuciones sufridas durante la Primavera de Praga, cuando fue derrocado su antiguo compañero de estudios Alexander Dubcek. Juntos, pasaron su época estudiantil en las frías calles de Bratislava, luchando con los inciertos decálogos del Derecho Romano.

Allí fue donde, en los cafés de la ciudad, arropados por el vitalismo de la juventud, plantaron los cánones de lo que más tarde se denominaría Socialismo de rostro humano, el cual llegó a intentar implantar Dubcek cuando fue nombrado años más tarde Presidente del Partido Comunista Chocoslovaco. Por aquel entonces cada uno había tomado rumbos diferentes, Gustáv, más ajeno a la vida pública y política, dedicó sus esfuerzos a la enseñanza y la escritura, su segunda pasión, por debajo de Katerina, su mujer.Esa preciosa rubia eslovaca, con los más sensuales labios y profundos lagos azules en los ojos que ninguno de ellos hubiera visto jamás.

Trabajaba en el Kaffé Mayer, en la Hlavné nam, donde cada noche, los amigos dirigían sus pasos para ir afinando sus ideas, cada vez más controvertidas. Alexander fue el primero en fijarse en ella, le embaucó con su parloteo y sus ideas políticas, mientras que sin embargo, la camarera sentía más curiosidad por su callado compañero de mesa. Gustáv, más ducho en la composición de poemas amorosos, que la práctica de los mismos, no se percató en un primer momento del juego de miradas que le prodigaba cada vez que se deslizaba a su lado, hasta que su compañero, harto de una pesca imposible, le despertó los sentidos.

Tal vez fue el azar, o el caprichoso destino, pero después de un café vienes derramado sobre el delantal de la delicada rubia, su sonrisa se quedó grabada en las pupilas de Gustáv, que le devolvió la misma sonrisa que enamoró las de ella.

Tras la graduación, en verano de 1954, Gustáv y Katerina se casaron en una improvisada y pequeña ceremonia, sin más asistencia que los testigos. Alexander le regaló a su amigo el pisacorbatas de oro que le había acompañado desde que entró en la Universidad, con el logotipo del PCCh. Desde entonces, el camino de los amigos se había bifurcado en senderos bien diferentes.

Ahora, hace ya 12 años que Katerina se marchó, se la llevó el frío de una noche de Enero, envuelta en las mismas mantas que habían compartido los sueños de los amantes durante tantos años. Una mañana fría, que la calefacción se obstruyó, a causa de la vetustez de sus cañerías, Gustáv se despertó abrazando el cuerpo frío e inerte, de la ya sin vida amada. Durante, tres días, no salió de casa, ni encendió la calefacción, ni quiso hacerse a la dolorosa idea de que ella ya no se iba a levantar, que su cuerpo, helado y rígido, tan sólo pertenecía a la carcasa del alma que había acunado en vida. Lloró, como tal vez sólo puedo hacerlo quien se le rompe el alma, lloró, y dejó que cada lágrima le trajera el recuerdo de cada segundo que compartió con ella. Lloró, y un día, los ojos se negaron a ofrecerle más dolor, más lágrimas que alimentaran su tristeza.

Ese día me llamó, y corrí a cu casa, como el hijo que nunca tuvo, y en el que yo me convertí.

La enterramos bajo una incipiente nevada, el helado suelo de tierra recibió sus restos en un cálido abrazo. Aún recuerdo el sordo sonido de la tierra al caer sobre el ataúd, la última rosa blanca que sus manos depositaron con delicadeza sobre la tapa de abedul, el dolor de su mirada, el silencio, la soledad.

Desde entonces, cada día, nos encontramos en este banco de madera. Hablamos de infinidad de cosas, damos de comer a los cisnes el pan duro que recojo cada día en los restaurantes por donde paso, camino de mi cita vespertina. Y allí, él, me enseña a vivir, y yo le doy ánimos para seguir viviendo. Yo le hablo de mis sueños, de mis inquietudes, de la niña morena que es la dueña de mis anhelos. De cómo la conocí en el Puente de San Carlos, hace ahora algo más de dos meses, tras volver de mi tierra natal, donde de vez en cuando acudo en busca de una brizna de sol que arrebole las mejillas.El sonríe, y se deja llevar por mis palabras, vive por ellas y las extiende por el manto de sus esperanzas.

Juntos, escribimos el diario de a bordo de un viaje imaginario, que nos traslade a través del atlántico, a descubrir tierras lejanas. Luchamos con piratas, salvamos damiselas en peligro de de los brazos de feroces corsarios ingleses. Somos dos aventureros en un mundo paralítico de esperanza.

Cada año, en su cumpleaños, yo le regalo lo mismo, una corbata de colores, y no es por tacañería ni falta de imaginación, sino todo lo contrario. Esa es una de sus pequeñas extravagancias. Desde que lo conozco, cada día lleva una corbata completamente diferente, siempre con el mismo enganche de oro, eso sí. Ora la lleva azul, con rayas verdes o rojas, mañana amarilla, lisa. Al otro negra, elegante, o color esmeralda, como sus apagados ojos. La última, un estúpido capricho de mi último viaje, me hizo traerle una corbata con un toro estampado en ella, color rojo sangre y, surgiendo del fondo, la espléndida y mítica figura de un toro de Osborne.

Todos los días hago el mismo camino, salgo de mi trabajo en la Embajada Española, cojo el tranvía de madera, depende del día, elijo un número u otro, ya que a pesar de llegar a mi destino dan más o menos vuelta. Bajo en Malostranskà, recorro los escasos quinientos metros que me separan del restaurante donde el cocinero, gran amigo mío, me suministra del preciado pan duro, y de allí hasta el parque no tengo más de doscientos metros.

Hoy, al llegar al restaurante, Miroslav, mi calvo y querido amigo, al que hace varios días que no veo tras unos días de vacaciones, se fue a La Costa Azul, por indicación mía, me recibe serio y compungido. “Lo siento amigo, la vida es dura, era un buen hombre y sé que lo apreciabas mucho”. Yo, me quedo de piedra ante sus palabras y no sé bien que contestar, ya que realmente no puedo saber a qué se refiere.

Un grito acompañado de su nombre me lo arrebata antes de poder pedirle explicaciones sobre ese pésame, completamente irreconocible para mí.

Reanudo mi paseo, enfilo la senda que me llevará hasta el conocido banco de madera. Sentado en él, enfrascado en la lectura de Guerra y Paz, me espera un conocido amigo. Le saludo cordialmente, como cada día, después de más de una década. Una sonrisa transparente me devuelve el saludo, me fijo en su corbata, ahora qué pienso, diría que esa corbata con el toro de Osborne la lleva puesta desde hace más de un par de días.

2 Comments:

  1. Felisa Moreno said...
    En mi blog hay un regalo para ti, pasa cuando quieras a recogerlo.
    Una eternidad said...
    Hola,yo sí se como he llegado hasta aquí... pero a mi, como a ti te ha pasado, a veces vagabundeo y encuentro un rincón donde perderme un rato leyendo. Por cierto, en tu rincón tengo mucho tiempo que pasar y creo que pasaré buenos ratos. Aunque con tres blogs como tienes creo que hasta que me aclare, me llevará un rato.

    Pasa cuando quieras, mi puerta esta abierta... para la próxima vez serviré un té con pastitas jajajaja
    sabes? de una cosa sí que me alegro, de haberte echo reir. "Si hoy hice sonreir a alguien, ya mereció la pena levantarse" Así que debo darte las gracias. Un besote

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