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Memorias de Marrakech

La calleja, estrecha, está infestada por sus cuatro costados de miles de variopintos artículos. Resulta imposible no detener la mirada en ese precioso collar de plata que descansa en un perfecto lecho de fieltro negro, o que tus ojos no se vean arrebatados por el tumulto de colores que nace del interior de las tiendas. Babuchas puntiagudas, cítaras colgando del mástil, brillantes teteras o bellos y trabajados vasos de cristal. El mundo es un crisol de insólitos artículos, realizados con el mimo y la habilidad de los artesanos bereberes, que llegan ante nosotros para arrebatarnos sonrisas y estupefacción. Sin embargo, y en cuanto tu mirada se detiene por más de un imprescindible segundo en un artículo, el dependiente sale a la sazón provisto de su sonrisa encantadora. Ya estás perdido, descuelga el artículo, te lo pone en las manos. ¿Bueno, verdad? ¿Qué cuesta? ¿Cuánto pagarías por él?

La trampa ya está trenzada, y tú caes como un simple meapilas, pobre ingenuo que nunca ha sabido qué era un regateo, ni el por qué debe discutir por su valor. El primer tropiezo, dar con un precio justo. Para empezar, el artículo en cuestión tan sólo lo mirabas por curiosidad, ¿Cómo hacérselo entender? El vendedor te ase del brazo, ya estás embadurnado de melaza, y las moscas hacen acopio del dulce aroma del dinero que presumen debes llevar en tu cartera. Tu mirada se tiñe de un gris cenizo cuando el sonriente dependiente te dice un precio desorbitado, que no pagarías ni en tu propio país. Te sientes vulnerable, frágil. ¿Qué hacer? El regateo puede ser rápido, o interminable. El valor del producto puede variar de un precio inalcanzable a uno realmente irrisorio, cuando al final tienes en tu poder el producto de tu esfuerzo, te preguntas si has pagado lo correcto por él, y más aún; ¿Tú querías comprar eso? Llegas a la habitación del Riad, un pequeño y precioso palacio reconstruido, un remanso de paz en la locura de Marrakech. Te sientas en un precioso puf de piel de camello, disfrutas del sabor de un té verde con menta, el murmullo del agua acuna tus recuerdos y te dejas llevar. Tu cámara pide auxilio, no cabe una imagen más, el cuerpo te arde, y tú sólo piensas en los ojos negros que se cruzaron con los tuyos en la Plaza Jamaa el Fna.



2 Comments:

  1. Neogeminis said...
    jejejeje...excelente descripción de lo que imagino deben ser esos mercados!


    Un abrazo.
    Anónimo said...
    precioso relato que nos propones , un bonito paseo con esencia ,esncia a incienso y ojos negros . gracias por volver.

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